|
Señora de la Espera

Rogelio Zelada

En María se cumple a
plenitud lo anunciado por los profetas y es ella la que, con su
‘hágase’, abre el Nuevo Testamento, del cual es la primera
figura.
(“La Santísima Virgen María”, de Salvatore Dimech, siglo XIX.
Basílica de la Asunción, en Malta. Foto: Janusz Rosikon)
Muy vieja es la afirmación de que en la Iglesia todo lo que es
importante para la fe, se convierte en oración y celebración
litúrgica.
Dicho en buen latín: Lex orandi, lex credendi.
No ha habido acontecimiento que afecte a la fe de la Iglesia, que
la Santa Madre no haya ofrecido a la memoria y al culto de los
fieles, enmarcándolo en el solemne espacio de la sagrada liturgia.
Los primeros años de la aventura evangélica llevó a los seguidores
del Camino de Jesús a la novedosa tarea de inculturar el mensaje
vital del Maestro traduciéndolo en formas de comunicación y
lenguaje que históricamente fueron fuente de muchas tensiones y
equívocos teológicos.
Para expresar la naturaleza extraordinaria del acontecimiento de
la Encarnación del Verbo Eterno de Dios, los incipientes teólogos
y catequistas de los primeros siglos de la Era Cristiana
recurrieron a imágenes y términos que resultaron de imprecisa
lectura. No se había desarrollado todavía un lenguaje teológico
que de común acuerdo sirviera para que la cristiandad pudiera
entenderse claramente entre sí, como el que llegó a fijarse
gracias a la labor de los seis primeros concilios ecuménicos,
especialmente en los de Nicea, Efeso y Constantinopla.
La gran asamblea de Nicea, el primer Concilio “de toda la tierra
caminada” convocó a los grandes obispos de la Iglesia, muchos de
ellos auténticos confesores de la fe, sobrevivientes de las
torturas y cárceles de las útimas persecusiones del Imperio
Romano.
Los padres conciliares definieron la plena humanidad y divinidad
de Cristo: totalmente Dios y hombre verdadero. Así dieron precisa
claridad al Símbolo de los apóstoles ampliándolo en el Credo
nicenoconstantinopolitano (que proclamamos cada domingo y
solemnidad de la Iglesia) y cuya verdad central es la afirmación
de que, sin lugar a dudas, Dios asumió totalmente nuestra misma
condición humana.
Para llevar a la liturgia este artículo de fe fundamental, la
Iglesia escogió inteligentemente una coyuntura pastoral que sirvió
a su propósito de evangelizar el tiempo y la fiesta de aquellos a
los que quería y debía anunciar la Buena Nueva. Así, en el
occidente romano, la fiesta de la Humanidad del Verbo se
transculturó celebrativamente para competir con la antiquísima
tradición pagana del nacimiento del Sol Invencible, que coincidía
con el solsticio invernal (solsticio, sol detenido) el 25 de
diciembre.
Por su parte, el mundo oriental cristiano (Alejandría) colocó la
celebración litúrgica del nacimiento de Cristo frente a la del
dios Aión, una divinidad solar que visitaba la Tierra cada seis de
enero. Los muy populares cultos solares de la antigüedad pagana
sirvieron de introducción pedagógica para que los nuevos
cristianos, antiguos adoradores del sol, reconocieran a Cristo
como el verdadero y único sol de justicia que ilumina con su
verdad a todo hombre o mujer que viene a este mundo.
Junto a Cristo, y como vehículo perfecto de su entrada en la raza
humana, María fue cada vez más objeto de veneración y profunda
reflexión teológica por su especialísimo papel en el
acontecimiento de la Encarnación.
La fiesta del nacimiento de Cristo según la carne fue colocando a
María cada vez con mayor precisión y detalle dentro de la liturgia
y del ciclo de fiestas de la natividad.
El Adviento, nombre que evocaba a unos el recuerdo de los trabajos
y los gozos por la visita de un emperador a su ciudad y a otros la
llegada de un dios a su santuario, fue estructurándose como
preparación y avenida hacia la “Nativitas” y se organizó en cuatro
semanas de oración, ayuno y meditación intensamente progresivas.
El Adviento nos conduce suavemente a través de temas, símbolos y
figuras bien definidos. El mismo número cuatro ya indica idea de
totalidad y nos remite a la creación. El tiempo y el espacio
creados por Dios para nosotros corren por cuatro estaciones y
cuatro puntos cardinales.
