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“Escuchemos las palabras, escuchemos el viento”

 

“Nos encontramos en Asís, donde todo habla de un singular profeta de la paz llamado Francisco”, dijo Su Santidad en la reunión de líderes religiosos más grande de la historia.
La ciudad de Asís fue el 24 de enero de 2002 el escenario de la reunión de líderes religiosos más representativo de la historia. Más de 250 representantes de los credos del planeta acudieron a la Jornada de Oración por la Paz, que Juan Pablo II convocó en respuesta a los atentados terroristas del 11 de septiembre.

 Este fue también el encuentro ecuménico más importante de todos los tiempos, pues nunca habían participado en este tipo de iniciativas líderes cristianos de todas las confesiones.

La Voz Católica publica en la edición de este mes, en que se conmemoró el primer aniversario del trágico 11 de septiembre, fragmentos del discurso que el Papa pronunció al final del acto de presentación de los testimonios por la paz de los líderes religiosos del mundo reunidos en Asís.

 

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

Hemos venido a Asís en peregrinación de paz. Estamos aquí, como representantes de las diversas religiones, para interrogarnos ante Dios sobre nuestro compromiso en favor de la paz, para pedirle ese don y para testimoniar nuestro anhelo común de un mundo más justo y solidario.

Queremos dar nuestra contribución para alejar los nubarrones del terrorismo, del odio y de los conflictos armados, nubarrones que en estos últimos meses se han cernido particularmente sobre el horizonte de la humanidad. Por eso queremos escucharnos los unos a los otros: sentimos que esto ya es un signo de paz, ya es una respuesta a los inquietantes interrogantes que nos preocupan, ya sirve para disipar las tinieblas de la sospecha y de la incomprensión.

Las tinieblas no se disipan con las armas; las tinieblas se alejan encendiendo faros de luz. Hace algunos días recordé al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede que el odio sólo se vence con el amor.

 Nos encontramos en Asís, donde todo habla de un singular profeta de la paz, llamado Francisco. No sólo lo aman los cristianos, sino también muchos otros creyentes y gente que, aun estando alejada de la religión, se reconoce en sus ideales de justicia, reconciliación y paz.

Aquí el Poverello de Asís nos invita, ante todo, a elevar un cántico de acción de gracias a Dios por todos sus dones. Alabamos a Dios por la belleza del cosmos y de la tierra, “jardín” maravilloso que confió al hombre para que lo cultivara y conservara (cf. Gn 2, 15). Conviene que los hombres recuerden que se encuentran en un “huerto” del inmenso universo, creado por Dios para ellos. Es importante que se den cuenta de que ni ellos ni los asuntos por los que tanto se preocupan son todo. Sólo Dios es todo, y al final cada uno deberá presentarse ante él para rendir cuentas.

Dios mismo ha puesto en el corazón humano un estímulo instintivo a vivir en paz y armonía. Es un anhelo más íntimo y tenaz que cualquier instinto de violencia, un anhelo que hemos venido a reafirmar aquí juntos, en Asís. Lo hacemos con la certeza de interpretar el sentimiento más profundo de todo ser humano.

¡La paz! La humanidad necesita siempre la paz, pero mucho más ahora, después de los trágicos acontecimientos que han menoscabado su confianza y en presencia de los persistentes focos de desgarradores conflictos que tienen en vilo al mundo. En el Mensaje para el pasado 1 de enero puse de relieve los dos “pilares” sobre los que se apoya la paz: el compromiso en favor de la justicia y la disponibilidad al perdón.

Justicia, en primer lugar, porque sólo puede haber verdadera paz si se respetan la dignidad de las personas y de los pueblos, los derechos y los deberes de cada uno, y si se da una distribución equitativa de beneficios y obligaciones entre personas y colectividades. No se puede olvidar que situaciones de opresión y marginación están a menudo en la raíz de las manifestaciones de violencia y terrorismo. Y también perdón, porque la justicia humana está expuesta a la fragilidad y a los límites de los egoísmos individuales y de grupo. Sólo el perdón sana las heridas del corazón y restablece íntegramente las relaciones humanas alteradas.

Escuchemos las palabras, escuchemos el viento. El viento nos recuerda al Espíritu: “El Espíritu sopla donde quiere”.

Hacen falta humildad y valentía para emprender este itinerario. El marco de este encuentro, es decir, el diálogo con Dios, nos brinda la oportunidad de reafirmar que en Dios encontramos la unión eminente de la justicia y la misericordia. Él es sumamente fiel a sí mismo y al hombre, incluso cuando el ser humano se aleja de él. Por eso las religiones están al servicio de la paz. A ellas, y sobre todos a sus líderes, les corresponde la tarea de difundir entre los hombres de nuestro tiempo una renovada conciencia de la urgencia de construir la paz.

