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Renacer a la fe

Padre Juan Sosa
Son muchos los ruidos que nos despiertan cada mañana y nos
despiden por la noche: el reloj, la vida rítmica de la familia con
sus quehaceres diarios, el automóvil, el trabajo, las relaciones
humanas a veces con sus gratificaciones y en otras ocasiones con
sus exigencias. A estos ruidos se unen la radio, la televisión, el
cine, la música, el teléfono de la casa y el celular, que no se
despega de nuestro vestuario, los beepers y el contacto con el
mundo del supermercado, las tiendas, los pagos y las noticias. Nos
falta escuchar a Dios. Si no tenemos espacio para nosotros mismos
ni para nuestros seres queridos a quienes vemos día tras día, ¿cómo
se puede crear un espacio para Dios, a quien sólo palpamos con los
ojos de la fe?
Tanto las liturgias dominicales como las diarias de las próximas
semanas nos invitan más que nunca a crear ese espacio íntimo en el
que nuestro corazón se pueda inyectar con el antídoto espiritual
de la Palabra de Dios, que anuncia la paz y la salvación para
curarnos de las ansiedades que nos provocan tantos ruidos. Estos
conceptos que aparentan ser “imprecisos” o “intangibles”, es decir,
abstractos, deben hacerse concretos y tangibles en nuestra vida.
De hecho, la paz y la salvación encuentran sentido y aplicación
solamente dentro del marco de la fe. Fuera de ella, aparecen como
términos idealistas que surgen exclusivamente de los textos
teológicos tradicionales o se enfatizan en el Catecismo de la
Iglesia. Los cristianos estamos llamados, sin embargo, a vivir la
teología, a poner en evidencia la paz y la salvación que
Jesucristo ha logrado para toda la humanidad por Su muerte y
resurrección. Una vez celebrado el misterio que Dios nos ha
regalado en Jesús, estamos llamados a compartirlo con todos.
El Anuncio de la Palabra

“Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes,
unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén,
diciendo: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues
vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo…’. Al
ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la
casa; vieron al niño con María, su madre y, postrándose, lo
adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones: oro,
incienso y mirra” (Mateo, 2, 1-11). (“La Adoración de los Magos”,
1915, Harry Siddons Mowbray (1858-1928). Smithsonian American
Art Museum, Washington, DC/Art Resources, NY.)
La paz sólo puede surgir en el corazón de aquellos que quieran
encontrarse con el Señor, anunciado por profetas y revelado en
Jesucristo. De hecho, la paz llega a ser consecuencia del tiempo y
el espacio que le brindamos a este encuentro en la oración privada
y en la oración pública de la Iglesia, es decir, la liturgia. La
salvación es el regalo de Jesús para aquellos que quieran
escucharle por encima de los ruidos que los agobian y celebrarla
junto con sus hermanos y hermanas en la fe constituidos como
Iglesia. Así lo destaca el Prefacio de la segunda Plegaria
Eucarística, oración que ofrece el sacerdote durante la Santa Misa
cuando se dirige al Padre:
“Por El, que es tu Palabra, hiciste todas las cosas;
tú nos lo enviaste para que, hecho hombre por obra
del Espíritu Santo y nacido de María la Virgen,
fuera nuestro Salvador y Redentor”.
Este regalo de la salvación que culmina en la vida eterna,
comienza en nuestro caminar diario. Un corazón que haya aprendido
a apagar los instrumentos que le dan paso a tantos ruidos humanos
es un corazón que quiere crearle un espacio a la Palabra de Dios
y, por lo tanto, a Su presencia salvífica.
El instrumento primordial y necesario para escuchar la Palabra es
la Iglesia, el Pueblo de Dios congregado. En la Iglesia escuchamos
la Palabra y nos comprometemos a vivirla en la sociedad. Sin
embargo, los que escuchan la Palabra y no permiten que su corazón
se transforme, viven perdiendo el tiempo. Los que escuchan la
Palabra y poco a poco van creciendo espiritualmente, dejando a un
lado las sombras que los atan a problemas, adicciones, o rencores,
para abrazarse a la luz del Salvador, aprenden a canalizar el
regalo de la fe por medio del servicio y dan gloria a Dios con la
autenticidad que refleja el siguiente texto de la segunda Plegaria
Eucarística sobre la Reconciliación:
“Te bendecimos por Jesucristo, tu Hijo, que ha venido en tu nombre.
El es la palabra que nos salva, la mano que tiendes al pecador, el
camino que nos conduce a la paz”.
Al escuchar la Palabra, nos disponemos a recibir el Sacramento, la
vida de Dios, que a través de signos humanos (el agua y el crisma
en el bautismo, el vino y el pan en la Eucaristía) y por la fuerza
del Espíritu Santo se hace presente entre nosotros para
comunicarnos la paz y la salvación. La Palabra que nos alienta e
ilumina y el Sacramento que nos transforma y fortalece nos llevan
a la acción y al servicio entre los más pobres y necesitados, los
preferidos de Jesús en el Evangelio. En medio de los múltiples
ruidos que a veces nos atolondran, reconocemos que tenemos que
vivir transformados por el Espíritu Santo para movernos de la
oración a la acción y de la acción a la oración. La tarea resulta
difícil. La Iglesia, sin embargo, como instrumento y signo de
Jesús en la historia, nos provee un marco que lo hace posible: el
Año Litúrgico que nos ayuda a emprender una jornada que nos
permite profundizar en el misterio gratuito de Jesucristo desde un
Adviento hasta el otro.
Tiempos Litúrgicos que nos ayudan a celebrar la Fe

