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El futuro del Concilio

A los 40 años del inicio del Vaticano II,
¿cuál es la herencia que nos queda?

Gianfranco Svidercoschi
Avvenire

El 11 de octubre de 1962 se inauguraba el Concilio Vaticano II. Cuarenta años después de aquel acontecimiento histórico para la Iglesia y para todo el mundo, ¿cuál es la herencia que nos queda? La de “un concilio que continúa”, responde el periodista Gianfranco Svidercoschi, vaticanista con experiencia que vivió de cerca aquellos años, autor de Crónica, balance, perspectivas del Vaticano II. El texto, cuya introducción ofrecemos de forma resumida, recorre todas las revoluciones de aquellas asambleas: desde la apertura ecuménica a las lenguas nacionales en la Liturgia, al redescubrimiento de la Biblia, a la promoción del laicado y al diálogo con las religiones.

La cuestión despuntaba de repente, de manera inesperada y sólo al final de las 80 páginas de la Carta apostólica Novo millennio ineunte: “En preparación al Gran Jubileo –escribía Juan Pablo II– he pedido a la Iglesia que se pregunte sobre la recepción del Concilio. ¿Se ha hecho?”

Pues sí, se ha hecho. ¿Y qué ha sido del Concilio Vaticano II, de aquel gran acontecimiento que ha marcado la vida de la Iglesia Católica en el siglo XX atravesándola como un potente soplo del Espíritu? El 11 de octubre de 2002 se cumplen 40 años del día de la solemne apertura, y parece, sin embargo, que haya pasado un siglo. También porque han desaparecido muchos de los protagonistas, testigos, de cuantos representaban la memoria viva, auténtica. Los creyentes, en la inmensa mayoría, han olvidado, o cuando menos tienen dificultad para recordarlo, bajo el peso de los acontecimientos que después se han sucedido, o por los ritmos de una historia que tiende hoy a cancelar rápidamente el pasado.

Y, mientras tanto, han crecido, al menos, dos nuevas generaciones que saben poco o nada del Concilio. No han vivido el trauma de ciertos cambios, como les sucedió a sus mayores, por ejemplo, cuando se pasó de la misa en latín a la misa en las lenguas nacionales. Y los jóvenes tampoco han vivido la experiencia apasionante de aquel nuevo inicio que el Vaticano II, gracias a la intuición profética del Papa Roncalli, significó para el catolicismo y para la acción evangelizadora.

La Iglesia volvió a tomar conciencia de la propia naturaleza y misión; revisó a fondo la pastoral. Reflexionó sobre las relaciones en su interior y con las otras Iglesias cristianas, con las otras religiones. Cambió su actitud hacia el mundo moderno, ya no juzgado con una hostilidad preconcebida, ya no condenado a priori, sino considerado ahora de modo cordial, como un interlocutor con el cual poder por fin dialogar.

Y entonces hay que preguntarse: ¿tienen hoy los católicos conciencia de todo esto? ¿Hasta qué punto lo viven en su cotidianeidad?

Las enseñanzas del Concilio han entrado progresivamente en la vida y en la actividad de la Iglesia, y han echado raíces en el terreno de las comunidades cristianas. A menudo, sin embargo, este proceso ha acontecido sólo a nivel institucional y en superficies; sin arraigar en las conciencias, en los corazones; sin traducirse en un real cambio de los métodos pastorales, de las estructuras; sin penetrar en esos sectores de la cultura laica, que, sin embargo, en el pasado habían mirado a la Iglesia con una cierta simpatía. Y, por lo tanto, se debería justamente concluir que la obra de actualización, si bien quedó fijada por el Concilio en las grandes líneas, ha quedado después incompleta.

Pero, ¿cómo ha podido suceder? Dígase sobre todo, como premisa, que los Concilios ecuménicos, para su ejecución, han necesitado siempre tiempos muy largos: como aconteció en particular después del Tridentino, para la reforma de los seminarios. Pero queda un hecho indiscutible que ha obstaculizado la realización del Vaticano II: los retrasos, las resistencias, las interpretaciones arbitrarias que se han dado y, como consecuencia, los conflictos que se han derivado en el mundo católico. Y, de todos modos, todo esto no puede explicar completamente por qué la renovación conciliar, entendida como una profunda transformación de la vida cristiana, ha sido hasta ahora recibida sólo muy parcialmente por la mayoría de los fieles.

En general, incluso cuando se ha conocido, el Concilio se ha convertido en costumbre, rutina. Hoy en muchas misas se advierte, claramente, una falta de lo sagrado, de simbolismo sacramental y, más aún, de participación. Como si la asamblea, en vez de celebrar el misterio de Dios, estuviese allí reunida para autocelebrarse.

Un lector de Familia cristiana, hace tiempo, expresaba con mucha franqueza el malestar que creyentes como él experimentaban al vivir la propia fe: “Esta Iglesia se nos muestra todavía muy parada, cargada de tantas cosas que la recargan y la envejecen, repetitiva hasta el aburrimiento acerca de la verdad que, en cambio, debería haber hecho entrar como Dios manda, con los modos debidos, en la cabeza de tanta gente y de los así llamados cristianos. Francamente, con 48 años de vida y después de casi 40 años de Concilio Vaticano II, me esperaba algo más”.

Palabras que estaban probablemente cargadas de mucho pesimismo; pero indicativas como nunca para poder imaginar la situación de cansancio en la que parece hallarse hoy el testimonio cristiano, o al menos el de no pocos católicos.

Se puede entender bien, pues, el motivo de las preocupaciones de Juan Pablo II. Y el porqué, en vista del Gran Jubileo, el Papa decidiera verificar cuál había sido la recepción del Concilio, y por lo tanto, solicitase de los católicos la verificación de que la enseñanza conciliar había sido traducida a la realidad eclesial, y lo que en cambio quedaba por llevar a cabo.

Por esto también es necesario volver al Concilio, como dijo el Papa en el Congreso mundial del laicado católico, en noviembre de 2000, volviendo a entregar simbólicamente los documentos del Vaticano II a algunos representantes de varios continentes. Ha llegado, pues, el momento de llevar finalmente a término la revolución conciliar. Y de cómo ésta penetre en la pastoral ordinaria, y sea vivida en lo concreto de las comunidades cristianas, dependerá la profundidad del cambio espiritual y moral que el Jubileo puso en marcha.

Para hacer esto, será necesario remontarse a los inicios del Vaticano II, y recorrer todo el camino, desde la fase preparatoria al desarrollo, hasta los años tumultuosos, encendidos, del post-concilio. Y después, será necesario recuperar los textos, uno por uno, estudiándolos en su génesis, y siguiéndolos en su desarrollo temático, en su aplicación concreta. En resumen, será necesario volver a leer el Concilio, y desde el inicio.

Releer el Concilio, para recordarlo a quien lo ha vivido. Para narrarlo a quien no estaba. Y, por lo tanto, para conocerlo en su espíritu auténtico. Para que entendamos el sentido, el alcance histórico, la influencia que ha tenido en el mundo cristiano, en la Humanidad. Y, en fin, para volver a empezar desde el Concilio. Para conocer su rumbo con la brújula –según la definición de Juan Pablo II– que oriente la Iglesia en su proyectarse proféticamente hacia adelante, como para un nuevo Adviento, hacia los desafíos –tan trágicos, tan terribles– del siglo XXI.

-Alfa y Omega