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Josemaría Escrivá de Balaguer se dirige a una multitud en el Centro Deportivo Brafa, en Barcelona, España, en noviembre de 1972. (Foto de archivo)

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina hasta sus últimas consecuencias

CIUDAD DEL VATICANO – La canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer se convirtió el 7 de octubre en un auténtico acontecimiento de la Iglesia universal, respaldado por la presencia de representantes del episcopado de todo el mundo y de las congregaciones religiosas y nuevas realidades eclesiales.

En la celebración eucarística participaron 42 cardenales y 470 obispos procedentes de los cinco continentes. Pocos acontecimientos, ni siquiera un Sínodo mundial, pueden atraer al mismo tiempo a tantos representantes de la jerarquía eclesial.

En la plaza de San Pedro estaban también presentes los superiores generales de muchas órdenes y congregaciones religiosas, que de este modo quisieron manifestar la importancia de esta proclamación para la Iglesia universal.

Estaban también presentes los representantes de los nuevos carismas eclesiales, como los iniciadores del Camino Neotecumenal, Kiko Argüello y Carmen Hernández; el fundador del movimiento Regnum Christi y de los Legionarios de Cristo, el padre Marcial Maciel; el fundador de la Comunidad de San Egidio, Andrea Riccardi, y muchos otros.

Los peregrinos volvieron a llenar el  lunes 7 de octubre la plaza de San Pedro del Vaticano para celebrar con una Eucaristía de acción de gracias y un encuentro festivo con Juan Pablo II: la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.

El encuentro, en el que participaron 200 mil personas de unos 80  países, dio la oportunidad al Papa para recoger la herencia que ha dejado a los miembros del Opus Dei y a la Iglesia universal el nuevo santo.

Tras la celebración de la Eucaristía, presidida por el obispo Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, el Santo Padre llegó a la plaza a bordo de un coche descubierto, entre las ovaciones de los presentes, para trazar en cuatro idiomas el perfil del nuevo santo.

“En el fundador del Opus Dei destaca el amor por la voluntad de Dios –dijo el Papa–. Existe un criterio seguro de santidad: la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina hasta sus últimas consecuencias. El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros, a cada uno le confía una misión sobre la tierra. El santo no logra ni siquiera concebirse a sí mismo fuera del designio de Dios: vive sólo para realizarlo.

”San Josemaría –aseguró el Pontífice– fue escogido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario.

”De hecho, estaba convencido de que para quien vive desde una visión de fe todo ofrece una oportunidad de encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. Desde este punto de vista, la vida cotidiana revela una grandeza insospechada. La santidad se presenta verdaderamente al alcance de todos.

”Escrivá de Balaguer fue un santo de gran humanidad –siguió explicando el Pontífice en castellano–. Todos los que lo trataron, de cualquier cultura o condición social, lo sintieron como un padre, entregado totalmente al servicio de los demás, porque estaba convencido de que cada alma es un tesoro maravilloso; en efecto, cada hombre vale toda la Sangre de Cristo.

”Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla a través de las más diversas vicisitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de nosotros la respuesta del amor, añadió.

”La consideración de esta presencia paterna, que lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca se siente solo ni tiene miedo. En la Cruz –cuando se presenta– no ve un castigo sino una misión confiada por el mismo Señor. El cristiano es necesariamente optimista, porque sabe que es hijo de Dios en Cristo”, concluyó.

-ZENIT

La santificación del trabajo en la vida cotidiana

Javier Echevarría

Oficina de Prensa del Opus Dei

Para mí, éste es un momento de una emoción difícil de describir. Un momento que procuro aprovechar muy unido al Santo Padre, a mis hermanos en el episcopado y a toda la Iglesia. He tratado a Josemaría Escrivá durante 25 años. He visto su lucha por alcanzar la santidad en mil detalles de oración, de caridad y de alegría cristiana que se agolpan hoy en mi memoria. Me emociona contemplar que el Papa proclama santo a este hijo fidelísimo que se gastó generosamente sirviendo a la Iglesia y a las almas, y difundiendo por el mundo este amor a la Iglesia.

Canonizar equivale a declarar que la vida de una persona se ha ajustado al “canon” de Cristo. Soy testigo de que Josemaría Escrivá deseaba mirar a Cristo, buscarle, tratarle constantemente. Meditaba con frecuencia acerca de sus 30 años de Nazareth, tejidos de trabajo y de convivencia familiar.

El fundador del Opus Dei solía afirmar que el núcleo del mensaje que Dios había puesto en su alma era precisamente la santificación del trabajo y de la vida ordinaria. Pienso que el nuevo santo se dirige a los hombres y mujeres que trabajan, para manifestarles: alégrate, porque ahí –en el corazón de tus jornadas sin brillo– puedes descubrir a Jesucristo; en los días festivos y en los días laborables en los que no ocurre nada llamativo. Porque esa existencia corriente puede y debe estar llena de amor a Dios, que siempre nos sale al encuentro.

“Estas crisis mundiales son crisis de santos”, escribió Josemaría Escrivá. Pienso, en efecto, que los problemas actuales están reclamando cristianos coherentes, hombres y mujeres que santifiquen su profesión, que trabajen con espíritu de servicio para construir entre todos una sociedad digna del hombre, que es hijo de Dios. De los cristianos está esperando el mundo una auténtica revolución, una siembra de paz.

Todo este horizonte lleva consigo también una aventura: la aventura de convertirse, de amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas”, y al prójimo como a uno mismo, en el quehacer cotidiano.

Sabemos que hemos de cambiar un poco cada día, con una mudanza espiritual y humana que nos ponga en condiciones de responder mejor a la gracia de Dios y nos lleve también a aprender de quienes nos rodean. El nuevo santo insistía en que los cristianos vamos adelante con la fuerza de la gracia y con la fraternidad y el ejemplo de las personas con las que trabajamos, con las que convivimos. Por eso, con la certeza de que todos necesitamos la ayuda de los demás, acudiré a la intercesión de san Josemaría para pedir que todos experimentemos la alegría de seguir a Jesucristo en nuestro trabajo diario. Y rezaré para que los cristianos sepamos llevar la luz de Cristo a esta tierra nuestra tan necesitada de esperanza.

Javier Echevarría es prelado del Opus Dei.