El amigo de los inmigrantes mexicanos

El padre Pedro García junto a la escultura del Cristo Roto que le
sirve como recordatorio permanente del sufrimiento de los
inmigrantes mexicanos.
(Fotos: Brenda Tirado Torres/LVC)
Brenda Tirado Torres
La Voz Católica
NARANJA – Al
padre Pedro García, guía espiritual de los inmigrantes mexicanos
que trabajan en los campos sureños de Miami-Dade, se le acaba de
otorgar el premio Ohtli, que significa camino en lengua
náhuatl.
La labor del
sacerdote cubano en favor de estos trabajadores, la mayoría de los
cuales vive en condiciones infrahumanas, ha sido larga e
incansable. Como reconocimiento a esta ayuda a sus inmigrantes, el
gobierno de México le entregó el prestigioso premio, por medio de
la organización Comunidades Mexicanas en el Exterior. El premio es
otorgado anualmente a aquellas personas que han dedicado sus
esfuerzos a favor del bienestar de estos inmigrantes.
El padre García
es el administrador de la Misión Santa Ana, comunidad católica que
lleva 42 años atendiendo las necesidades de los trabajadores
migratorios. El sacerdote considera que, más que un reconocimiento
personal, debe ser un reconocimiento a la labor de la Iglesia.
“En todo ese
tiempo han pasado por aquí muchos sacerdotes, además de las
Misioneras Guadalupanas del Espíritu Santo, que llevan unas tres
décadas trabajando aquí”, expresa. “Toda su labor ha sido con
estas personas, los trabajadores migratorios del campo”.
La mayoría de los
inmigrantes mexicanos que llegan hasta los campos de Miami-Dade
han arriesgado su vida al cruzar la frontera con Estados Unidos.
Al igual que muchos inmigrantes de otros países, son muchos los
que no completan el viaje, ya sea porque son detenidos y devueltos
a México por el Servicio de Inmigración y Naturalización (SIN, o
la “migra”, como le llaman los inmigrantes), o porque la muerte
los intercepta primero.
Muchos llegan con
la idea de regresar a México. Vienen a los Estados Unidos con el
propósito de trabajar y ahorrar lo poco que ganan para poder
construir sus humildes casas en su país. La idea de regresar a
México provoca con frecuencia que les cueste trabajo echar raíces
aquí. Eso también dificulta el trabajo apostólico, porque viven de
manera provisional. Pero, últimamente, de acuerdo con el padre
García, son más los que se quedan. El sacerdote piensa que esto se
debe al trabajo que pasan para entrar al país, además de que sus
hijos van naciendo aquí.
Pero por otro
lado surgen problemas a consecuencia de la soledad que
experimentan.
“Muchos son
hombres solos, que dejan atrás a sus familias, y surge la
necesidad de hallar pareja, compañía”, explica. “Ese es un
problema grande, como también lo es el alcoholismo”.
En una de las
paredes de su oficina se destaca una impresionante escultura del
Cristo Roto, basada en la obra del mismo nombre escrita por el
padre jesuita Ramón Cue. Con sus rasgos grotescos y exagerados,
sin un brazo, sin una pierna, con el rostro desfigurado, le sirve
al padre García como constante recordatorio de aquellos a quienes
el Señor ha colocado en sus manos, a quienes acoge en la Misión.
“Ahí están”,
afirma casi en un suspiro, y procede a recitar lo que decía el
Cristo de la obra del padre Cue, “‘Eso es lo que quiero: que al
verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que
conviven contigo, rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin
brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies,
porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han
quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda.
”Estos
trabajadores inmigrantes son un Cristo verdaderamente roto y sin
rostro”, añade, “por el temor a que los vean ya que eso puede
representarles la deportación”.
De hecho, los
trabajadores hacían señas con silbidos y gestos para avisar a sus
compañeros cuando notaban que íbamos a fotografiarlos en las
cosechas o los viveros. Algunas de las madres que se reunieron
frente al salón parroquial con el propósito de obtener comida y
ropa para sus familias evadían cualquier intento de ser
entrevistadas y preguntaban con molestia por qué se les quería
fotografiar.
Una de ellas, a
quien sólo llamaremos Martina, para proteger su identidad, hacía
sólo tres meses que había llegado de Oaxaca con su esposo e hijos.
Habla más en lengua náhuatl que en español. Su esposo trabaja la
cosecha mientras ella atiende a su familia. Pero su corazón y sus
sueños están en su país.
“No quiero
quedarme aquí”, expresó con seguridad. Al preguntarle por qué,
movió su cabeza varias veces indicando que no. “Yo quiero regresar”,
insistió.
“Ellos viven en
un temor constante, casi no salen de los campos. Yo creo que al
único lugar donde vienen es a la iglesia”, explicó el padre
García.
La labor de la