“En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño
en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a
gritos: ‘Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu
seno… ¡Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le
fueron dichas de parte del Señor!’”
(Lc, 1, 41-45).
(“La Visitación”, 1588, de Jacopo Tintoretto, (1518-1594).
Scuola Grande di S. Rocco, Venecia. Scala/Art Resources, NY.)
La Palabra se resalta dentro de las celebraciones litúrgicas que
la Iglesia distribuye durante el año, que comienza con las
primeras vísperas del primer domingo de Adviento. Por cuatro
semanas, distribuido en lecturas que encierran la esperanza del
pueblo de Israel y que el nuevo pueblo de Dios asume, la Palabra
nos asegura que lo que Dios prometió se hizo realidad en Emmanuel,
el Esperado, el Mesías.
La temporada de Navidad prosigue a la de Adviento. Obviamente, el
tono de la celebración cambia de un pueblo que espera al Salvador
a un pueblo que celebra su llegada. En las narraciones de los
evangelios de Mateo y Lucas (capítulos 1 y 2), la Iglesia proclama
en la Palabra que Jesús nació pobre, de una virgen llamada María,
que lo vieron primero los humildes (los pastores) y después los
extranjeros (los Reyes). Jesús vino para todos y no para unos
pocos. Dios se hizo uno de nosotros en Jesús para redimir lo que
nosotros habíamos perdido por nuestra desobediencia y nuestro
egoísmo.
Este tiempo litúrgico señala el regalo que Dios es para los seres
humanos a través de las fiestas que prosiguen a la Navidad,
incluso las diarias. La alegría de Su llegada se sobrepone al
dolor que la propia humanidad siente ante la miseria y la guerra,
porque Su fuerza prevalece en medio de las persecuciones y los
sinsabores de la vida. Por ello, la liturgia de este tiempo mezcla
las alegrías y las penas de los seres humanos en sus fiestas
litúrgicas: el martirio de San Esteban, la fiesta de San Juan
Apóstol, los Santos Inocentes, la Sagrada Familia, y María, Madre
de Dios que se celebra también como día de la Paz al comienzo del
nuevo año..
El tercer momento importante en las semanas que se avecinan se
palpa durante la solemnidad de la Epifanía, los Reyes Magos,
tradicionalmente celebrada el seis de enero, solemnidad que la
Iglesia ha transferido para el domingo más cercano para que todos
sus fieles la celebren en el día más importante de la semana, el
día del Sol, el día de Jesús, el Señor Resucitado. En la Epifanía,
Jesús se hace regalo para toda la humanidad sin distinciones ni
prejuicios. Si en las imágenes de Belén descubrimos todas estas
narraciones a una vez, en la liturgia de la Iglesia – y sobre todo
– en la proclamación de la Palabra se descubre el misterio del
Verbo Encarnado y recibido por todos, distribuido en varias
semanas, para que podamos injertarnos mejor en su sentido y
aceptemos con más fuerza el desafío que cada celebración conlleva.
El ciclo NavidadEpifanía concluye litúrgicamente con la solemnidad
del Bautismo del Señor.
A través de estos tres tiempos de Adviento, Navidad y Epifanía la
Palabra nos invita primero a vivir con esperanza, en segundo lugar,
a darle espacio a Dios para que podamos recibir Su presencia como
un regalo inigualable e inapreciable que nos da la verdadera vida
que buscamos para ser felices, y, en tercer lugar, a recordar que
nuestra fe renace siempre por medio de los Sacramentos para que no
permanezca dormida o aturdida por los ruidos que nos agobian a
diario. Nuestro debe ser el esfuerzo de aprovechar estos tiempos
para encontrarnos auténtica y alegremente con el Señor.
Esperar, Aceptar y Renacer en Jesús en estos tiempos litúrgicos. ¡Qué
privilegio y cuánto desafío para hacer de la Palabra proclamada en
la Iglesia una realidad a través de nuestro servicio al prójimo!
Un regalo de Dios que no podemos ignorar. El verdadero regalo que
tantos necesitan recibir de nosotros por medio de nuestro
testimonio cristiano.
Párroco de la iglesia Santa Catalina de Siena en Miami, presidente
del Instituto Nacional Hispano de Liturgia de Estados Unidos y
asesor al Secretariado de Liturgia de la Conferencia Episcopal de
Estados Unidos.
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