Que los pobres sean nuestros maestros

Josefina Chirino
Dichosos ustedes, porque se les ha concedido conocer los
secretos del Reino.
(Mateo 13, 11)
Hace unas semanas que regresé de uno de mis viajes misioneros a
República Dominicana. Esta vez, el obispo de San Pedro de Macorís,
Monseñor Francisco Ozoria, nos envió a una parroquia que por mucho
tiempo había estado sin párroco, ya que éste había muerto y no
habían podido encontrar reemplazo. La parroquia lleva por nombre
Cristo Redentor, y está ubicada en las afueras de la ciudad, en un
sector llamado Santa Fe, por estar a la entrada del Ingenio Santa
Fe. Hace años que el ingenio cerró, y la mayoría de la gente en
ese sector está desempleada ya que dependía del ingenio para su
sustento. Son muy pobres.
Fuimos seis misioneros de Amor en Acción dispuestos a compartir la
vida de los pobres y a animar y a apoyar el trabajo de la Iglesia
local, como nos lo había pedido el obispo.
Hoy quiero compartir con ustedes algunas de mis reflexiones de los
17 días que viví en Santa Fe.
Mi primer sentimiento al llegar allá fue de agradecimiento. Los
parroquianos habían trabajado muy duro para prepararnos un lugar
donde vivir. Un salón parroquial desbaratado y lleno de trastos
viejos y rotos (como lo vi en mi viaje anterior), lo convirtieron
en una humilde y agradable casita de tres habitaciones pequeñas
para acomodar a los misioneros. Estaba limpia y bien puesta, con
una estufa de gas y hasta un refrigerador que funcionaba bien
cuando había luz (sólo a partir de la media noche). Nos prestaron
una mesa para comer y sietes sillas, una adicional para cuando
llegara visita. Nosotros llevamos nuestras “camas”, que eran
colchones que se inflan, y mosquiteros. ¿Qué más se puede pedir?
No habíamos hecho más que desempaquetar cuando se enfermó una de
las muchachas de nuestro grupo. Al saberlo nuestros anfitriones
–los pobres– comenzaron a llevar remedios de todo tipo: una sopita
de pollo; un “tececito,” un jugo de limón y hasta un poquito de
bicarbonato. Me sentí profundamente agradecida de tanto esfuerzo y
tanto trabajo para hacernos sentir bien.
A ellos se les ha concedido conocer los secretos del Reino.
Mi segundo sentimiento fuerte fue de admiración. Alrededor de tres
semanas antes de nosotros llegar, ya Cristo Redentor tenía párroco,
y éste nos invitó a hacer con él los recorridos por los cinco
sectores que pertenecen a la parroquia. La primera visita fue al
batey Alemán. Digo “admiración” porque había que ver con cuánto
entusiasmo y con cuánta alegría trabajan nuestros hermanos, los
pobres. Llegó el párroco a la hora citada y ya estaban esperando
cinco o seis señoras, ya mayores de edad, dispuestas a encaramarse
en la parte de atrás de la camioneta para, bajo el sol caribeño de
las tres de la tarde, visitar y animar a la comunidad del batey.
A ellas se les ha concedido conocer los secretos del Reino.
Fuimos a visitar a los enfermos, a llevar consuelo, cariño, algo
de esperanza. Y en medio de esta admiración por estas personas tan
llenas de Dios, tan dispuestas a trabajar por el Reino, surgió la
emoción más fuerte que había sentido hasta entonces: la
desesperación, la confusión, la ira. Las visitas fueron para mí
como un Vía Crucis, como si estuviera acompañando al Señor paso a
paso, camino al Calvario.
Era una viejita ciega e inválida, tejiendo una colcha que vende a
40 pesos ($2.50); un niño de seis años paralizado por alguna
enfermedad desconocida, que su madre lo tenía amarrado a una mesa
como si fuera un animal. Cuando preguntamos por qué no lo dejaba
sentado en una silla si ella tenía que salir, ya que el niño no se
podía mover de todas maneras, nos dijo que no tenía una silla; una
señora mayor que había sufrido un derrame cerebral, sangrando por
la boca y aturdida por el ruido enloquecedor del bar localizado al
lado de su casa, que toca música a todo grito las 24 horas del día;
otro niño que visiblemente tenía el corazón varias veces más
grande que su tamaño normal, y así. Y entre una y otra visita, las
personas viviendo en lo que no se pueden llamar casas ni viviendas,
entre miles de moscas, con un olor y un calor sofocantes, y los
niños llenos de parásitos, desnudos, jugando con una pelota
desinflada, empinando una chiringa que nunca soñaría con ver el
cielo.
Sentí desesperación por la impotencia de no poder resolver tanta
miseria; sentí ira porque sé que Dios no quiere que sus hijos
vivan así y porque sé que somos nosotros los responsables de
semejante pecado.
Al llegar a mi casita misionera lloré desconsoladamente, porque no
soporto el dolor de estar a los pies de la cruz de Nuestro Señor.
Quise buscar a ese Judas, culpable de tal pecado. Quise gritar a
los siete vientos que Dios no quiere eso, que Dios quiere que
todos sus hijos vivan con dignidad.
También di muchas gracias al Señor porque, después de tantos años
de vida misionera, todavía me espanta la miseria y me duele el
dolor de los pobres. A ellos se les ha concedido conocer los
secretos del Reino porque saben ser solidarios, porque tienen una
fe que va más allá de la realidad que viven y porque saben amarse
los unos a los otros.
Amigos míos: dejemos que los pobres nos evangelicen. Dejemos que
sean nuestros maestros y nuestros guías en el camino a Jesús.
Acerquémonos a ellos. Hagámonos asequibles, cercanos, amigos.
Compartamos la fe con sencillez y alegría como miembros de la
misma Iglesia que somos. Compartamos nuestros bienes como hermanos
que somos. Así seremos capaces de conocer los secretos del Reino.
Amén.

En un batey de Santa Fe, en las afueras de Santo Domingo.
(Foto: Amor en Acción)
Josefina
Chirino es directora del Departamento de Teología y Pastoral de
la Escuela Jesuita Belén.
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