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Un nuevo espíritu

Oswaldo Payá Sardiñas
Sirva este momento para la reflexión serena, que nos permita
redescubrir por encima de toda consideración a un hermano en cada
cubano, al prójimo. En definitiva, el mal mayor de este régimen ha
sido tratar, todo el tiempo, de enfrentar a Cuba contra Cuba.
Enfrentar entre sí a los viejos con los jóvenes, los de oriente y
los de occidente, a los negros y a los blancos, a los que tienen
mucho o algo y a los que tienen poco o nada, a los cubanos del
exilio con los que estamos en Cuba, a los que se van con los que
se quedan, a los creyentes y a los no creyentes, a los que son
llamados revolucionarios con los que son llamados
contrarrevolucionarios o gusanos, a los del campo y a los de la
ciudad. Ha querido también enfrentarnos al mundo.
Este régimen ha querido enfrentar a todo lo cubano contra sí mismo,
tal como si quisiera llevar al suicidio a nuestra nación, llevarla
a la dispersión o desintegración espiritual. Enfrenta mientras
trata de someter a todos, quita para no dar y da migajas para
humillar. Ofrece al pueblo como concesión, y exigiendo a cambio la
incondicionalidad al poder, sólo una ínfima parte de lo que
corresponde al pueblo por derecho, por ser quien trabaja, aporta y
crea. Mientras suprime los derechos y pretende ocupar todos los
espacios de la vida, confiscar el futuro, pretende ocupar el lugar
de Dios y ésa es su propia destrucción.
Enfrenta a los cubanos unos contra otros a nombre de la justicia
para imponer el privilegio despótico de unos pocos, en medio de la
pobreza y la exclusión de la mayoría de los cubanos. Y por
enfrentar, trata de enfrentar entre ellos, aunque no con total
éxito, a los cubanos que luchan por la libertad y por tanto contra
el orden de no derecho impuesto por el propio régimen. ¡Qué
paradoja! Pero la peor manera de enfrentar un problema es no
reconocer que existe.
Para enfrentar y sembrar divisiones tanto dentro de Cuba como en
la diáspora, como entre estos dos componentes de la lucha por la
democracia, se valen de la desinformación, de las dificultades de
comunicación, también de las rivalidades, las envidias, la falta
de flexibilidad y tolerancia, las vanidades y desconfianzas.
También de las pasiones y de la tendencia, a veces exagerada, de
actuar como si la libertad de Cuba dependiera de una sola
agrupación y de cada palabra y cada gesto. Es preocupante ver cómo
gran parte de la energía, los recursos, las palabras, la
propaganda es absorbida por esta lucha fratricida. En algunos
casos llega a desplazar el contenido de la lucha por la libertad y
anular el efecto de las acciones de solidaridad. También sabemos
que la imagen es parte de la realidad y es alarmante cómo la
propaganda del régimen y sus desinformaciones se alimentan con
estas actitudes que no representan el sentir de la mayoría de los
luchadores por la democracia dentro y fuera de Cuba.
Si no podemos evitar que el régimen use medios y personas que
tienen por misión expresa dividir y sembrar la división, ya sea
que estén vinculadas formalmente a sus cuerpos represivos o por
otras motivaciones, es igual, sí podemos neutralizarlas con la
coherencia, con los valores y sentimientos patrióticos que nos
animan en esta lucha.
Si decimos todo esto no es para desatar acusaciones,
calificaciones, clasificaciones y señalamientos, sino para sugerir
que todos reflexionemos, escuchemos al otro y descubramos lo que
podemos superar en nosotros mismos para superar lo que nos
dispersa y buscar la integración de voluntades y esfuerzos en la
diversidad, pero unidos en el propósito de lograr los cambios
pacíficos para Cuba.
Los medios no pueden negar los valores cristianos de la meta de
liberación y reconciliación que nos proponemos. El fin no
justifica los medios. Decimos esto ahora con confianza y humildad
porque éste es un momento en el cual el amor a Cuba y a la causa
de su libertad está impulsándonos dentro y fuera de Cuba no sólo a
una convergencia, sino a una auténtica unidad, que va más allá de
alianzas y bloques que se pueden deshacer. Es un nuevo espíritu
que hace renacer la esperanza del pueblo que ve que hemos
comenzado a caminar juntos. No decimos a nadie “únete a nosotros’’.
Decimos a todos: “vamos todos unidos, todos los cubanos sin
exclusiones’’.
La imagen, la influencia, la posición, las figuras y los recursos
de las agrupaciones que luchan pacíficamente por la democracia,
dentro y fuera de Cuba, están en función de esta meta liberadora y
no de otros intereses, porque sería convertir el medio en fin. El
régimen ha puesto el poder de un hombre y los intereses de un
pequeño grupo por encima de los intereses de la patria y esto
causa graves daños y sufrimientos al pueblo.
Cada cubano que firma el Proyecto Varela lo hace porque piensa
primero en la patria, en sus hijos, que en sus intereses. Es el
amor a su pueblo y la fe, los que le permiten superar el miedo y
liberarse en una actitud solidaria, en un nuevo espíritu.
