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Cobija para la
Cuba dispersa

Dagoberto Valdés
Cuba, su historia,
su cultura y su identidad es la razón primera y última que une a
todos los cubanos dispersos por el mundo, arraigados en la isla,
diversos allá y aquí, confrontados, concertados o convocados entre
sí de mil maneras, pero en última instancia, mutuamente
identificados por esa razón y pasión omnipresente que es ser
cubanos.
Esa cubanidad, en parte histórica, en parte subjetiva, en parte
espiritual, tiene sus símbolos y su lenguaje. Tiene su manera de
concretarse en asideros visibles, en tierra firme, en cielo común.
En proyectos presentes y futuros.
Cuba se hace visible y asible en primer lugar en sus hijos. Cuba
son los cubanos. De ayer, de hoy y de siempre. Cuba, además, es
expresada por la espiritualidad de esos cubanos que conforman la
nación –comunidad de personas– en un lenguaje compuesto por
símbolos y signos, por gestos, palabras y proyectos.
Símbolos como la bandera de la estrella solitaria, el Himno de
Bayamo, el escudo de la palma real, signos como la purísima y
silvestre mariposa, y el variopinto tocororo que nos recuerda los
tintes de la bandera y el mestizaje de nuestra cultura.
Estos no son simples expresiones simbólicas, ayunantes de espíritu
y secas de emoción, son parte del alma de la nación y a ellas
acudimos cuando lejos, o solos, sufrientes o plenos, nos aborda la
nostalgia de la raíz y el clamor de la madre tierra.
El alma de Cuba también se expresa para los que creemos en la
trascendencia del espíritu humano y en la paternidad de un Ser
Absoluto y totalmente Otro, en signos religiosos.
Dios, ese misterio inefable, ha querido para expresar su realidad
más íntima que es el Amor, en una relación paternofilial con todos
los hombres y mujeres de todos los tiempos. En esa relación
interpersonal, no podía faltar la figura, el gesto, la vocación y
la misión de la Madre.
Los pueblos que, sin faltar al derecho de la libertad de creer o
no creer, no reconocen en su religiosidad esta
paternidadmaternidadfiliación divina, no solamente se empobrece
como pueblo, al decir de Martí, “nada en él alimenta la virtud”
por dentro, sino que es un pueblo que va perdiendo su alma. Y como
ha dicho nuestra poeta Dulce María Loynaz, “el que no ponga el
alma de raíz se seca” (Poemas sin Nombre III)
Es por ello que en Cuba, como en la inmensa mayoría de los pueblos
de la tierra, la nación tiene a Dios por Padre y lo invocó en el
preámbulo de sus Constituciones mientras tuvo libertad.
Cuba es una nación que tiene una Madre, aclamada y venerada por
nuestros padres fundadores desde Céspedes hasta hoy: Esa madre es
María de Nazaret, la Madre de Jesucristo, que en Cuba vino
sobre las aguas y traía para nosotros el dulce, impar y supremo
nombre de Virgen de la Caridad.
Ella es signo indeleble de cubanía.
Ella es emblema de la nación cubana.
Ella es al mismo tiempo Estrella, Himno y Escudo, Flor del campo y
Ave de la Buena Noticia.
En el Año del Centenario de la República cada cubano, cada cubana,
ya esté en la diáspora impuesta o en el arraigo elegido, esté en
la orilla hospitalaria o en la casa dividida, ya viva en la
esperanza del regreso o en la agonía de la inmovilidad, debemos
alzar nuestra mirada, dejar ablandar nuestro corazón, inclinar
nuestro orgullo altisonante y abrir nuestros brazos al calor único
y tierno de la Madre para decirle desde el hondón de nuestra alma
cubana:
Virgen de la Caridad,
Cobija de todos los cubanos,
Ave Marinera y Tabla de salvación
del que zozobra y del que sufre.
Bajo tu ternura nos guarecemos
de la nostalgia y de la falta de libertad.
Blanca y silvestre Mariposa
Que nuestra alma no se corrompa,
danos la transparencia de la coherencia y de la honestidad.
Himno de gratuidad y de servicio,
Magnificat de los pobres:
Concédenos ser una ofrenda permanente
en el ara de la Cruz y de la Patria
de modo que todo lo que hagamos y soñemos
Sea para hacer de Cuba un hogar nacional.
Escudo de los que son oprimidos,
mira a la Perla que llora,
a la Llave encerrada,
a la Palma que se deshoja
por la pérdida de sus hijos.
Cobija a nuestra Nación con el guano de tu ternura.
Envuelve nuestra historia con la yagua de tu Memoria.
Reconstruye nuestro futuro con el cogollo de tu Virtud.
Estrella de la mañana,
que anuncias un nuevo día:
Apresura para Cuba
el alba de la libertad.
Amén.

Miles de cubanos acompañan a la Virgen de la Caridad en una
procesión celebrada el 8 de septiembre en la Ciudad de La Habana.
La Iglesia Católica organizó numerosas misas y procesiones a
través del país para celebrar la Santa Patrona de Cuba. (Foto:
Niurka Barroso / AFP)
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