San Francisco y el sultán de Babilonia

Adele González
San Francisco de
Asís es sin duda uno de los santos más queridos de la cristiandad.
Lo conocemos como el patrón de los animales y, más recientemente,
de la ecología. Hemos escuchado historias que nos hablan de su
sensibilidad tan profunda por toda la creación, que le permitía
hablarle a los pájaros del amor de Dios y ganarse la confianza del
lobo que rondaba la aldea de Gubbio. Sin embargo, hay una anécdota
franciscana de la que no se habla a menudo, y que tiene una gran
relevancia en nuestro tiempo: la visita de Francisco al sultán de
Babilonia.
Francisco de Asís vivió en la Edad Media, en la época de las
Cruzadas, la guerra en contra de los moros o herejes. Esta
sangrienta guerra había comenzado por el deseo de los cristianos
de rescatar los Santos Lugares del poder musulmán. Podría hablar
de la valentía de Francisco y de su deseo de martirio. Podría
también contar hazañas que mostraran sus poderes extraordinarios,
pero prefiero ir más adentro y escudriñar las motivaciones que
llevaron a este santo a tierras hostiles y lo que hoy podemos
aprender de su experiencia.
Una de las cualidades más sobresalientes de Francisco es haber
descubierto en Jesús crucificado la imagen visible del Dios
invisible. Ver en Jesús el rostro sufriente y amoroso de Dios
mismo provocó que su vida no tuviera ya otro fin que corresponder
a ese amor y tratar de que otros también lo hicieran.
De personalidad apasionada y espontánea, Francisco sintió que una
manera de responder radicalmente a la entrega de Jesús en la cruz
era convertirse en un mártir en tierras hostiles. Este deseo hizo
que en el sexto año de su conversión decidiera embarcarse a Siria
con el fin de predicar el Evangelio de Cristo a los sarracenos.
Después de fracasar en su intento a causa de vientos fuertes que
casi provocaron un naufragio, trató de llegar hasta Marruecos con
el mismo propósito. Esta vez fue una enfermedad grave lo que
tronchó sus planes. No fue hasta siete años después que Francisco
logró llegar hasta la presencia de Melek-el-Kamel, sultán de
Babilonia.
Babilonia era el nombre que se daba en Europa por aquel tiempo a
la capital de Egipto, El Cairo. La guerra entre los cruzados
cristianos y los musulmanes era implacable. El sultán había
ofrecido oro como recompensa al que le presentara la cabeza de un
cristiano. Ningún peligro logró detener a Francisco, quien ardía
en deseos de compartir el Evangelio y morir por Cristo si fuera
necesario. Acompañado por un hermano emprendió la marcha hacia
Egipto. Cerca del campamento de Melek-el-Kamel, quien fue sultán
del año 1218 al 1238, se encontraron con guardias moros que, según
nos cuentan los biógrafos “se precipitaron sobre ellos como lobos
sobre ovejas y los trataron con crueldad y desprecio…
afligiéndoles con azotes y atándolos con cadenas.
Finalmente, después de haber sido maltratados y atormentados de
mil formas… los llevaron a la presencia del sultán” (San
Buenaventura, Leyenda mayor, 9,8). El encuentro entre Francisco y
el sultán ocurrió probablemente en 1219, durante una tregua
decretada por un mes.
Nos dicen los relatos de la época que cuando el sultán les
preguntó quién los había enviado y cómo habían podido llegar hasta
allí, Francisco respondió que no había sido enviado por hombre
alguno, sino por el mismo Dios, para mostrarles a él y a su pueblo
el camino de la salvación y anunciarles el Evangelio de la verdad.
Impresionado el sultán por el fervor y la virtud de Francisco, lo
escuchó con gusto y le invitó insistentemente a que permaneciera
con él. Francisco le puso como condición que sólo lo haría si el
sultán abandonaba la ley de Mahoma a cambio de la fe de Cristo, él
y su compañero accederían a quedarse entre ellos.
Después de un extenso diálogo el musulmán rechazó la invitación de
Francisco, pero le ofreció muchos regalos valiosos, que el pobre
de Asís se negó a recibir. Este gesto hizo que el sultán se
sintiera aún más atraído hacia la postura de Francisco, y le rogó
que aceptara los presentes para distribuirlos entre cristianos
pobres o en las iglesias, y además le pidió que volviese a
visitarle con frecuencia. Pero Francisco no quería nada con el
dinero y la riqueza, y rechazó esta oferta. Defraudado en su deseo
de convertir al sultán o de morir mártir, Francisco regresó a los
países cristianos.
Me admira el respeto con que Francisco le habló al sultán. No
perdió el tiempo en reproches ni en acusaciones. Con la sencillez
característica del pobre de Asís, presentó el mensaje del
Evangelio a los que en aquel tiempo se consideraban enemigos
mortales del cristianismo.
Todos los esfuerzos humanos por responder a la inciativa de Dios,
están afectados y limitados por nuestro contexto histórico, social
y cultural. La actuación de Francisco nos puede parecer hoy
atrevida y hasta ofensiva, dada la conciencia que hemos adquirido
del respeto que los cristianos debemos tener hacia las personas de
otras religiones. Sin embargo, no dejemos que el presente
determine cómo leemos la historia. Aunque las reacciones de
Francisco son fruto de su época, hay en ellas un mensaje para
nuestro mundo de hoy.
En el siglo XIII, ante lo que parecía ser una ofensa a la fe
cristiana, éstos se lanzaron a la guerra: ¡Peleemos,! ¡Aventurémonos
en una “guerra santa”, en una Cruzada!
Francisco soñó primero con ser un cruzado y morir luchando por la
defensa de Tierra Santa. Sin embargo, en su proceso de conversión,
este sueño se transformó en un profundo deseo de convertir a los
musulmanes al cristianismo. Cuando la oportunidad se presentó,
Francisco le habló al sultán con respeto y paz, y contrario a lo
que se podía esperar, salió ileso, siendo admirado por el líder
musulmán. Finalmente, cuando sintió que sus esfuerzos no eran
fructíferos, se retiró en paz a continuar su misión en los países
cristianos.
¿Qué podemos aprender hoy de San Francisco de Asís? ¿Será posible
que una visita de paz haya propiciado que la ciudad de Asís sea
hoy un lugar de encuentro para líderes religiosos de todo el mundo,
como un lugar para proclamar, buscar y hablar de paz? ¿Habrá sido
el histórico encuentro interreligioso celebrado en Asís el 24 de
enero de 2002 un fruto del respeto con que Francisco trató al
pueblo musulmán hace más de siete siglos?
No tengo respuestas a mis preguntas, pero lo que sí sé es que
muchos cruzados murieron luchando por Cristo, y muchos musulmanes
murieron luchando por Mahoma. Sin embargo, la historia no recuerda
sus nombres. El probrecito de Asís, el que se enamoró perdidamente
del Crucificado, continúa siendo hoy una de las figuras más
respetadas por todos, y su mensaje de paz y armonía con toda la
creación, una voz que toca profundamente el corazón herido de
nuestro mundo.
adelegonz@aol.com
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