En
tierra de misión
La extraordinaria obra evangelizadora que realizan los misioneros
en los campos de Cuba

Cada sábado, el padre Luis Manenti, reza laudes con los niños de
la catequesis. El padre Mario celebra la misa en Vegas del Jobo,
entre las montañas de Guantánamo. (Fotos: Orlando Márquez)
Orlando Márquez
La Voz Católica
El 24 de enero de 1998, al final de la misa que presidió en la
Plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba, el Papa Juan Pablo II
creó la oncena Diócesis cubana: Santa Catalina de Ricci de
Guantánamo-Baracoa. Y nombró como Obispo del nuevo territorio
eclesial, separado de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba, a
Carlos Baladrón Valdés, por entonces Obispo Auxiliar de La Habana.
Sólo cuatro sacerdotes trabajaban en aquella zona, residentes en
las ciudades de Guantánamo y Baracoa. Insuficientes, claro está,
para una población de 520,000 habitantes en un territorio de 6,565
kilómetros cuadrados. Aunque las ciudades de Guantánamo y Baracoa
concentran el 60 por ciento de la población, más de 200,000
personas se hayan dispersas en las regiones montañosas, el 75 por
ciento del territorio.
Con una conformación más rural que urbana, Guantánamo-Baracoa
tiene características bien distintas a las otras diócesis,
incluido el territorio de Caimaneras, zona militar frente a la
Base Naval de Guantánamo, donde la Iglesia mantiene un templo. Aún
hoy es posible encontrar alguna persona en las montañas que
recuerda haber sido bautizada, o casada, por Monseñor Enrique
Pérez Serantes, el recordado Arzobispo de Santiago de Cuba
(1948-1968).
La Diócesis de Guantánamo-Baracoa tiene hoy seis parroquias
atendidas por 10 sacerdotes, casi todos extranjeros, incluyendo
uno que es cubano, pero incardinado en la Arquidiócesis de Miami.
A las cuatro religiosas claretianas que había antes de 1998, se
han unido cuatro Hijas de la Caridad y cuatro Misioneras de la
Caridad de la Madre Teresa de Calcuta. Todos ellos, junto al
Obispo que es bien conocido por su compromiso pastoral, y varios
laicos misioneros, se han empeñado en llevar la llama de la fe a
millares de hombres y mujeres que habitan una de las porciones más
desoladas del paisaje y la sociedad cubana actual.
Valga la experiencia de dos sacerdotes italianos, que llegaron a
la diócesis en 1999, para ejemplificar que Cuba es también tierra
de misión. Con Luis Manenti y Mario Massic, sacerdotes misioneros
de Bergamo, Italia, compartí horas maravillosas entre llanos y
montañas.
En San Antonio del Sur
Este viaje comenzó un viernes de Pascua. El Padre Luis Manenti me
recogió en el Obispado de Guantánamo. Era medianoche cuando
llegamos a San Antonio del Sur y lo único acertado que debíamos
hacer fue lo que hicimos: ir a la cama. Entre mosquitos y fallos
frecuentes del interruptor eléctrico se fueron las horas de
aquella noche. El cansancio por sueño no logrado se disipó al
salir fuera y ver, con la luz de la mañana, la hermosa capilla de
bajas paredes de madera y techo de guano dedicada a San Antonio
María Claret que, supe después, el mismo Padre Luis y varios
hombres del poblado de San Antonio levantaron en el patio de
aquella casa donde reside el misionero italiano.
Poco después llegaron varios niños y algunos adultos. Venían, como
cada sábado, a rezar laudes con el sacerdote. Entre ellos estaba
Ismaela del Toro, una anciana católica de 89 años que, mientras
vivió en Santiago pudo visitar un templo y recibir los sacramentos,
pero al trasladarse para San Antonio perdió el contacto con la
Iglesia. Ahora es distinto, me dice Ismaela, “nunca tuvimos un
templo hasta hace dos años, y ahora vivimos regocijados. Aquí se
hacían altares, se rezaba y se pedía a Dios, y se le daba gracias
por algo que nosotros habíamos pedido, pero al tener iglesia ¡esto
es muy grande!”.
Los niños me contaron que ya pueden recibir catequesis, también
los adolescentes y adultos. Con jóvenes es más difícil el trabajo
apostólico, pues muchos estudian en escuelas internas, lejos de la
casa, o buscan trabajo en otros lugares.