Cada cubano dentro y fuera de Cuba que apoya esta campaña por el
referendo, participa ya en el proceso de liberación. No es el
proyecto lo que nos dará la libertad; el proyecto es sólo un medio,
pero ya es el camino que el pueblo comenzó a recorrer y no lo
abandonaremos hasta lograr la meta de la libertad. No es el
proyecto, es el amor y el valor de los cubanos que lo protagonizan
lo que libera a Cuba. Eso es lo que las instituciones, parlamentos
y personas de buena voluntad en el mundo saludan y premian,
enviando así un mensaje de solidaridad.
Si la opresión llegó dividiendo y enfrentando, si la fuerza que
somete es la que dispersa, el amor que une es la fuerza que libera.
El camino a la libertad de Cuba llega primero a la reconciliación
entre los cubanos, ésa será la primera victoria nacional contra la
opresión; y sin hacer parada llegaremos enseguida a la libertad y
la democracia, donde no habrá vencidos porque será la victoria de
todos los cubanos.
Dios bendiga al pueblo de Cuba y viva Cuba libre.
Presidente del Movimiento Cristiano Liberación; gestor del
Proyecto Varela; premio Averell Harriman Democracy del Instituto
Nacional Democrático, en Washington DC; y premio Andrei Sajarov,
del Parlamento Europeo.

En representación del Instituto Nacional Demócrata, Gerardo
Lechevalier hace entrega del premio Harriman –que se le otorgó a
Oswaldo Payá Sardiñas– a Monseñor Emilio Vallina y al reverendo
Agustín Añorga. A la izquierda de Lechevalier se halla Francisco
de Armas, quien leyó en el Centro Varela un comunicado que Payá
envió desde La Habana. (Foto: Dora Amador Morales)
Mensaje de Oswaldo Payá Sardiñas a los cubanos de la diáspora en
ocasión de la entrega
del premio Democracia
Me dirijo a ustedes sabiendo que ahí estoy hablando con todos
nuestros hermanos de la diáspora, cualquiera sean sus formas de
pensar.
Desde que me anunciaron la decisión de entregarme el premio
Harriman que otorga el Instituto Nacional Demócrata, sabía que era
muy difícil que el gobierno cubano me permitiera ir a Washington
para recibirlo, pero también pensé que eso no impediría que
llegara al pueblo de Cuba, a quien pertenece. Algún día será
traído a nuestra patria, pero mientras tanto ya debe estar en
manos de nuestro pueblo. Por eso he decidido que sea entregado a
nuestra diáspora y recibido por ustedes, sus guías espirituales,
en representación de todos los cubanos que peregrinan por el mundo
con la esperanza de que Cuba será libre pronto. Este y cualquier
premio o reconocimiento a todos los cubanos sin exclusión.
Los que dentro de Cuba o desde fuera luchamos pacíficamente por la
libertad y la justicia, lo recibimos con la mirada puesta en el
difícil camino que aún nos queda por recorrer para lograr esas
metas, pero con la confianza en Dios, Señor de la historia, que
nos ha sostenido siempre en medio de todas las persecuciones.
En este estado de la Florida, donde han llegado cientos de miles
de cubanos y han encontrado techo, trabajo, oportunidades y más
que eso respeto a su dignidad, queremos hoy dar nuestra gratitud
al pueblo de Estados Unidos, que acoge a tantos de nuestros
hermanos que huyen de la opresión en Cuba. Hoy, en este rincón
donde tantos cubanos vienen a orar y a mirar al mar en dirección a
su tierra querida, también damos las gracias al Instituto Nacional
Demócrata, que expresando el espíritu solidario del pueblo de
Estados Unidos, nos dan este apoyo moral.
Ustedes acogieron este día, 29 de octubre, para recibir a nombre
del pueblo cubano este premio. Esta es la fecha en que nació mi
madre, ustedes no lo sabían. Creo que ella también merece
compartir este homenaje, ahora que está en presencia del Señor, no
sólo por ser mi madre, sino porque sufrió durante décadas la
opresión en contra de ella, de su familia y de todos sus hijos. En
sus últimos días de vida enferma gravemente, Fidel Castro le
prohibió a sus hijos entrar a Cuba para que no los pudiera ver
antes de morir. La recuerdo especialmente en una noche de abril de
1961 con sus hijos, arrodillada en el piso de la sala y mirando
tras una cortina a los milicianos que, junto a una gran turba,
frente a mi casa con altavoces y con piedras en las manos, nos
amenazaban con arrastrarnos por las calles, y mencionando el
número de mi casa gritaban: ¡paredón!
A mi madre y a mi padre y sin exclusiones, a todas las madres y
padres cubanos vivos y muertos, que han sufrido y sufren todavía
por la prisión de sus hijos, por su persecución, por su destierro
y por su martirio, ofrezcamos este reconocimiento.
Gracias, y custodien este premio de nombre Democracia, sabiendo
que el premio mayor, que es el de la libertad y la democracia para
Cuba, lo alcanzará muy pronto nuestro pueblo.
Texto leído por Francisco de Armas en representación de Oswaldo
Payá.
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