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Los santos vivientes


Eduardo Barrios, SJ

 

Inconscientemente, los medios de comunicación hacen mucha promoción gratuita a políticos corruptos, a narcotraficantes, a delincuentes comunes y a toda clase de malhechores. Tales noticias pueden dar la impresión de que la maldad prevalece ampliamente en nuestro mundo.

El 1 de noviembre la Iglesia le hace promoción a la gente buena celebrando la Solemnidad de Todos los Santos.

Los Papas han beatificado y canonizado a numerosos fieles insignes. Pero la Iglesia sabe que muchos santos y santas han quedado en el anonimato. No todos los cristianos que practicaron las virtudes en grado heroico han encontrado sitio en el calendario cristiano. Los procesos de beatificación y canonización son largos, costosos y complejos.

Desde la Edad Media la Iglesia les hace justicia a los santos anónimos honrándolos al comienzo del onceno mes. Así se rinde homenaje a los innumerables discípulos de Cristo que vivieron y murieron santamente, pero que no han sido oficialmente declarados santos.

Cuando se recuerda a la gente buena del pasado, algunos se preguntan si todavía habrá santos en el momento presente.

Por supuesto que sí. Hay santos vivientes. Existe un ejército variopinto de personas santas en el que se encuentran representados los diferentes estados de vida, nacionalidades, ocupaciones, edades y género. Digámoslo con palabras del Apocalipsis; “Miré y vi una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de  toda nación, raza, pueblo y lengua” (Apoc. 7,9).

¿Hay modo de detectar a los santos vivientes?  No fácilmente, pues a ellos les gusta pasar por gente ordinaria. Además, son personas que también tienen defectos o limitaciones. Ciertas vidas de santos nos presentan una imagen distorsionada de ellos al narrar exclusivamente lo positivo de sus personalidades. Hay pocas verdaderas biografías de santos. La mayoría se ciñen a describir la santidad de una persona, dejando a un lado sus pecados y debilidades. Más que biografías, son hagiografías. Se caracterizan por un género literario prevalentemente encomiástico.

Una nota común a todos los santos es la humildad. Ellos hacen muchas cosas buenas sin que los demás lo notemos. No buscan llamar la atención. Con frecuencia, la presencia de los santos se siente más vivamente por su ausencia. Cuando llegan a faltar, entonces nos damos cuenta de su grandeza.

En el evangelio que se lee el 1 de noviembre en toda la Iglesia, se encuentran pistas para descubrir a los santos. Es la página de las bienaventuranzas. En ese texto, Jesús pinta un perfecto autorretrato espiritual. Sus más insignes discípulos también tienen esos mismos rasgos, aunque imperfectamente. Todas las personas santas se caracterizan por la pobreza espiritual, la mansedumbre, el hambre y la sed de justicia, la compasión, la promoción de la paz, la limpieza de corazón y la paciencia en las adversidades (Mateo 5, 1-12).

Todas las personas santas toman a Dios muy en serio. Viven en continua comunicación con Dios (por medio de la oración y el culto) y no dan paso importante en la vida sin cuestionarse sobre la voluntad de Dios. El amor vertical, es decir, el amor hacia Dios en grado sumo caracteriza a todo santo. Son personas de fe lúcida, firme esperanza y ardiente caridad.

También los santos toman en serio a sus semejantes. Cuando uno habla con una persona santa, siente que ella le presta atención total, que no escucha con atención dividida, sino como si uno fuese la única persona  en el mundo. Los santos escuchan, comprenden se compadecen y prestan ayuda. No hay santo que no haya hecho muchos favores a sus semejantes. Ellos saben salirse del camino para dar la mano a cualquier samaritano caído. Ellos logran vencer el egoísmo y pensar más en los demás que en sí mismos.

A los santos también les apasiona mucho la verdad. A veces incluso discuten acaloradamente en defensa de lo verdadero. Pero si  alguien les prueba que en un  punto se han equivocado, ellos son capaces de decir: “Es cierto, me equivoqué”.  Y también reconocen  que a veces se impacientan, y saben decir: “Perdóname   por haberte levantado la voz; perdí los estribos”.

Jamás se jactan de sus buenas obras como si de hazañas se tratasen. Tienen una conciencia muy viva del poder de la gracia divina. Cuando hacen  una obra buena, nunca rezan farisaicamente, diciento: “Señor, mira lo bueno que soy. Págame mi bondad con muchas bendiciones tuyas”. Dicen algo muy diferente: “Gracias, Señor, por haberme ayudado a realizar esta buena obra. Sin tu ayuda no lo habría podido hacer”.

Los santos se conocen, además, cuando las enfermedades u otros infortunios tocan a sus puertas. No se desesperan ni maldicen. Toman la adversidad como una oportunidad de compartir la cruz de Cristo. En vez de rebelarse, ofrecen sus sufrimientos  como un sacrificio por la salvación propia y de los demás.

El 1 de noviembre nos estimula a emular a los santos. Es un día para pedirle a Dios la gracia de vivir y morir de tal manera que un día también nosotros podamos ser recordados y venerados en esa  fecha.

 

El padre Eduardo M. Barrios, S.J. es sacerdote jesuita.