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¿Por qué se
quedaron los jóvenes católicos cubanos en Canadá?
Padre Willy Pino
Boletín Diocesano de Camagüey
La noticia corrió rápidamente: varios de los muchachos de nuestra
Iglesia que asistían a la Jornada Mundial de la Juventud en Canadá
habían decidido quedarse. No regresaron siete jóvenes de Holguín,
cinco de Santiago, cuatro de Pinar del Río, tres de
Bayamo-Manzanillo, dos de Matanzas y dos de La Habana (23 en
total). Los jóvenes de las Diócesis de Ciego de Avila, Santa
Clara, Cienfuegos, GuantánamoBaracoa y Camagüey regresaron todos.
¿Qué había pasado?
Desde ese mismo momento, los responsables de la Pastoral Juvenil
han escuchado a los jóvenes, han reflexionado juntos, han pensado,
se han preguntado muchas cosas. Y esa reflexión continúa. No
queremos apresurarnos y concluir fácilmente que se quedaron
únicamente por motivos económicos o familiares o por presiones de
cubanos residentes en el exterior. Queremos ir más a fondo.
Hace casi ya nueve años, en su carta El Amor todo lo espera,
nuestros obispos llamaron a todos los cubanos a preguntarse por
qué mucha gente quiere irse de Cuba. Escribieron: “Somos nosotros
los que tenemos que preguntarnos seriamente ¿por qué hay tantos
cubanos que quieren irse y se van de su Patria?, ¿por qué
renuncian algunos, dentro de su misma Patria, a su propia
ciudadanía para acogerse a una ciudadanía extranjera?, ¿por qué
profesionales, obreros, artistas, sacerdotes, deportistas,
militares o gente anónima y sencilla aprovechan cualquier salida
temporal, personal u oficial, para quedarse en el extranjero?, ¿por
qué el cubano se va de su tierra siendo tradicionalmente tan
‘casero’ que, durante la época colonial, no había para él castigo
más penoso que la deportación, el ‘indefinible disgusto’ como le
llama Martí, quien dijo también que ‘un hombre fuera de su Patria
es como un árbol en el mar’, y que ‘algo hay de buque náufrago en
toda casa extranjera’?
A estos jóvenes que decidieron quedarse, la Iglesia no los va a
considerar malos cristianos, malos cubanos, desertores o traidores.
Respetamos su decisión. Ellos siguen siendo para nosotros hijos
muy queridos, y mucho le agradeceremos siempre el dedicado trabajo
que hicieron en sus comunidades. La Iglesia no los condena, pero
tampoco los felicita por su decisión. Y les hace saber que lo que
hicieron, aun cuando consideraron que tenían razones para hacerlo,
no se hace y no se puede aplaudir. Debieron haber pensado en
muchas cosas más.
No todo ha sido lágrimas. Cuando los sacerdotes trabajábamos en la
selección de los 20 jóvenes que representarían a nuestra diócesis,
se escogió a una excelente persona quien, al comunicarle su
elección, respondió, con agradecimiento, que escogiéramos a otro
porque “yo estoy en el sorteo”. Tuvo mucha honestidad para consigo
y con la Iglesia. Porque esa persona es profesional de la medicina
y hubiera tenido en sus manos la extraordinaria posibilidad de no
tener que esperar varios años para cumplir su deseo.
Sobre lo sucedido debemos reflexionar nosotros y los que guían a
los jóvenes en nuestro país. ¿Será que no les estamos dando a
nuestros jóvenes todo lo que ellos realmente necesitan y desean?,
¿será que no les damos “alma”?, ¿somos como esos padres que se
preocupan únicamente de que su hijo estudie, se alimente y vista
bien y descuidan los otros aspectos de su formación?, ¿no
estaremos cometiendo el mismo error de aquel esposo que, por
comprarle muchos vestidos a su esposa, creía darle el amor que
ella necesitaba?
Quizás a estos 23 jóvenes debemos pedirles perdón por las veces
que se sintieron tratados por sus mayores como “medios básicos”,
obligados siempre a estar a su servicio, a cumplir órdenes, a
tener que estar “eternamente agradecidos” a todo lo que se hizo
por ellos. Tal vez a estos jóvenes los quisimos hacer “a nuestra
imagen y semejanza” y no supimos respetar su individualidad. En el
orden personal, mucho me ha cuestionado una frase pronunciada
entre los que regresaron: “por primera vez en mi vida me he
sentido tratado como persona”. Considero que la velada acusación
encerrada en la frase es también para mí.
Tenemos que oír a los jóvenes, dejar que expresen libremente sus
opiniones, sentarnos con ellos, valorar sus criterios. Debemos
buscar el “perder el tiempo” con ellos. Cada madre y padre, cada
maestro, cada sacerdote debe preguntarse cuántas horas dedica
semanalmente a escuchar a sus hijos, sus alumnos, sus jóvenes.
Muchas veces Monseñor Adolfo nos ha dicho que “la fuerza de los
jóvenes es la amistad”. Seamos, pues, amigos de nuestros muchachos
y muchachas. Y así, cuando acierten (o también cuando se
equivoquen) seremos los primeros a quienes ellos van a acudir en
busca de orientación, apoyo o consuelo.
Cuando visitó nuestra Patria, Juan Pablo II les abrió a ellos su
corazón en la misa de Camagüey, y los llamó a “construir una
sociedad nueva, donde los sueños más nobles no se frustren y donde
ustedes puedan ser los protagonistas de su historia”. La Iglesia
cubana no se dejará desanimar en su decisión de apostar por los
jóvenes.
El padre Willy Pino es de la diócesis de Camagüey.
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