Homilía del Papa
en la canonización de Juan Diego
Signo de la “nueva humanidad” que supera las razas
1.
“¡Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los
sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!
¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien!” (Mateo 11, 25).
Queridos hermanos y
hermanas: Estas palabras de Jesús en el evangelio de hoy son para
nosotros una invitación especial a alabar y dar gracias a Dios por
el don del primer santo indígena del Continente americano.
Con gran gozo he
peregrinado hasta esta Basílica de Guadalupe, corazón mariano de
México y de América, para proclamar la santidad de Juan Diego
Cuauhtlatoatzin, el indio sencillo y humilde que contempló el
rostro dulce y sereno de la Virgen del Tepeyac, tan querido por
los pueblos de México.
2. Agradezco las
amables palabras que me ha dirigido el Señor Cardenal Norberto
Rivera Carrera, Arzobispo de México, así como la calurosa
hospitalidad de los hombres y mujeres de esta Arquidiócesis
Primada: para todos mi saludo cordial. Saludo también con afecto
al Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, Arzobispo emérito de México
y a los demás Cardenales, a los Obispos mexicanos, de América, de
Filipinas y de otros lugares del mundo. Asimismo, agradezco
particularmente al Señor Presidente y a las Autoridades civiles su
presencia en esta celebración.
Dirijo hoy un
saludo muy entrañable a los numerosos indígenas venidos de las
diferentes regiones del País, representantes de las diversas
etnias y culturas que integran la rica y pluriforme realidad
mexicana. El Papa les expresa su cercanía, su profundo respeto y
admiración, y los recibe fraternalmente en el nombre del Señor.
3. ¿Cómo era Juan
Diego? ¿Por qué Dios se fijó en él? El libro del Eclesiástico,
como hemos escuchado, nos enseña que sólo Dios “es poderoso y sólo
los humildes le dan gloria” (3, 20). También las palabras de San
Pablo proclamadas en esta celebración iluminan este modo divino de
actuar la salvación: “Dios ha elegido a los insignificantes y
despreciados del mundo; de manera que nadie pueda presumir delante
de Dios”(1 Co 1, 28.29).
Es conmovedor leer
los relatos guadalupanos, escritos con delicadeza y empapados de
ternura. En ellos la Virgen María, la esclava “que glorifica al
Señor” (Lucas 1, 46), se manifiesta a Juan Diego como la Madre del
verdadero Dios. Ella le regala, como señal, unas rosas preciosas y
él, al mostrarlas al Obispo, descubre grabada en su tilma la
bendita imagen de Nuestra Señora.
“El Acontecimiento
Guadalupano --como ha señalado el Episcopado Mexicano-- significó
el comienzo de la evangelización con una vitalidad que rebasó toda
expectativa. El mensaje de Cristo a través de su Madre tomó los
elementos centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio
el definitivo sentido de salvación” (14.05.2002, n. 8). Así pues,
Guadalupe y Juan Diego tienen un hondo sentido eclesial y
misionero y son un modelo de evangelización perfectamente
inculturada.
4. “Desde el cielo
el Señor, atentamente, mira a todos los hombres” (Sal 32, 13),
hemos recitado con el salmista, confesando una vez más nuestra fe
en Dios, que no repara en distinciones de raza o de cultura. Juan
Diego, al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad
indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en
la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo. Así
facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y se convirtió en
protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unida a
la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su maternidad
espiritual que abraza a todos los mexicanos. Por ello, el
testimonio de su vida debe seguir impulsando la construcción de la
nación mexicana, promover la fraternidad entre todos sus hijos y
favorecer cada vez más la reconciliación de México con sus
orígenes, sus valores y tradiciones.
Esta noble tarea de
edificar un México mejor, más justo y solidario, requiere la
colaboración de todos. En particular es necesario apoyar hoy a los
indígenas en sus legítimas aspiraciones, respetando y defendiendo
los auténticos valores de cada grupo étnico. ¡México necesita a
sus indígenas y los indígenas necesitan a México!
Amados hermanos y
hermanas de todas las etnias de México y América, al ensalzar hoy
la figura del indio Juan Diego, deseo expresarles la cercanía de
la Iglesia y del Papa hacia todos ustedes, abrazándolos con amor y
animándolos a superar con esperanza las difíciles situaciones que
atraviesan.
5. En este momento
decisivo de la historia de México, cruzado ya el umbral del nuevo
milenio, encomiendo a la valiosa intercesión de San Juan Diego los
gozos y esperanzas, los temores y angustias del querido pueblo
mexicano, que llevo tan adentro de mi corazón.
¡Bendito Juan
Diego, indio bueno y cristiano, a quien el pueblo sencillo ha
tenido siempre por varón santo! Te pedimos que acompañes a la
Iglesia que peregrina en México, para que cada día sea más
evangelizadora y misionera. Alienta a los Obispos, sostén a los
sacerdotes, suscita nuevas y santas vocaciones, ayuda a todos los
que entregan su vida a la causa de Cristo y a la extensión de su
Reino.
¡Dichoso Juan
Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros
hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la
santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el
espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los
esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por
educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los
que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen
pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes
y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y
el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se
consolide la paz.
Amado Juan Diego,
“el águila que habla”! Enséñanos el camino que lleva a la Virgen
Morena del Tepeyac, para que Ella nos reciba en lo íntimo de su
corazón, pues Ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía
hasta el verdadero Dios. Amén.
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