Maestra de
oración

P. Eusebio Gómez, OCD
La fiesta de Santa Teresa de Jesús es el 15 de octubre. Santa
Teresa es una de las escritoras más grandes de todos los tiempos y
la reformadora de la vida carmelita. Plasmó su mística en Libro
de la vida, Camino de perfección y Castillo interior.
Fue canonizada en 1622 y declarada doctora de la Iglesia en 1970,
la primera mujer en serlo.
Cada santo brilla por algún don que el Señor le ha concedido. Dios
dotó a santa Teresa de Jesús –o de Avila– con el de ser maestra de
la oración.
Se han dado muchas definiciones de oración. Para Santa Teresa es
trato “con Dios como padre y como con hermano y como con señor y
como con esposo”. Es sobre todo diálogo, trato de amistad. Dice la
santa en sus propias palabras que “no es otra cosa oración mental
a mi parecer sino tratar muchas veces a solas con quien sabemos
nos ama”.
Los que nos quiere decir es que en la oración se unen Dios y el
ser humano por medio de un diálogo amoroso. A través de éste se
puede conocer al otro, saber quién es el otro y descubrir quién
soy yo. Dios es amigo que “se nos da sin tasa”, sin medida y no se
fija para amarnos en nuestros méritos, sino que acepta nuestra
condición. El ser humano sólo tiene que extender la mano y dejar
que Dios actúe.
Sin embargo, Santa Teresa a veces tuvo que forzarse para poder ir
a la oración, pero perseveró y nos asegura que todos los bienes
nos vienen de ella y es gran disparate, “el único mal y pecado,
dejar la oración, pues es abandonar la luz para andar siempre
tropezando”. No es una meta, es un camino diario que se anda tras
el rastro y rostro de Dios. La perseverancia necesita del esfuerzo
de una “determinada determinación”, ya que Dios es “amigo de
ánimas animosas”.
Para ella, quien huye de la oración huye de todo lo bueno. Una
persona sin oración, dice santa Teresa, es como un cuerpo
paralítico o tullido que, aunque tiene pies y manos, no los puede
mandar.
Pero Dios no fuerza nuestra voluntad, aunque quiere que vivamos
en la óptica del amor. El es un mendigo de amor, toma lo que le
damos, mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo. La
oración exige, pues, una entrega total, cumplir la voluntad de
Dios.
Para Teresa de Jesús el éxito de la oración no depende de los
tiempos y lugares, aunque necesite de éstos. Y mucho ánimo hay que
tener para no desfallecer en el camino emprendido, pues el ser
humano se cansa enseguida cuando no ve los frutos inmediatos.
Dios responde siempre, pero no inmediatamente y no como esperamos.
A veces se tarda, y las más de las veces desconcierta con las
respuesta.
Si en las cosas pequeñas encontraba a Dios, el encuentro era mucho
más palpable en las criaturas, ya que ellas son imagen de Dios y
por ellas se ha de ir “al Criador”. Pero este encuentro era mucho
más profundo dentro de ella misma: “no podía dudar que estaba
dentro de mí y yo toda engolfada en El”.
Tomar conciencia de esta presencia de Dios es experimentar, al
mismo tiempo, la transfiguración que él va haciendo en el alma. La
amistad conlleva el cambio de mentalidad, el sentirse seguro; esta
presencia de Cristo, amigo, “es ayuda y da esfuerzo”. Es amigo
“que nunca falta”.
Nadie que se encuentra con Dios queda impasible. Por eso la
oración verdadera conlleva un cambio radical y permanente “adonde
el Señor ilumina para entender las verdades”. La verdad de Dios y
la verdad del ser humano. Ahí es donde Dios despierta al alma al
amor para que se determine a servirlo, Sin ella, la persona se
encuentra esclava del mundo y sus caprichos y a oscuras para
escuchar la llamada del Señor.
Pero si la oración exige estar con Dios, también exige estar con
el mundo y el hermano. A Teresa le dolía la realidad del mundo de
entonces. Las cosas, como ahora, no eran fáciles, “el mundo estaba
ardiendo” y a ella le dolían los millones de almas que se perdían
por falta de doctrina.
Por eso hoy como siempre tiene una gran importancia Teresa de
Jesús. Injusticia, cultura de muerte, materialismo, nada de esto
puede quedar ajeno a la oración.
La esencia de la oración no está en pensar mucho, sino en “amar
mucho”. Amar a Dios y al prójimo con todo el corazón, con toda el
alma, con todas las fuerzas. El orar y amar está al alcance de
todos aquellos que “desean contentar a Dios” y procuran no
ofenderle.

Santa Teresa de Jesús
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