Lo reconocieron los participantes en la Asamblea interreligiosa que se celebró en el Vaticano en octubre de 1999, al afirmar que las tradiciones religiosas poseen los recursos necesarios para superar las divisiones y fomentar la amistad recíproca y el respeto entre los pueblos. En aquella ocasión se reconoció también que conflictos trágicos derivan a menudo de la asociación injusta de la religión con intereses nacionalistas, políticos, económicos o de otro tipo. Reunidos aquí una vez más, afirmamos que quien utiliza la religión para fomentar la violencia contradice su inspiración más auténtica y profunda.

Por tanto, es necesario que las personas y las comunidades religiosas manifiesten el más neto y radical rechazo de la violencia, de toda violencia, desde la que pretende disfrazarse de religiosidad, recurriendo incluso al nombre sacrosanto de Dios para ofender al hombre. La ofensa al hombre es, en definitiva, ofensa a Dios. No existe ninguna finalidad religiosa que pueda justificar la práctica de la violencia del hombre contra el hombre.

Me dirijo ahora en particular a vosotros, hermanos y hermanas cristianos. Nuestro Maestro y Señor Jesucristo nos llama a ser apóstoles de paz. Hizo suya la regla de oro conocida por la sabiduría antigua: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos” (Mt 7, 12; cf. Lc 6, 31), y el mandamiento de Dios a Moisés: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (cf. Lv 19, 18; Mt 22, 39 y paralelos), llevándolos a plenitud en el mandamiento nuevo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13, 34).

Con Francisco, el santo que respiró el aire de estas colinas y recorrió estas aldeas, fijamos nuestra mirada en el misterio de la cruz, árbol de salvación regado por la sangre redentora de Cristo. El misterio de la cruz marcó la existencia del Poverello, de santa Clara y de muchos otros santos y mártires cristianos. Su secreto fue precisamente este signo victorioso del amor sobre el odio, del perdón sobre la venganza, del bien sobre el mal. Estamos invitados a seguir sus huellas, para que la paz de Cristo se convierta en anhelo incesante de la vida del mundo.

Si la paz es don de Dios y tiene su manantial en él, sólo es posible buscarla y construirla con una relación íntima y profunda con él. Por tanto, edificar la paz en el orden, la justicia y la libertad requiere el compromiso prioritario de la oración, que es apertura, escucha, diálogo y unión con Dios, fuente originaria de la verdadera paz.

Ha llegado el momento de superar decididamente las tentaciones de hostilidad que han existido incluso en la historia religiosa de la humanidad. En realidad, cuando se inspiran en la religión, expresan un rostro profundamente inmaduro de la misma.

El auténtico sentimiento religioso lleva a percibir de algún modo el misterio de Dios, fuente de la bondad, y esto constituye una fuente de respeto y armonía entre los pueblos: más aún, en él se encuentra el principal antídoto contra la violencia y los conflictos.

Que la paz reine especialmente en el corazón de las nuevas generaciones. Jóvenes del tercer milenio, jóvenes cristianos, jóvenes de todas las religiones, os pido que seáis, como Francisco de Asís, “centinelas” dóciles y valientes de la paz verdadera, fundada en la justicia y en el perdón, en la verdad y en la misericordia.

Avanzad hacia el futuro enarbolando la antorcha de la paz. ¡El mundo necesita su luz!

Ha hablado el hombre. Han hablado diversos hombres aquí presentes. Ha hablado también el viento, un viento fuerte.

Dice la Escritura: “El Espíritu sopla donde quiere”. Que este Espíritu Santo hable hoy al corazón de todos los que nos encontramos aquí. Lo simboliza el viento que acompaña a las palabras humanas que hemos escuchado todos.

 

 


 

El clamor de los religiosos del mundo por la paz

 Carta del Santo Padre Juan Pablo II
a todos los jefes de Estado o de Gobierno

A sus excelencias los jefes de Estado o de Gobierno:

Hace exactamente un mes [el 24 de enero de 2002] se celebró en Asís la Jornada de Oración por la Paz en el Mundo. Hoy mi pensamiento se dirige espontáneamente a los responsables de la vida social y política de los países que estuvieron representados allí por los líderes religiosos de numerosas naciones.

Las intervenciones inspiradas de estos hombres y mujeres, representantes de las diversas confesiones religiosas, así como su deseo sincero de trabajar en favor de la concordia, de la búsqueda común del verdadero progreso y de la paz en el seno de toda la familia humana, encontraron su expresión elevada y, a la vez, concreta en un “decálogo” proclamado al término de esa excepcional jornada.

Tengo el honor de enviar el texto de este compromiso común a su excelencia, convencido de que estas diez proposiciones podrán inspirar la acción política y social de su Gobierno.

Pude constatar que los participantes en el encuentro de Asís estuvieron animados más que nunca por una convicción común: la humanidad debe elegir entre el amor y el odio. Y todos, sintiéndose miembros de una misma familia humana, supieron traducir esa aspiración a través de este decálogo, persuadidos de que, si el odio destruye, el amor, por el contrario, construye.

