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Las marcas de Dios


P. Pedro Corces

Hay momentos en el itinerario espiritual de cada hombre y mujer de fe, que son marcas o señales transparentes de la presencia de Dios, de lo real y palpable que es Cristo Jesús en medio de nosotros, de la fuerza del Espíritu. Y son momentos que no se borran y quedan por un largo tiempo en la memoria y el corazón, y son como una fuente inagotable a la que uno puede volver en el recuerdo vivo que parece actualizarse las veces que sea para de allí sacar esperanza y fuerzas renovadas. Es el recuerdo vivo de un encuentro con Dios que parece no acabarse.

Así fue uno de tantos encuentros con el grupo de mujeres de Villa El Salvador, en el sur de Lima, Perú. Este grupo de mujeres se llama Llamqak Warmi o “Mujeres Trabajadoras”. Son mujeres muy pobres en lo material, pero muy ricas en su vivencia diaria de la fe  inconmovible en un Dios que libera, provee el pan diario, cuida de sus hijos e hijas, cuida de cada una de ellas.

Villa El Salvador es uno de los muchos “pueblos jóvenes” que rodean, como grandes cinturones de miseria material, nuestras grandes ciudades latinoamericanas. Visité Villa hace tres años por primera vez. Desde entonces he vuelto todos los años. Así conocí a las Llamqak Warmi.  Son parte de las muchas comunidades que forman la parroquia Nuestra Señora de La Paz. Esta es una de las parroquias de la que es párroco desde hace años el padre John O’Leary, sacerdote de la Arquidiócesis de Miami.

¿Qué ocurrió en ésta, una de nuestras tantas visitas a Villa El Salvador? Las Llamqac Warmi me habían invitado a mí y a dos de nuestros seminaristas de Miami a un almuerzo en el salón donde ellas y sus niños trabajan en la artesanía.  Era un almuerzo de agradecimiento por ayudarlas a vender sus tarjetas de Navidad y otras obras suyas en Miami. 

Con el dinero del año pasado habían podido construir una gran cocina común donde preparan diariamente más de 90 comidas para familias completas y se preparan todas las mañanas más de 100 vasos de leche con pan para que los niños desayunen antes de irse a la escuela. La cocina que habían tenido por años era de piso de tierra  y paredes de palo con cartón. ¡Este año ya tenían una nueva cocina de ladrillos y azulejos!

Nos habían cocinado pollo y papas hervidas y algo de ensalada, y me habían comprado una “chamarra” o  jacket como regalo. Comenzamos con una gran alegría, todos sentados alrededor de la misma mesa, donde día tras día, por horas y horas, encorvadas o sentadas, hacen sus tarjetas y tejidos. La mesa de trabajo era también mesa de aquella comida fraternal y de agradecimiento. No habían mesas separadas ni distintas. Todo era una misma realidad. Todo era sencillo, pobre y abundantemente libre y evangélico.

En un momento de aquel auténtico banquete le dije bajito a la Hermana Clara, una religiosa pasionista de Irlanda, que las acompaña y orienta: “¡Tremenda eucaristía!”. A Clara le brillaban los ojitos. Entendió la profundidad del momento, el significado de lo que allí ocurría: los más pobres de los pobres compartían lo poco que tenían y lo poco se hacía infinitamente abundante, rico, hermoso. La transparencia de Jesús de Nazaret era palpable, evidente. El Evangelio más puro vivido en aquel rincón del Perú.

Ellas nos contaron sus sueños, sus planes: tener una casita de ladrillos, que sus hijos aprendieran a leer y a escribir –ya que algunas de ellas no podían– y que nunca les faltara un poco de pan, el diario, por el que hay que sudar y luchar.

Cuando hablaban era como si el tiempo se hubiese suspendido. A mí y a los dos seminaristas nos parecía flotar en otra realidad de la fe, en otra dimensión del espíritu. Quizás fue que en ese momento pudimos entender, experimentar el Evangelio “puro” y toda la fuerza que éste contiene, sin distracciones administrativas ni espiritualidades desencarnadas. Fue un momento donde vimos el rostro de Cristo en las Llamqak Warmi.

Cada eucaristía me trae al recuerdo aquella otra, donde las mujeres que trabajan, sus niños, la Hermana Clara y nosotros tres, éramos un auténtico Uno en el tiempo y el espacio, donde Dios era visible y palpable.

Hoy, ese canto de ofertorio que nosotros cantamos aquí y ellas cantan allá –Por los pobres sin techo ni hogar… pan y vino sobre el altar, son ofrendas de amor, pan y vino serán después tu Cuerpo y Sangre Señor– no lo cantaremos ni oiremos igual que antes. Por los niños sin techo ni hogar…

De ellos y ellas es el Reino de los Cielos.

El padre Pedro Corces es director de Vocaciones de la Arquidiócesis de Miami.