
Miles se congregaron en las calles de Ciudad de Guatemala para
dar la bienvenida al Santo Padre. (Fotos Reuters)
El viaje
apostólico del Santo Padre Juan Pablo II a Guatemala y México
Del
29 de julio al 1 de agosto de 2002 tuvo lugar el viaje apostólico
del Santo Padre a Guatemala y México, para canonizar y beatificar
a hermanos en la fe, que en dichas naciones son signo fehaciente
de la respuesta del hombre al amor de Dios en lo concreto de su
vida, en el marco de su historia y de su cultura.
El Papa llegó la tarde del día 29 de julio a la Ciudad de
Guatemala para la canonización del Hermano Pedro de San José
Betancur, que tuvo lugar el día siguiente.
Por la tarde del día 30, según el programa de la visita pastoral,
Su Santidad viajó a la Ciudad de México, donde presidió la
canonización de Juan Diego Cuauhtlatoatzin el día 31, así como la
beatificación de los mártires oaxaqueños Juan Bautista y Jacinto
de los Ángeles.
El Santo Padre estuvo en Guatemala por tercera vez. Después de sus
visitas pastorales en 1983 y 1996, el Papa viajó a Guatemala,
aceptando la invitación hecha por la Iglesia en este país y por el
Gobierno de la nación para canonizar al Hermano Pedro de San José
Betancur.

Un guatemalteco ora de rodillas durante la misa de canonización
de San Pedro Betancur. Ante la presencia de unas 500,000
personas, el Papa Juan Pablo II declaró al Hno. Pedro, como se
le conoce popularmente, el primer santo centroamericano.
Tras haberse superado felizmente el enfrentamiento armado interno
que duró más de treinta y seis años, el pueblo de Dios que
peregrina en Guatemala se enfrenta a una serie de arduas tareas.
Ante tantas ofertas de las nuevas sectas religiosas presentes en
el país, debe testimoniar, en la comunión de la única Iglesia de
Cristo, la auténtica vida cristiana "para que el mundo crea"; debe
a su vez favorecer la promoción y el desarrollo de un pueblo en
busca de la verdadera justicia y la auténtica paz y reconciliación
de los corazones.
Estos motivos hicieron que, tanto los obispos de Guatemala como el
gobierno del país, encontraran una ocasión providencial para
impulsar la vida eclesial y el testimonio apostólico de la nación
mediante el testimonio del primer santo guatemalteco, el Hermano
Pedro de San José Betancur, a quien el Santo Padre elevó ahora a
la gloria de los altares.
En esa celebración el Santo Padre canonizó al Hermano Pedro de San
José Betancur como último paso de un largo camino iniciado ya en
el siglo XVII por el entonces obispo de Guatemala, Fray Payo
Enríquez de Rivera, posteriormente Arzobispo de México y Virrey de
Nueva España, quien empezó el proceso que culminó con la
declaración solemne de la santidad de este beato. Concelebraron la
Eucaristía con el Santo Padre numerosos cardenales, obispos y
presbíteros de las Iglesias particulares de Tenerife, Guatemala y
los demás países de América Central. Asimismo, participaron en
esta Eucaristía numerosos representantes de la vida consagrada,
especialmente de las Congregaciones Bethlemitas, que celebraron la
canonización de su Padre Fundador. No menos importante, sin
embargo, es la presencia de tantos peregrinos laicos llegados de
las Islas Canarias, los países centroamericanos, pero
especialmente de todas las diócesis de Guatemala.

