Fundamentalismos religiosos
Casiano Floristán
Especial/La Voz Católica
El fundamentalismo religioso surgió en medios protestantes de
Estados Unidos a finales del siglo XIX, basado en una actitud
antimodernista y una interpretación literal de la Biblia.
Pretendía el retorno a los fundamentos inamovibles del
cristianismo, al creer que peligraban por la agresividad del
modernismo y liberalismo. Cobró un nuevo auge en los años setenta
del siglo XX, tiempos de secularización y de rápidos avances en la
interpretación bíblica. Actualmente cabe hablar de fundamentalismo
en todas las religiones de nuestro entorno: protestantismo,
anglicanismo, catolicismo, ortodoxia oriental, judaísmo e islam.
El fundamentalista cree que tiene en exclusiva la verdad religiosa.
Reivindica la autoridad de una sagrada tradición y sitúa
públicamente a la religión como centro de la política, el derecho,
la cultura y la ética. De ahí su actitud hostil o de oposición a
la modernidad secular, al creer que ésta socava los fundamentos de
la fe. Recordemos que la modernidad defiende las libertades
individuales, la emancipación humana de la tutela jurídica
religiosa, la soberanía procedente del pueblo, la igualdad entre
el hombre y la mujer, el derecho de todo ciudadano al voto y la
constitución estatal no confesional. El fundamentalista rechaza el
pluralismo político y religioso por su carácter relativizador y se
opone a la evolución biológica y al desarrollo histórico.
Obvio es decir que los fundamentos relacionados con la tierra,
familia, religión e historia son para todos indispensables.
Defender unos fundamentos no significa ser fundamentalista. Los
fundamentalismos religiosos surgen en tiempos de crisis
institucional, mutación de valores éticos, secularización radical
religiosa, críticas a la religión y cambios profundos en la
sociedad. No olvidemos que el ser humano es frágil y está
necesitado de seguridad. Pensemos además que la sociedad es
compleja y que todos buscamos claves sencillas de interpretación,
sin que a menudo las encontremos.
Los fundamentalistas, al apoyarse firmemente en las Escrituras
sagradas y defenderlas con ardor, toman al pie de la letra el
texto sagrado, al que consideran inmune a todo error. No admiten
ninguna hermenéutica o interpretación, a saber, rechazan los
métodos histórico-críticos, ya que, según ellos, ponen en peligro
las certezas religiosas bíblicas. Es decir, quedan anclados en una
actitud fijista, inamovible.
Les caracteriza una visión apocalíptica del mundo, al intuir que
ha crecido desorbitadamente el poder del ser humano en detrimento
del poder de Dios y, en consecuencia, juzgan que la sociedad
actual está desviada y corrompida. Por eso desean ingenuamente
volver hacia atrás, a una situación anterior, considerada ideal
por su estabilidad y firmeza, regida por la autoridad con mano
dura en lo doctrinal y lo disciplinario.
Lo más peligroso de los fundamentalistas es el rechazo de
cualquier opción divergente de la suya. De ahí su proclividad al
totalitarismo, con una dosis elevada de tradicionalismo,
autoritarismo y fanatismo. En una palabra, tienen espíritu
sectario y, con frecuencia, son intolerantes. Por estas razones
propenden al idealismo, les seduce el lenguaje radical y llevan
dentro, aunque inconscientemente, un escaso bagaje de comprensión.
El grupo sectario no admite ninguna novedad, interpretación o
reglas de funcionamiento. No hay que cambiar nada.
El fundamentalismo invadió hace años ciertos sectores de la
Iglesia Católica y de muchas Iglesias cristianas. Sin duda alguna,
el Vaticano II nos ha ayudado a superarlo al comprender mejor el
Evangelio, pedir perdón por las atrocidades cometidas con nuestros
adversarios –llamados a veces “inicuos enemigos”–, ver lo positivo
del mundo, aceptar el ecumenismo, dialogar con todos y tomar en
serio la fe y la caridad.
Recientemente nos asalta el fantasma de un nuevo fundamentalismo
religioso, al presenciar en algunos emigrantes musulmanes rasgos
de intolerancia. Admitamos honestamente que, por el contrario,
ellos ven en nosotros incomprensiones y rechazos. Necesitamos
conocer mejor el islam, cuyo centro es el Corán, como el pueblo es
para los judíos y Jesucristo para los cristianos. Bueno es
igualmente que los islámicos emigrantes conozcan mejor el
cristianismo en su vertiente católica.
Valoremos lo que tienen de positivo los musulmanes, como es su fe
en el Dios “clemente y misericordioso”, la oración diaria, la
hospitalidad, la generosidad, la vigencia del Ramadán. Hay, sin
embargo, otros aspectos que chocan con los derechos humanos y la
dignidad personal, como la autoinmolación personal terrorista, la
sumisión de la mujer al varón, los castigos y mutilaciones
corporales, la pena de muerte para los que critican el Corán y la
identidad entre religión y sociedad política.
Frente al fanatismo de algunos musulmanes, hay islámicos críticos
que defienden un Corán justamente interpretado, son partidarios de
un mayor reparto entre todos los “hermanos” de las riquezas del
petróleo árabe, se muestran tolerantes con los fieles de otras
religiones, defienden los derechos humanos y dialogan con el
pueblo judío en su contencioso palestino y con los occidentales de
herencia cultural cristiana. La esencia de las grandes religiones
no es la violencia sino la paz, una paz sin resentimientos y
opresiones. En una palabra, el fundamentalismo pervierte el rostro
verdadero de las religiones.
El padre Casiano Floristán es profesor de teología pastoral y de
eclesiología en la Universidad Pontificia de Salamanca; es también
profesor del SEPI en Miami. Fue consultor del Concilio Vaticano
II.
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