Deseo que el espíritu y el compromiso de Asís guíen a todos los hombres de buena voluntad en la búsqueda de la verdad, la justicia, la libertad y el amor, para que toda persona humana goce de sus derechos inalienables, y cada pueblo, de la paz. Por su parte, la Iglesia Católica, que pone su confianza y su esperanza en “el Dios de la caridad y de la paz” (2 Co 13, 11), seguirá comprometiéndose para que el diálogo leal, el perdón recíproco y la concordia mutua marquen los caminos de los hombres en este tercer milenio.

Agradeciendo a su excelencia el interés que quiera prestar a mi mensaje, aprovecho esta ocasión para asegurarle mi más alta consideración.


        24 de enero de 2002


 Decálogo de Asís para la Paz

1. Nos comprometemos a proclamar nuestra firme convicción de que la violencia y el terrorismo se oponen al auténtico espíritu religioso, y, condenando todo recurso a la violencia y a la guerra en nombre de Dios o de la religión, nos comprometemos a hacer todo lo posible por erradicar las causas del terrorismo.

2. Nos comprometemos a educar a las personas en el respeto y la estima recíprocos, a fin de que se llegue a una convivencia pacífica y solidaria entre los miembros de etnias, culturas y religiones diversas.

3. Nos comprometemos a promover la cultura del diálogo, para que aumenten la comprensión y la confianza recíprocas entre las personas y entre los pueblos, pues estas son las condiciones de una paz auténtica.

4. Nos comprometemos a defender el derecho de toda persona humana a vivir una existencia digna según su identidad cultural y a formar libremente su propia familia.

5. Nos comprometemos a dialogar con sinceridad y paciencia, sin considerar lo que nos diferencia como un muro insuperable, sino, al contrario, reconociendo que la confrontación con la diversidad de los demás puede convertirse en ocasión de mayor comprensión recíproca.

6. Nos comprometemos a perdonarnos mutuamente los errores y los prejuicios del pasado y del presente, y a sostenernos en el esfuerzo común por vencer el egoísmo y el abuso, el odio y la violencia, y por aprender del pasado que la paz sin justicia no es verdadera paz.

7. Nos comprometemos a estar al lado de quienes sufren la miseria y el abandono, convirtiéndonos en voz de quienes no tienen voz y trabajando concretamente para superar esas situaciones, con la convicción de que nadie puede ser feliz solo.

8. Nos comprometemos a hacer nuestro el grito de quienes no se resignan a la violencia y al mal, y queremos contribuir con todas nuestras fuerzas a dar a la humanidad de nuestro tiempo una esperanza real de justicia y de paz.

9. Nos comprometemos a apoyar cualquier iniciativa que promueva la amistad entre los pueblos, convencidos de que el progreso tecnológico, cuando falta un entendimiento sólido  entre los pueblos, expone al mundo a riesgos crecientes de destrucción y de muerte.

10. Nos comprometemos a solicitar a los responsables de las naciones que hagan todo lo posible para que, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, se construya y se consolide un mundo de solidaridad y de paz fundado en la justicia.

 24 de enero de 2002


 

Algunos de los participantes en el encuentro

 

Pat. ecuménico Bartolomé I de Constantinopla

Reverendo Konrad Raiser, Consejo Ecuménico de las Iglesias

Bhai Sahibji Mohinder Singh, sij

Metropolita Jovan, Patriarcado Ortodoxo serbio

El jeque Abdel Salam Abushukhadaem

Obispo Vasilios, Iglesia Ortodoxa de Chipre

Chang-Gyou Choi, confucionismo

Hojjatoleslam Ghomi, islam

Rev. Nichiko Niwano, budismo

Samuel-René Sirat, judaísmo

Mesach Krisetya, Conf. Menonita Mundial

Metropolita Pitirim, Pat. Ortodoxo de Moscú

Jeque Abdel Salam Abushukhadaem, islam

Obispo Vasilios, Iglesia Ortodoxa de Chipre

Señor Chang-Gyou Choi, confuciano

Hojjatoleslam Ghomi, islam

Reverendo Nichiko Niwano, budismo

Rabino Samuel-René Sirat, judaísmo

Su Emiencia George Carey, Arzobispo de Carnerbury, anglicana

Dr. Ishmael Noko, Fed. Luterana Mundial

Dr. Setri Nyomi, Alianza Mundial de las Iglesias Reformadas

Geshe Tashi Tsering, budismo

Chef Amadou Gasseto, religión trad. africana

Didi Talwalkar, hinduismo

Sheikh Al-Azhar Mohammed Tantawi, islam

Rabino Israel Singer, judaísmo

Chiara Lubich, Iglesia Católica

Andrea Riccardi, Iglesia Católica

H.B. Theoctist, Patriarca Ortodoxo de Rumanía

Su Santidad Juan Pablo II, Iglesia Católica