El eje del bien

Dora Amador Morales
Por algún tiempo me interesó indagar sobre la proliferación de
armas de destrucción masiva. Recuerdo el impacto que en mí
tuvieron los escritos de Andrei Sajarov cuando éste decidió hacer
público lo que sucedía cada vez que se detonaba una bomba nuclear.
En su ensayo Reflexiones sobre el progreso, la coexistencia
pacífica y la libertad intelectual, el eminente científico
ruso atacó al sistema político soviético y abogó por “una sociedad
democrática, pluralista y libre, donde no se den la intolerancia
ni el dogmatismo, una sociedad humana que se preocupe y cuide el
futuro de la Tierra”.
A partir del momento en que adquirió conciencia de la magnitud del
horror, Sajarov luchó porque se prohibieran las pruebas nucleares
y fue la figura cimera en la concepción, en plena Guerra Fría, del
Nuclear Test Ban Treaty (Tratado de Prohibición de Pruebas
Nuclares).
En el libro On
Sakharov, dice el físico norteamericano Herbert York: “El daño
que una irradiación de alto nivel le hace a los genes es obvio…
Sajarov demostró el papel de las mutaciones en la aparición de
enfermedades hereditarias, la posibilidad de aumento en
enfermedades cancerosas y de leucemia por irradiación, la
disminución de reacción inmunológica en los organismos, el daño
hecho al hombre por el aumento en la mutabilidad de microbios y
virus [por las pruebas nucleares] y la asociada periodicidad de
brotes infernales de nuevas formas de virus y bacterias patógenas”.
Y en otro libro, Andrei Sakharov and the Fate of Biological
Science in the USSR, explica el biólogo ruso Valery Soifer:
“Cuando el material radiactivo de una explosión llega a la
atmósfera, cada megatón de una explosión nuclear significa miles
de víctimas desconocidas. Y cada prueba nuclear conlleva decenas
de megatones, es decir, decenas de miles de víctimas”.
La decisión esencial de Sajarov fue actuar con responsabilidad, en
coherencia con su conciencia ética, oponiéndose a las armas de
destrucción masiva y emprendiendo la lucha –de la cual es pionero–
por el respeto a los derechos humanos.
Fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1975, pero el
régimen comunista le impidió ir a recibirlo. En su país fue
encarcelado hasta que en 1986 Mijail Gorbachov lo liberó.
He recordado a Sajarov en estos días, cuando una guerra de
proporciones devastadoras está al estallar. No había vuelto a
tocar el tema de las armas de destrucción masiva –lo hice por
algún tiempo al principio de los 90–, porque, siendo periodista,
me hallaba algo abrumada por la realidad palpable de lo que Su
Santidad Juan Pablo II llama con insistente recurrencia “el
misterio del mal”.
Recuerdo que los titulares de prensa de entonces eran las guerras
nacionalistas de los países que resurgieron de la antigua
Yugoslavia: Bosnia Herzegovina, Croacia, Serbia, Eslovenia, y
otros, y la llamada “limpieza étnica” que impulsó la masacre de
cientos de miles de personas en la región. El deseo de supremacía
racial y el exterminio masivo de personas “inferiores” encarnado
en Hitler en los años 30 y 40 resurgió en Milosevic y otros en los
años 90.
Y llegó el nuevo siglo y con él, el 11 de septiembre.
Hoy vivimos en estado de alerta. Los titulares de prensa lo ocupan
los terroristas y la probabilidad de ser atacados con armas
biológicas, químicas y las llamadas “bombas sucias”, que son armas
nucleares muy pequeñas que no necesitan misiles y se transportan,
por ejemplo, en maletines.
De acuerdo con las declaraciones de Kanatjan Alibekov, ex director
de Biopreparat, el programa de armas biológicas de la ex Unión
Soviética, no se trata de si Estados Unidos será atacado o no; se
trata de cuándo. Alibekov, quien desertó en 1992 y hoy vive en
Washington, duda que el arsenal de muerte que fabricó y almacenó
la ex Unión Soviética se le haya vendido en parte a países que
buscan afanosamente poseerlo, pero da por sentado que algunos
científicos rusos, desempleados o mal pagados, han vendido sus
conocimientos e información a algunos países que quieren fabricar
estas armas.
Según Alibekov, al final de los años 80, en la localidad de Kirov
habían almacenadas 20 toneladas de plaga. En la de Zagorsk otras
20 toneladas de viruela, y en Ekaterinburg había más de 100
toneladas de ántrax. “La viruela es un arma muy buena”, dijo
Alibekov. “Pero podría ser mejor si se le añaden algunos genes
foráneos. En este caso advierto a la comunidad científica en
Estados Unidos y en el mundo para que observen con mucho cuidado
este fenómeno, porque en muchos casos estos trabajos se conducen
en zonas oscuras… Esta es una situación muy peligrosa. Debemos
tener mucho cuidado”.
Cuando se le preguntó qué eran “zonas oscuras”, dijo: “Es la
alteración genética de un virus” para que sea segura la
destrucción de poblaciones enteras, ya que para las enfermedades
nuevas no habrían vacunas ni medicinas.
