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Homilía del arzobispo
John C. Favalora en la misa de recordación celebrada en la iglesia
Gesu el 11 de septiembre de 2002
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Izq.: Luisa Massiah le da gracias a Dios en Gesu porque su
hermano, quien trabajaba en el World Trade Center sobrevivió,
aunque vio a sus compañeros de trabajo morir. Der.: Marta
Alcázar rezaba “porque haya más compasión en el mundo”. (Fotos:
Dora Amador Morales) |
Estimados amigos:
Este primer aniversario de los ataques del 11 de septiembre
constituye un día de recordación. Rememoramos el horror de las
torres. Recordamos el valeroso coraje de la policía y de los
bomberos y de todos los que prestaron su ayuda. Rememoramos la
pérdida de vidas humanas y el dolor y la pena de tantas familias.
En este día no sólo recordamos estos trágicos acontecimientos, no
sólo las emociones que experimentamos y las cosas horribles que
vimos, sino también recordamos, como país, el hecho de que, en
realidad, perdimos nuestra inocencia. Nuestro sentido de
invulnerabilidad, nuestra creencia de que la fortaleza en que
vivimos se encontraba a salvo de invasiones se ha perdido para
siempre.
Pero la remembranza, el ejercicio de la recordación, es bueno sólo
hasta un límite. La verdadera cuestión es qué lección podemos
extraer de tal remembranza. Puesto que si no aprendemos nada de lo
rememorado, todo lo que hacemos es recrear los acontecimientos de
hace un año.
Yo creo que la lección que debemos extraer de los acontecimientos
del 11 de septiembre es de carácter espiritual. Lo que aprendemos
sobre la vulnerabilidad, sobre nuestra inseguridad, es un mensaje
profundamente espiritual. La inseguridad espiritual es uno de los
mejores regalos que cada uno de nosotros pueda recibir.
Algunas veces vivimos como si jamás fuera a sobrevenir el fin de
nuestras vidas. Como si éste fuera el mundo que nos prometió el
Señor. Como si esto fuera todo. Cuando algo así ocurre nos vemos
obligados a pensar: “Bueno, ¿habrá algo más?”
Por supuesto, nuestra doctrina católica nos enseña que hay algo
más. Nuestra doctrina es muy diáfana. Dice que la única seguridad
que poseemos, la única subordinación real a la que nos sometemos
es Dios. Dios nunca nos va a fallar. Todo lo restante, todo lo
material, es falible.
Ciertamente, como nación, debemos asegurarnos de que podemos
defendernos. Nuestros líderes deben asegurarse de que el pueblo
esté a salvo. Debemos estar seguros, todo lo más que podamos, de
que no les permitiremos a los terroristas arruinar nuestras vidas
y nuestra tranquilidad mental.
Pero nosotros no podemos olvidar el mensaje básico: nuestro lugar
último no está aquí en la tierra. Nuestro lugar postrero es el que
está por venir. La actual es sólo una casa temporal. Por más
segura que la hagamos, por más seguros que nos encontremos en ella,
jamás será un sitio perfecto. Porque éste es un mundo imperfecto.
Esta es la verdadera naturaleza de todo lo material. Todo lo
material está automáticamente limitado. Es corruptible. Tendrá un
principio y un fin. Sólo permanece el espíritu.
Mi temor es que si nos enclaustramos en todas las seguridades que
necesitamos, si realmente salvamos al mundo del terrorismo, si la
bolsa de valores retorna al punto donde se hallaba antes, que el
pueblo olvide este importantísimo mensaje espiritual: que la
seguridad postrera no se encuentra en las cosas materiales. Sólo
los valores espirituales son imperecederos. Sólo en el ámbito
espiritual es donde nada nos puede causar daño.
Cuando dependemos totalmente de Dios nada puede hacernos daño. Ésa
es Su promesa. “Estaré siempre con ustedes. Hasta el final de los
tiempos”.
La implicación es que la tierra, todo lo que conocemos como real y
material, tendrá un fin. De modo que no se lo confiemos todo.
Porque no constituye todo lo que la vida representa.
De modo que mi esperanza estriba en que el pueblo, un año después,
mantenga siempre esta profunda reflexión espiritual en su fuero
interno, sin tomar en consideración qué cosas emprenda para
reconstruir la ciudad del hombre. Tal como nos recuerda San
Agustín, ésta es también la “ciudad de Dios”.
Este es nuestro verdadero destino, el destino de todo ser humano,
y el único sitio donde podemos estar real y completamente seguros.
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Izq.: El sargento Robert Cates,
de Cooper City, asistió a la misa que se ofreció por las
víctimas en la parroquia St. Boniface, de Pembroke Pines. Der.:
Como miles en la Arquidiócesis de Miami, George Ortiz hizo un
alto en el trabajo para ir a su parroquia. (Fotos: Brenda
Tirado Torres) |
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