Una imagen gigante de San Pedro de San José Betancur cuelga
sobre el Papa Juan Pablo II mientras éste celebra la
canonización del primer santo de Centroamérica, el 30 de julio.
Las lecturas fueron seleccionadas para iluminar, desde la Palabra
de Dios, la vida de entrega generosa a sus hermanos –especialmente
a los más pobres– que vivió el Hermano Pedro y a través de la cual
expresó su confianza en Dios. El Evangelio fue proclamado, además
de castellano, en la lengua indígena llamada cakchiquel, siguiendo
así la tradición del doble Evangelio en el rito de canonización.
Se quiso que las varias realidades culturales y étnicas presentes,
y a las cuales el nuevo santo dedicó sus esfuerzos pastorales,
también participaran en la celebración con los dones que
acompañaron las ofrendas del pan y del vino para la Eucaristía.
La experiencia de Juan Diego y de los mártires Juan Bautista y
Jacinto nos ayuda a entender y aquilatar los valores de una
cultura concreta en situaciones específicas en las que ellos
quisieron anunciar el mensaje de salvación desde su vivencia
peculiar como fieles de Cristo.
La canonización de Juan Diego representa un momento de especial
alegría para el pueblo mexicano, pues al reconocer la santidad del
mensajero de la Señora del Cielo, se confirma la convicción de que
el mismo mensaje de salvación que le fue confiado, le permitió ser
configurado con el Señor Jesús, centro de ese mismo anuncio del
Evangelio.
De manera semejante, los laicos indígenas Juan Bautista y Jacinto
de los Ángeles, de Oaxaca, son modelos de vida cristiana en su
propia tierra y cultura, testigos de la fe que enseñaban a sus
hermanos.
La quinta visita apostólica del Santo Padre en tierra mexicana
consistió en dos celebraciones que tuvieron lugar en la insigne y
nacional Basílica de Guadalupe: la primera, el día 31 de julio; la
segunda el 1 de agosto.

Un niño besa al Papa durante la ceremonia de bienvenida al
Pontífice en Ciudad de Guatemala el 29 de julio.
En aquella celebración eucarística el Santo Padre canonizó al
beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Por este motivo, concelebró con
el Papa un nutrido número de cardenales, obispos y presbíteros.
Participaron además en la celebración numerosos representantes de
las varias etnias indígenas de México.
La Eucaristía se celebró en la Basílica de Guadalupe como el lugar
que evoca de forma concreta y visible el espacio geográfico de las
apariciones de Nuestra Señora al indio Juan Diego. En la procesión
de ingreso, entró un grupo de indígenas que participó acompañando
al Papa como signo de este caminar hacia la santidad.
Después de la fórmula de canonización, hizo su ingreso solemne la
imagen de Juan Diego, acompañada por una familia indígena y otros
fieles que, llevando incienso y flores, se fueron acercando en
procesión hacia el altar en medio de una danza ritual hasta que la
imagen fue colocada en el lugar donde fue venerada durante la
celebración y después de ella.
En esta celebración el Papa Juan Pablo II beatificó a los mártires
Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, hombres indígenas,
sencillos, fieles servidores de Dios en la Iglesia y en la
comunidad, que ejercitaron su oficio de fiscales en su pueblo de
origen, San Francisco Cajonos Oaxaca.
Esta celebración quiso ser una expresión de este aprecio por las
culturas primitivas. Ya al principio de la celebración el Santo
Padre fue acompañado en la procesión por algunos indígenas que al
llegar al altar le pusieron un collar de flores como señal de
bienvenida. El Santo Padre saludó a los fieles en distintas
lenguas indígenas, como zapoteco, mixteco, náhuatl, mazateco, mixe,
maya y purépecha.

El Papa bendice a una indígena maya en
Ciudad de Guatemala, el 29 de julio.
En el acto penitencial se realizó un rito de purificación según la
tradición de los pueblos indígenas: el humo del copal fue dirigido
a las cuatro esquinas del mundo para que la asamblea, que en el
momento del culto fue el centro del universo, pudiera alegrarse y
renovarse en Dios su creador.
Este viaje apostólico del Santo Padre a Guatemala y a México
representó la ocasión para dar gracias al Señor, dueño de la mies,
por los innumerables beneficios que ha derramado en estas tierras
del continente americano. Fue además una invitación a la santidad
como el camino por excelencia para realizar la vida nueva del
cristiano.
Piero Marini
Obispo tit. de Martirano
Maestro de las Celebraciones
Litúrgicas Pontificias
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