El presidente Bush le llamó a Corea del Norte, Irán e Irak el “eje
del mal”, porque son los principales países que poseen armas de
destrucción masiva y apoyan y arman a grupos terroristas.
Con pesar me convenzo de que “el eje del mal” está mucho más
extendido. Va más allá del armamentismo, de los fraudes y la
corrupción política y empresarial, del abuso de menores, del
abandono de las personas mayores, de la inmensa pobreza de
millones de seres humanos por la avaricia de unos pocos y de la
devastación ecológica de nuestro planeta.
Sin duda es muy grave la situación que vivimos.
Pero soy cristiana y por eso, solamente por eso, tengo esperanza.
Esa esperanza la quisiera compartir con ustedes recordando al
hombre cuya vida y obra tiene una gran vigencia en nuestros días
de peligro e incertidumbre. Me refiero a San Francisco de Asís,
“profeta de la paz” y amante de la creación.
San Francisco –cuya fiesta celebramos en estos días– amaba tanto
a Cristo en la cruz, sentía tanto su dolor –crucificar a Dios es
el mayor mal cometido por la humanidad–, lo amaba tanto, que llegó
a tener las mismas llagas de Cristo, por las que sangraba, por las
que sufría en carne propia los padecimientos de su Señor.
De igual forma, todo cristiano asume el dolor de un mundo azotado
por el mal, pero tiene fe y se sabe llamado por su condición de
bautizado, a amar y servir, a denunciar la injusticia, pero sobre
todo a anunciar la Buena Nueva. Sólo así se fortalecerá el otro
eje, el eje del bien.
Con su amor al crucificado San Francisco nos quiere recordar que
en la cruz Dios redimió el mal. Estamos salvados, esa es la buena
noticia. Y ése es el motivo de nuestra esperanza y de nuestro gozo
mientras esperamos la llegada de la plenitud del Reino de Dios.
–Dora Amador Morales
Oración de San
Francisco de Asís
Señor,|
hazme un instrumento de tu paz
donde haya odio, siembre yo amor
donde haya injuria, perdón
donde haya duda, fe
donde haya desaliento, esperanza
donde haya sombra, luz
donde haya tristeza, alegría
¡Oh, Divino Maestro!,
concédeme que no busque tanto
ser consolado, sino consolar,
ser comprendido, sino comprender,
ser amado, sino amar.
Porque dando es como recibimos,
perdonando es como Tú nos perdonas,
y muriendo en Ti
es como nacemos a la vida eterna.

Francisco recibe los estigmas, Giotto, Iglesia de la Santa Croce,
Florencia
“Durante su permanencia en el eremitorio que, por el lugar en que
está, toma el nombre de Alverna, dos años antes de partir para el
cielo tuvo Francisco una visión de Dios; vio a un hombre que
estaba sobre él; tenía seis alas, las manos extendidas y los pies
juntos, y aparecía clavado en una cruz. Dos alas se alzaban sobre
su cabeza, otras dos se desplegaban para volar, y con las otras
dos cubría todo su cuerpo. Ante esta contemplación, el
bienaventurado siervo del Altísimo permanecía absorto en
admiración, pero sin llegar a descifrar el significado de la
visión. Se sentía envuelto en la mirada benigna y benévola de
aquel serafín de inestimable belleza; esto le producía un gozo
inmenso y una alegría fogosa; pero al mismo tiempo le aterraba
sobremanera el verlo clavado en la cruz y la acerbidad de su
pasión. Se levantó, por así decirlo, triste y alegre a un tiempo,
alternándose en él sentimientos de fruición y pesadumbre. Cavilaba
con interés sobre el alcance de la visión, y su espíritu estaba
muy acongojado, queriendo averiguar su sentido. Mas, no sacando
nada en claro y cuando su corazón se sentía más preocupado por la
novedad de la visión, comenzaron a aparecer en sus manos y en sus
pies las señales de los clavos, al modo que poco antes los había
visto en el hombre crucificado que estaba sobre sí.
Las manos y los pies se veían atravesados en su mismo centro por
clavos, cuyas cabezas sobresalían en la palma de las manos y en el
empeine de los pies y cuyas puntas aparecían a la parte opuesta.
Estas señales eran redondas en la palma de la mano y alargadas en
el dorso; se veía una carnosidad, como si fuera la punta de los
clavos retorcida y remachada, que sobresalía del resto de la
carne. De igual modo estaban grabadas estas señales de los clavos
en los pies, de forma que destacaban del resto de la carne. Y en
el costado derecho, que parecía atravesado por una lanza, tenía
una cicatriz que muchas veces manaba, de suerte que túnica y
calzones quedaban enrojecidos con aquella sangre bendita…
Y aunque este siervo y amigo del Altísimo se veía engalanado de
tantas y tales margaritas cual preciosas gemas, y más adornado de
gloria y honor que todos los hombres, no obstante, su corazón no
se envaneció ni buscó complacer a nadie para satisfacer deseos de
vanagloria; antes bien, para evitar que el favor humano le robara
la gracia donada, se esforzaba en ocultarlo por cuantos modos
podía”.
–Celano. Vida primera
|