Nacer, crecer y vivir en una comunidad rural donde nunca hubo un
templo, donde los agentes eclesiales sólo podían acudir
esporádicamente, sin tener otro referente que el de las
instituciones y organizaciones estatales, modifica también la
actitud de las personas, es eso lo que ha encontrado el misionero
italiano. “Me gusta el carácter abierto de los cubanos”, lo que
“facilita conocer a las personas”, sin embargo “lo más difícil en
este sistema social es que la gente piensa que lo religioso es más
o menos otra organización. Al inicio creían que ser parte de la
Iglesia quería decir aprender un reglamento nuevo, aprender de
memoria la señal de la Cruz, el Padrenuestro, los Diez
Mandamientos, los Sacramentos, el Credo y punto, no otra
iniciativa. Recuerdo que, en una reunión muy abierta, me dijeron
que yo tenía que tener el permiso del Partido para cualquier otra
iniciativa, y fue bastante difícil hacerles entender que el
cristianismo no es un esquema social, no es una organización que
hace el hombre”.
Después de tres años los frutos comienzan a verse. En la
actualidad, además de la parroquia de San Antonio con sus fieles y
una catequesis de más de cien niños, el Padre Luis atiende otras
dieciocho comunidades en el territorio, las que visita cada 15
días, y mantiene contactos mensuales con los responsables de esa
comunidades, laicos que ponen sus casas al servicio de la Iglesia.
A una de esas comunidades de montaña, en una zona conocida como
“Ramón del Chote”, en Caujerí, acompañé al misionero italiano
aquella tarde de sábado. “El Chote”, como le llaman sus habitantes,
es un pequeño asentamiento de bohíos dispersos entre lomas. Sus
habitantes están curtidos por el sol y el trabajo del campo. Ellos
celebraron su primera Navidad cuando un día, por aquellas lomas,
apareció el Padre Luis.
Vilmary Paumier es la responsable de aquella comunidad. “Mi suegro
prestó la casa al padre para tener una casa de oración y esto para
nosotros ha tenido un significado muy importante, porque nos ha
permitido conocer la vida de nuestro Señor Jesucristo, y hemos
aprendido a vivir más la vida y nos sentimos alegres y contentos
por el trabajo que ha hecho el padre. Un fin de semana nos
reunimos los responsables allá abajo, en San Antonio; él imparte
las clases, después yo vengo y doy esas clases aquí arriba”.
Doce niños y catorce mayores se reúnen cada semana, leen la Biblia,
rezan y escuchan las charlas de Vilmary.
“La pasada Navidad –recuerda Vilmary– el padre nos dio un
“machito” [cerdo] y celebramos la Navidad y amanecimos aquí. Ahora
nosotros pensamos que él no nos puede dar un “machito”, porque él
no es rico, cada día vamos creando para hacer nosotros la
celebración”.
El padre Luis Manenti ha ayudado materialmente a muchas personas,
pero su principal riqueza sigue siendo su entrega día a día en
aquellos lugares aparentemente estériles. Mas la realidad ha dado
la razón al misionero, a todos los misioneros: todo espíritu
humano está sediento de Dios, no importa cuál sea su cultura, su
entorno social, o cuánto tiempo haya vivido sin rezar en la
soledad de una larga noche.
De Imías a Vegas del Jobo
El domingo siguiente, después de haber dormido en Imías, en la
costa sur de Guantánamo, acompañé a otro misionero italiano en
otra hermosa e intensa experiencia religiosa entre montañas. El
padre Luis Massic celebraría la misa dominical en las Vegas del
Jobo y le acompañaban –como cada fin de semana– el médico y
diácono Ecris Aladro Rodríguez, que bautizó ese día más de cien
personas, su esposa Eusebia Sánchez, y el joven chofer Rodolfo
Baños.
A las 7:00 am partimos de Imías, una hora y media de viaje nos
separaba de Vegas del Jobo. Después de recorrer parte del Circuito
Sur entramos en la Farola, serpenteante carretera que conduce a
Baracoa. Más tarde supe que, en ocasiones, los caminos se hacen
intransitables para el carro, por lo que el sacerdote tiene que
andar a pie durante dos o cuatro horas, para llegar, cada semana,
allí donde le esperan sus fieles, en Yacabo Arriba, Posadas…
Arnoldo Londres y Oneida Castro forman un matrimonio. Ellos
hicieron de su bohío la casa de oración de Vegas, aquel día
engalanado con flores y pencas de guano, con su pila bautismal de
piedras pintadas, y cada espacio y rincón ocupado por niños y
vecinos.
