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Creo en la resurrección de los muertos
y la vida eterna

Adele González
Si
hay o no vida después de la muerte y si creemos o no en la
resurrección, son, sin lugar a dudas, temas de gran importancia
para todos los seres humanos, especialmente aquellos que nos
llamamos cristianos.
Personalmente he tenido la oportunidad de reflexionar sobre ellos
en mi propia vida. Mis padres fueron muy felices, pero
desafortunadamente mi papá murió cuando sólo llevaban 15 años de
casados. Mi mamá quedó viuda cuando mi hermano y yo éramos unos
adolescentes. Los años siguientes fueron una mezcla de mis
recuerdos de la bondad de mi papá, y de la figura casi mítica que
mi mamá me presentaba después de su muerte. Recuerdo sus palabras:
“¡Tu padre era el hombre más bueno del mundo y me adoraba. Nunca
podría querer a otro!”
El
tiempo de viudez de mi mamá hasta su muerte 31 años después,
estuvieron marcados por los recuerdos de aquel hombre tan especial
al que nunca podría olvidar. Cuando ella enfermó de cáncer hace
unos años, el proceso fue largo y doloroso. Muchas veces yo
trataba de animarla hablándole de la vida eterna con Dios y sus
seres queridos, sobre todo mi papá. Debo admitir que mis palabras
no procedían tanto de mi fe como de mi deseo de brindarle a mi
mamá alguna esperanza. Sin embargo, ella siempre contestaba:
“Bueno, eso dicen, pero en realidad nadie ha vuelto del otro lado
para contarnos nada.”
Esta frase resume la gran protesta que con frecuencia escucho: ¡En
realidad, no tenemos pruebas de la resurrección, ni de la de Jesús,
ni de la nuestra! ¿Cómo reconciliar esta duda con la centralidad
de la resurrección en nuestra fe cristiana? ¿Qué queremos decir
cuando confesamos cada domingo en el Credo que: “Creemos en la
resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”?
Si
examinamos la realidad de las primeras comunidades cristianas,
encontraremos que su fe estaba basada en la resurrección de Jesús.
El kerygma, o proclamación, era y es por definición un testimonio
a la resurrección, como nos dice San Pablo: “Yo les transmití, lo
que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados... y
que fue sepultado; que resucitó al tercer día según las Escrituras,
y que se apareció a Pedro y luego a los Doce. Después se apareció
a más de quinientos hermanos a la vez” (1 Corintios 15, 3-6). Sin
embargo, este evento central a nuestra fe, no puede ser probado
histórica o científicamente. La historia nos narra que hubo una
tumba vacía, pero no nos puede probar que Jesús resucitó. ¿Qué
sabemos entonces con certeza? ¿Qué nos puede ayudar hoy a cimentar
nuestra fe?
Hace aproximadamente 1,970 años, tres hombres murieron en la cruz
en la Palestina ocupada por el Imperio Romano. Estas ejecuciones
eran comunes en la época, se usaban para castigar a malhechores y
a cuantos amenazaban la paz romana. Estos son datos históricos
sobre lo que pasó en el monte Calvario. Sin embargo, los
seguidores de uno de estos convictos, convencidos de que éste
había resucitado, cambiaron radicalmente sus vidas. Los que antes
habían negado conocer a Jesús, comenzaron a proclamar su vida,
muerte y resurrección. Los cobardes se convirtieron en mártires;
los tímidos en líderes, y los pecadores en santos.
Con la fe en la resurrección, los primeros discípulos comenzaron a
recordar los eventos y las enseñanzas de Jesús desde una
perspectiva nueva: la vida humana de Jesús nos había revelado el
rostro de Dios: “El que me ve a mí, ve al Padre” (Juan 14,9). La
experiencia directa de Jesús vivo entre ellos, llevó a estos
primeros hombres y mujeres a convertirse en la fundación de la
comunidad de creyentes que hoy llamamos Iglesia. La fe de esta
Iglesia estaba centrada en la resurrección de Jesús, y esta
certeza inconmovible de que Jesús vivía entre ellos fue la que los
llevó a creer en la divinidad de Jesús, y dio pie a la doctrina de
la encarnación: “Al principio ya existía la Palabra... y la
Palabra era Dios... Todo fue hecho por ella... Y la Palabra se
hizo carne y habitó entre nosotros...” (Juan 1, 1-14).
Después de 21 siglos de historia de la Iglesia, seguimos
preguntándonos si la resurrección de Jesús fue real y si la
nuestra también lo será. Ante una pregunta similar, San Pablo
respondió: “Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los
muertos, ¿por qué algunos de ustedes andan diciendo que no hay
resurrección de los muertos? Si no hay resurrección de los muertos,
tampoco Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, tanto
mi anuncio como la fe de ustedes no tienen sentido” (1 Corintios
15, 12-14). Obviamente, aquellos primeros cristianos creían en la
resurrección de tal manera, que sus vidas tomaron sentido de
eternidad.
La
resurrección es un misterio. Pablo escribió que la semilla que se
siembra no es la planta tal como va a ser. De la misma manera, el
cuerpo que muere no es idéntico al que renacerá después (ver 1 Cor
15, 35-58). No sé cuál será la manera de la resurrección, y no
puedo dar pruebas científicas de la resurrección de Jesús. Pero
creo en el testimonio de los que me han precedido, y sobre todo,
creo en mi experiencia personal del Dios vivo. Creo que la
resurrección es la base de la comunión de los santos, y que por
tanto, la vida después de la muerte es también vida comunitaria.
Creo en un Dios que es Amor y que desea ser amado por nosotros, y
que no permitiría que la muerte fuera el fin de esta relación. Sin
esta fe, la vida del Jesús histórico sería un fracaso más en la
historia de la humanidad, y yo no puedo aceptar ésto. No puedo,
porque lo he sentido vivo en mí, en otros, y a mi alrededor.
Doy gracias a Dios, porque en medio de la locura que estamos
viviendo, de la violencia y los miedos, puedo mirar este universo
desde la perspectiva de Dios y con visión de eternidad. ¡Y no
tengo duda alguna de que en esa vida eterna, mis padres están
disfrutando una vez más del amor de Dios que los unió por 15 años
aquí en la tierra!
AdeleGonz@aol.com
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