Misión Santa Ana se extiende a tres de los campos en la zona: el
Sur de Miami-Dade, Redland y Everglades. Allí hay viviendas que se
alquilan a bajo costo, para las que pueden solicitar aquellos que
tienen al día sus papeles de inmigración. En cada uno de esos
campos existe una capilla. Se estima que la Misión atiende las
necesidades de unas 1,200 familias distribuidas en los tres campos.
Su trabajo sería
más difícil si no contara con la ayuda de Esther Garza, una joven
descendiente de mexicanos quien “es mi mano derecha y
prácticamente es voluntaria, pues su sueldo es mínimo debido a que
la Misión no puede pagar más”, dice el padre García. Ella es la
encargada de atender dos veces a la semana a los inmigrantes que
acuden en busca de ropa y alimentos, y el resto de la semana sale
a buscar los donativos en otras parroquias y lugares de
Miami-Dade. También cuenta con la ayuda de otros dos empleados que
le asisten con el cuidado de la rectoría y los terrenos, quienes
tampoco pueden trabajar a tiempo completo. Y para la formación y
catequesis, cuenta con la ayuda de las Misioneras Guadalupanas.
“Ellos todo lo
hacen por amor, no por otra cosa”, expresa el sacerdote.
Sobre los
salarios de los trabajadores inmigrantes, asegura que son “miserables”.
Casi todos trabajan en la agricultura y la mayor parte de lo que
se les paga es por rendimiento. No existe el salario mínimo. Por
ejemplo, la cubeta de tomates se paga a 25 o 30 centavos, informa
el sacerdote.
“Pasan el día
entero pizcando tomates, pizcando esto, pizcando lo otro para que
al final de la semana se hayan ganado $140 ó $150 a lo sumo.
Entonces, cuando llueve, ya no hay salario”, dice con indignación.
A veces no sólo
trabaja el esposo, sino también la esposa y los hijos. No les
exigen papeles porque les pagan al terminar la jornada. Esta
situación cambiaría si pudieran resolver su estado legal, afirma.
La situación de
los que trabajan en viveros no es menos explotadora. Si el
inmigrante trabaja transportando plantas a distintas ciudades a
través del Estado, debe salir a las dos de la madrugada y regresa
entre las cuatro y las seis de la tarde.
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“Como no tienen
papeles, se les paga $7 la hora, pero ese es un trabajo que un
camionero no hace por menos de $20 la hora”, explica el sacerdote.
“Y el día que no haya plantas para transportar, no se le paga.
Este es un problema muy serio”.
Algunos
inmigrantes trabajan para la industria de la construcción. Se les
paga un poco más que a los de la agricultura, pero aún sigue
siendo un sueldo de miseria. En ambas industrias, la mayoría de
los obreros inmigrantes carece de garantías adecuadas para su
cuidado médico en caso de accidente. En ocasiones, los enfermos se
ven en la necesidad de recurrir a abogados quienes “no cobran a
menos que se gane el caso” y, si lo ganan, se quedan con la mayor
parte de la compensación, impidiendo que los afectados puedan
cubrir los gastos de sus tratamientos.
Otro de los
problemas que enfrentan en la actualidad ha sido ocasionado por
los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Aquellos a
quienes se les van venciendo las licencias de conducir no pueden
renovarlas debido a las nuevas leyes aprobadas para la prevención
de más ataques.
“Si tienen algún
problemita, los agarran y, al no tener la licencia al día ni los
papeles, los deportan. ¡Estos no son terroristas!”, exclamó el
padre García.
Son tantas las
necesidades de la Misión Santa Ana que al sacerdote no le queda
otra alternativa que colocarse en manos de la providencia de Dios.
En la actualidad se necesita, entre otras cosas, una copiadora y
una máquina de fax. También desearía que algunos médicos,
particularmente pediatras, donaran un par de horas al mes para
atender a los inmigrantes en una clínica que cerró por falta de
doctores voluntarios. Está muy agradecido por los donativos de
ropa, pero desearía que los donativos de alimentos aumentaran.
A pesar de los
problemas, el padre García ha visto cómo sus fieles van
comprometiéndose más con la Misión. Gracias al Sistema Integral de
la Nueva Evangelización (SINE), ya cuenta con 16 comunidades de 8
a 10 personas cada una que visitan los hogares con el propósito de
invitar a la gente a participar en las pláticas y retiros.
“A pesar de la
inestabilidad, la evangelización se va logrando poco a poco”,
expresa. “Los que se van comprometiendo, lo hacen de verdad”.

Uno de tantos obreros mexicanos que trabajan en los viveros y
cosechas al sur del condado Miami-Dade.

Tres generaciones de inmigrantes mexicanas esperan por ayuda en
la Misión Santa Ana.
Para ayudar a la Misión puede
llamar al (305)258-3968 / (305)258-9682, o escribir a
smis82@aol.com
por correo electrónico.
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