Cincuenta adultos y cuarenta y tres niños conforman esta comunidad,
que se reunió por primera vez en febrero de 2001. “Las cosas que
ha hecho el padre aquí son maravillosas”, dice Oneida. “Cuando nos
enteramos que en Ojo Arriba había llegado el padre, nosotros
estábamos desesperados por saber cómo funcionaba, y empezamos a
preguntar y fue cuando dimos con la verdad”. Arnoldo interviene
para decirme que lo hecho por el padre Luis es “maravilloso,
porque vino desde un país muy lejano para traernos el Evangelio a
este rincón de esta montaña, donde están llegando distintas sectas
religiosas, pero la religión que nos llamó a nosotros, la
acogedora, es la católica, la Iglesia que fundó Cristo”.
Todos estaban allí para bautizarse, niños, jóvenes, viejos.
También vinieron los de Yacabo Arriba. Breve fue la homilía, larga
fue la ceremonia del bautizo. Más de cien veces Ecris roció agua
bendita en las cabezas de aquellos cubanos –que se prepararon
durante un año–, mientras su esposa asentaba los nombres en la
libreta que llevaba previa muestra del Carné de Identidad.
Ese día Vegas del Jobo tuvo una fiesta distinta, como no hubo otra
antes ni habrá otra después: era la primera vez en su historia que
sus habitantes se reunían una mañana de domingo para recibir el
bautismo y convertirse en miembros de la Iglesia.
De regreso a Imías intento hablar con el padre Mario, pero él no
gusta hablar ante un grabador de periodista, por lo que Ecris,
Eusebia y Rodolfo aceptaron mi invitación. Ellos se han convertido
en misioneros auténticos, y dejan su casa en la ciudad de
Guantánamo cada fin de semana para acompañar al padre Mario en
Imías, y a cualquiera de las 36 comunidades que él atiende. “Hace
tres años el padre Mario trabaja aquí –cuenta Eusebia–, y nos
invitó en la primera Navidad que pasó en Cuba, a que lo
acompañáramos a hacer un concurso de Navidad. Desde ese momento
nos fuimos enrolando, cuando nos hemos dado cuenta ya estamos
dedicados a trabajar aquí, a pensar de lunes a jueves qué
traeremos el fin de semana, qué vamos a hacer, a qué lugares vamos
a ir, cómo va a ser la catequesis, y a veces a programar el
trabajo de dos o tres meses junto al padre Mario”.
El médico y diácono Ecris me dice que ha sido una “experiencia muy
rica poder llevar la Palabra de Dios a estas personas que no
conocían nada de Dios, absolutamente nada. Es un trabajo agotador
físicamente, pero uno tiene esa alegría profunda que nace de
saberse instrumento de Dios, y eso lleva a una vida de oración más
profunda para presentar el rostro de Jesús, no otro. Y uno de los
dones que con mayor fuerza pedimos a Dios es el don de la humildad,
para mostrar siempre respeto a estas personas”.
Pero estos misioneros no son los únicos. Los otros ocho sacerdotes
que prestan servicios en aquella diócesis trabajan en condiciones
similares.
Ellos no me pidieron que difundiera lo que hacen, pero siento que
mi deuda con la Iglesia es también dar a conocer el sencillo y
extraordinario trabajo que realizan un puñado de sacerdotes,
diáconos, religiosas y laicos en la Diócesis de Guantánamo-Baracoa,
haciendo en silencio nada más y nada menos que aquello que enseñó
Jesús en el Evangelio: “ir a todos los pueblos y hacer discípulos…”
¿Está cambiando Cuba? Así cambia Cuba, cuando cambian los cubanos
y abren su corazón a la Buena Noticia que les llega por el amor y
la entrega de los misioneros. Esa es una certeza.

Aquí, entrando en el bohío-casa de misión, donde se reúne la
comunidad de Vegas.
Orlando Márquez es el director de la revista ‘Palabra Nueva’, de
la Arquidiócesis de La Habana.
|