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Ciudadanos de la casa de Dios


Dora Amador Morales

   

Participar como observadora durante todo un día en el complejo proceso de editar la carta pastoral conjunta de los obispos de México y de Estados Unidos sobre los inmigrantes, consistió para mí –una vez más– en ser testigo de cómo la Palabra de Dios ilumina y le da sentido a nuestra vida. También de cómo la Iglesia es fiel a la opción preferencial de Jesús por los pobres y los que sufren.

Los obispos se reunieron en Miami para darle los toques finales a este histórico documento en el cual han estado trabajando hace tiempo, y que se aprobará –esperamos– en la próxima reunión de obispos estadounidenses que se llevará a cabo del 11 al 14 de noviembre en Washington.

Fue una jornada larga, sin duda, pero fascinante. Porque el tema es de la mayor importancia, pero además me toca muy de cerca.

Después de dar la bienvenida, y una breve introducción a lo que se esperaba de la reunión, Monseñor Thomas G. Wenski, presidente del Comité de Migración de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, indicó que la corrección del texto se haría en dos grupos: en una mesa estarían los mexicanos, en la otra los estadounidenses. Yo decidí sentarme en ambas, mudándome de una a otra para observar su trabajo.

Y así fui presenciando la revisión definitiva de un documento eclesial sin precedentes que sale en defensa de los inmigrantes –principalmente mexicanos– de este país. Ese proceso conllevó eliminar palabras o párrafos, añadir frases o refrasear conceptos que dijeran exactamente lo que se quiere decir sin dejar lugar a equívocos; volver sobre las citas de los pasajes bíblicos, los textos eclesiales exactos, que justifican a plenitud lo que se quiere plantear a la luz de la Palabra de Dios y del magisterio de la Iglesia.

Yo sabía ya cuán presente estamos en el corazón de Dios los desterrados de este mundo: llamémonos exiliados, refugiados o inmigrantes. Sabía también cuánto dolor y desarraigo encierran esas palabras. Sé de la memoria tenaz que nos acompaña siempre, del gozo tremendo de celebrar nuestra cultura, la nuestra, que tiene cantos y banderas, acento inconfundible del habla, ritmo y comidas sabrosas como ninguna, y sobre todo: patrona, la Virgen, que con su abrazo maternal nos reúne siempre en cualquier lugar que estemos. Yo sé de cuánto trabajo mal remunerado, cuánto esfuerzo y oraciones por sobrevivir en tierra ajena hasta que un día, después de mucho sudor y lágrimas, la empezamos a sentir también nuestra.

 No olvido la marcante experiencia de Dios que tuve cuando por primera vez leí el llamado de Yahvé a Abrahán a la luz de mi propia vivencia. Esa fuente abrió mi sed de otras fuentes bíblicas acerca de la experiencia de exilio.

Todo esto venía a mi mente a medida que observaba y escuchaba a los obispos mexicanos, Mons. Renato León, presidente de la Conferencia de Obispos de México; Mons. Ricardo Watty, de la diócesis de Nuevo Laredo; Mons. Carlos Talavera, miembro de la Comisión Episcopal para la Pastoral de Movilidad Humana, y a sus asistentes, la hermana Maruja Padre Juan y el laico Víctor Carmona, citar los pasajes bíblicos con los cuales he rezado y reflexionado, a veces preguntándome por qué la condición de extranjero es tan esencial en el Antiguo y el Nuevo Testamento.

 Es un misterio para vivirlo, no para entenderlo. A nosotros sólo nos toca confiar en el amor de Dios, nuestro Padre. Pero hay otro llamado esencial, inconfundible, que Dios hace a través de toda la Sagrada Escritura: acoger con generosidad al extranjero.

Viendo y escuchando a los obispos mexicanos y estadounidenses trabajar juntos para defender los derechos de los inmigrantes, pidiendo su acogida en el país y en la Iglesia, y que se haga justicia, todo fundamentado en la Biblia, supe que Dios se hallaba presente en la redacción de esta carta pastoral.

Le doy gracias al Señor por ese intenso día en que, por primera vez, tuve en mis manos un documento que hilvanaba los más reveladores pasajes bíblicos acerca de la desesperada condición de los inmigrantes y el amor de Dios por ellos. Es un tesoro de sabiduría que todo hispano y todo cristiano debe leer, meditar y poner también en práctica cuando en su caminar se encuentre con otros inmigrantes.

He aquí una primicia de algunos textos bíblicos que aparecen en la carta pastoral que pronto se hará pública y se presentará en el Congreso para la lectura de los que hacen las leyes de este país.

Citas del Antiguo Testamento:

Llamado a Abrahán: “Yahvé dijo a Abrán: ‘Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré’” (Gn 12,1).

Generosidad de Abrahán ante el forastero: “Se le apareció Yahvé en la encina de mambré estando él sentado a la puerta de su tienda en lo más caluroso del día. Levantó los ojos y vio que había tres individuos parados a su lado. Inmediatamente acudió desde la puerta de la tienda a recibirlos, se postró en tierra y dijo: ‘Señor mío, si te he caído en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor. Que traigan un poco de agua, se lavan los pies y se recuestan bajo este árbol, que yo iré a traer un bocado de pan, y repondrán fuerzas. Luego pasarán adelante que, que para eso han acertado a pasar junto a este servidor de ustedes’. Dijeron ellos: ‘Hazlo como has dicho’” (Gn, 18, 1-5).

Huida a Egipto en hambruna: “También tomaron sus ganados y la hacienda lograda en Canaán, y fueron a Egipto Jacob y toda su descendencia con él”. (Gn 46, 6).

Leyes del espigamiento: “Cuando cosechen la mies de su tierra, no siegues hasta el mismo orillo de tu campo, ni espigues los restos de tu mies. No harás rebusco de tu viña, ni recogerás de tu huerto los frutos caídos; los dejarás para el pobre y el forastero. Yo, Yahvé, su Dios” (Lev 19, 9-10).

“Cada tres años apartarás todo el diezmo de tu cosecha de ese año y lo depositarás a tus puertas. Así, vendrán el levita, ya que él no tiene parte ni heredad contigo, el forastero, el huérfano y la viuda que viven en tus ciudades, y comerán y se hartarán, para que Yahvé tu Dios te bendiga en todas las obras que emprendas” (Deut 14, 28-29).

 

Citas del Nuevo Testamento:

 

Huida de Egipto: “Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y quédate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarlo’. El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y se quedó allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera lo dicho por el Señor por medio del profeta:

De Egipto llamé a mi hijo” (Mt 2, 13-15).

Juicio final: “Porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me acogieron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y acudieron a mí” (Mt 25, 35-36).

“Y el Rey les dirá: ‘En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron’” (Mt, 25, 40).

Envío de los apóstoles al mundo: “Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verlo le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo’” (Mt 28, 16-20).

Conciudadanos de una familia de Dios: “Vino a anunciar la paz: paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca. Por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ya no son extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también ustedes con ellos están siendo edificados, para ser morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2, 17-20).

Podríamos seguir citando la experiencia de Moisés; de José, el soñador, y sus hermanos; de Jeremías. Pero nos basta con éstas que aparecen en la carta pastoral.

Quedémonos con la maravillosa frase de San Pablo a los Efesios: “Ya no somos extranjeros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios”.

Estamos juntos en el camino de la esperanza.