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Unámonos como cristianos por amor a Colombia

 
P. Julio Solano

Todos nos sentimos muy orgullosos de nuestros respectivos países y nos ofende mucho cuando alguien trata de denigrarlos o menospreciarlos. Pero hay un fenómeno muy simpático, y es que nosotros mismos nos sentimos con derecho a hablar mal de nuestros lugares de procedencia. Mi pregunta es: ¿por qué? ¿Qué nos da el derecho de hacerlo?

Hace poco hablaba con un grupo de amigos de distintas nacionalidades, entre ellos algunos colombianos, como yo. Lo que me sorprendió fue escuchar las barbaridades que se discutían acerca de los males que aquejan a nuestro pueblo. Y me puse a pensar que si hago mala propaganda a lo que yo creo mío, estoy marcando la pauta y abriendo la puerta para que otros entren y den su opinión que, desafortunadamente, por lo general no tiene fundamento.

 Yo creo que esta práctica debiéramos detenerla. Como cristianos que somos no podemos hablar mal de nadie, tenemos que respetar a nuestros hermanos y hermanas y también tener amor patrio. Cuando hablamos de Colombia nosotros, los colombianos, muchas veces describimos una realidad exagerada. Cierto es que tenemos problemas y que la inseguridad es alarmante. Cierto es que a nivel gubernamental tenemos muchas fallas y que la pobreza existe en todo el país.

Quisiera decir que antes de ver todo lo malo que nos aqueja, debiéramos ver las cosas buenas que poseemos. Los colombianos somos gente de fe fuerte y firme. Gente trabajadora que sale adelante a donde quiera que vaya. Tenemos una ingeniosidad maravillosa para resolver los problemas inmediatos. Nuestro sentido del humor es algo que nadie nos quita, ni siquiera en medio de la tragedia. Además, no nos dejamos engañar tan fácilmente por promesas vacías y fáciles.

 Tenemos ahora la oportunidad de redimirnos y empezar a ganar indulgencias. Cuando nos veamos en situaciones en que el prestigio de nuestro país está en entredicho, en lugar de ponernos a ver lo negativo, seamos positivos y tratemos de buscar soluciones. Esto no quiere decir que vamos a dejar de reconocer nuestros problemas. Por el contrario, es verlos bajo un rayo de luz, la luz de la esperanza.

 Vamos pronto a estrenar un nuevo gobierno y con la ayuda de Dios esperamos que solucione mucho de nuestros problemas. Miremos hacia al futuro iluminados con la luz de la esperanza, la esperanza de un futuro mejor para todos, llenos de paz, armonía y amor.

Tengamos la esperanza del cristiano, que ve la luz en medio de la oscuridad. Tengamos la fe del niño que ve en todos a un amigo. Miremos al futuro con tranquilidad, soñemos con una Colombia libre de secuestros, de crimen y de autoridades abusivas.

Recemos con fe para que todos los colombianos abramos los ojos a la realidad de que la solución a los problemas no está sólo en el gobierno, sino en manos del pueblo que sale a votar responsablemente. La paz la lograremos cuando dejemos de culpar a los demás de nuestros males y dejemos de responder positivamente a las demandas tiránicas e inhumanas de la guerrilla.

Unamos nuestras manos para formar una gran cadena humana de hermanos y hermanas orando para un bien común, la paz y cordialidad de nuestro pueblo. En lugar de gastar energías atacando a nuestro terruño, canalicémoslas hacia un positivismo sano, un optimismo que nos haga ver que la solución es fácil si nos unimos en un solo cuerpo y corazón, siempre hacia delante enarbolando nuestra fe y nuestra esperanza.

Que la Virgen de Chiquinquirá nos cubra con su patrocinio. Muchas bendiciones para todos.

(El padre Julio R. Solano es párroco de la iglesia Our Lady Queen of Heaven, en North Lauderdale.)

 


Una niña expresa su deseo durante la celebración de un día por la  paz el año pasado en la provincia de Arauca, al noreste de Colombia. Esta región ha sido escenario de fuertes combates entre las fuerzas armadas, las guerrillas de izquierda y paramilitares de derecha. (Foto Reuters)