El hilo conductor del Adviento es la espera. Israel como pueblo de
la espera, el pequeño resto fiel al Señor, abierto a las promesas
de su Dios, capaz de esperar contra toda esperanza, es la imagen
que late humildemente en el primer domingo y en la primera vela
morada de la corona de Adviento.
La segunda figura que la liturgia alza ante nosotros es la voz de
los profetas, anunciadores de esta promesa de salvación,
vislumbradores de cielos y tierras anegados de leche y miel, de
felicidad para los pobres y abandonados de la tierra, acogidos en
el regazo materno del amor del Padre.
Isaías es, en esta línea, la gran llamada a la confianza de que lo
anunciado se cumplirá.
La tercera semana de Adviento hace resonar con firmeza la voz de
Juan el Bautista, austero precursor de la inmediatez de la
salvación, como un grito urgente en la soledad del arenal y como
una vuelta al amor primero del pueblo de Dios en el desierto. Juan
es el último de los profetas y el broche que cierra el Antiguo
Testamento. Desde el contexto del contenido de las tres primeras
semanas de Adviento, la figura de María aparece como la síntesis y
personificación perfecta del Israel de Dios, porque ella esperó y
creyó como nadie (Lc 1,45). En ella se cumple a plenitud lo
anunciado por los profetas y es ella la que, con su “hágase”, abre
el Nuevo Testamento del cual es la primera figura.
La Iglesia, al presentarnos a María, nos invita a seguir e imitar
su fe profunda y transformante, y a festejar su dicha como mujer
de fe excepcional: “por haber creído que de cualquier manera se
cumplirán las promesas del Señor”.
Adviento es el tiempo mariano por excelencia (mucho más que el mes
de mayo). Especialmente en los textos litúrgicos del 17 al 24 de
diciembre, donde la Virgen Madre es la protagonista por excelencia
de la espera del Salvador y Mesías. En este contexto las fiestas
marianas del 8 de diciembre, la Inmaculada Concepción, y el 12 del
mismo mes, Nuestra Señora de Guadalupe, encajan providencialmente
en el espíritu del tiempo litúrgico. La Inmaculada Concepción de
María es un valioso componente del verdadero Adviento y el anuncio
de la proximidad de la salvación. La fiesta de la Concepción de
María en el vientre de Ana, nos habla ya de la proximidad de la
hora y el tiempo del Mesías. La Inmaculada Concepción es la fiesta
del “comienzo” así como la Asunción de María es la del “final” que
lleva al gozo total de la gloria de la Madre del Señor.
La prodigiosa impresión de la imagen de María de Guadalupe en el
ayate del indígena Juan Diego fue el acontecimiento privilegiado
que sirvió para llevar a los pueblos del valle de México a la fe
en el “verdadero Dios por quien se vive” y del que la Virgen fue
su mejor misionera.
El nacimiento de la evangelización en América tuvo en el prodigio
del Tepeyac el mejor signo y un extraordinario motor; Nuestra
Señora de Guadalupe, la verdadera aurora del quinto sol que
esperaban los mexicanos. Ella, la Virgen Madre, la doncella
embarazada, que dará a la luz de la fe al Señor, encaja
perfectamente en el sentido mismo del adviento, como imagen de la
esperanza de todos los pueblos de América que reconocen en ella a
la madre que convoca a sus hijos para mostrarles su amor y
compasión.
Así lo entendieron desde antiguo los padres de la Iglesia. Uno de
ellos, Orígenes, al comentar el evangelio de Juan, al que
considera el de más alta cristología, nos dice que “nadie puede
comprender el sentido de este evangelio, si no ha reclinado como
Juan su cabeza sobre el pecho de Jesús, y no ha recibido de El a
María como madre. De la misma manera debería llegar a ser quien
quiera ser otro Juan, para que Jesús pueda declarar que también es
Jesús”.
En efecto, ninguno otro es hijo de María más que Jesús, y Jesús
dice a su Madre: “Ahí tienes a tu hijo”, como si dijese: “He aquí
que éste es Jesús, al que tú has dado a luz”.
Según Orígenes, Cristo nos convierte en otro Jesús al pie de la
cruz, ya que así como El es el único hijo de María, nos hace
semejantes a El.
Profesor de Ministerios Laicos; enseña liturgia en la Universidad
Católica de América, en Washington, y Sagrada Escritura en el
Seminario Saint John Vianney, en Miami.
|