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Adviento: Tiempo de vigilancia y espera
 


Monseñor Siro González

Estar a la escucha y a la espera de lo nuevo, de lo que ha de venir, es ya preparar su llegada, es anticipar el futuro, comenzar a vivirlo ya en el presente. Esperar es tener inquieto el corazón. Es tener la certeza de que la persona que queremos y está lejos, va a venir. Es anticipar su llegada, vivir ya su presencia.

El retorno de Cristo es imprevisible, como la llegada del ladrón en la noche (Mt 24,43), como la del amo que vuelve a casa por la noche sin avisar a sus criados (MC 13-35), como vino el diluvio en tiempo de Noe y sorprendió a los hombres (Mat 24-38); su venida será repentina y sorprenderá a todos, distraídos en sus quehaceres. El momento es totalmente desconocido: “Nadie lo sabe, ni los ángeles... ni el Hijo, sólo el Padre” (Mt 24-36).

Por tanto se impone al cristiano una actitud perenne de vigilia y de expectación para no verse sorprendido. Pero esta vigilia no es tanto la privación voluntaria del sueño material, cuanto una actitud interna de despego de los placeres, del egoísmo, de los bienes mundanos, de todo aquello que puede apartarnos de Cristo.

Los primeros cristianos eran muy sensibles a ésta última venida de Jesús; la esperaban continuamente; vivían en la tensión expectante del retorno definitivo de Cristo y por eso estaban atentos a cumplir en todo su voluntad y a que el Señor les encontrara preparados para entrar con El al banquete de bodas. Más tarde, viendo que el Señor tardaba, los cristianos decayeron en su fervor, se durmieron y volvieron a hundirse en los excesos y tinieblas de la noche.

Nosotros seguimos sumergidos también en esa noche de la indiferencia, de la negligencia, del olvido del retorno de Cristo; y no admitimos que el Señor puede llegar cualquier día, en cualquier momento, para cada uno de nosotros y en múltiples formas, como ocurrió con el 11 de septiembre inesperado y terrible.

Pensamos y vivimos como si la vida futura no tuviese nada que ver con la eterna. Muchas veces nuestra vida se encuentra dividida: la de los momentos piadosos, sin que éstos nos impulsen a transformarla, y la del mundo, con un sentido de mayor justicia y amor. A estos les recuerda el Concilio Vaticano II.

“Se equivocan los cristianos que bajo pretexto de que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que los obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas, según la vocación personal de     cada uno.

Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época” (G.S. 43).

El Adviento es también tiempo de esperanza. Nuestro tiempo es tiempo de lucha y esperanza. Todo lo esperamos del futuro. El futuro nos fascina, nos atrae. Estamos abiertos al futuro. Esperamos terminar nuestros estudios.... esperamos ser mayores... esperamos encontrar un trabajo o una vocación que nos llene y nos haga felices... esperamos vivir mejor.. esperamos....

Pero el camino es largo y duro; sobre nosotros pesa la monotonía de los días, el trabajo, la fatiga. Nos sentimos a veces agotados, abatidos y hasta desesperanzados. Entonces soñamos, construimos un mundo a nuestra medida. Desearíamos que el futuro llegase con facilidad y rapidez.

Y nos preguntamos: ¿es tan duro para todos?.

El futuro no viene por sí solo. Es fruto de lucha y trabajo constantes.

 Nuestro futuro comienza ya ahora, lo construimos con nuestro presente, pero aún no lo conocemos. ¡Cuánta sorpresa, cuanta novedad encontramos a diario en nuestra vida!

 Esta novedad nos atrae, nos empuja, mantiene nuestro interés, alimenta nuestra esperanza.

 Al despedirse de Cuba en su Visita de enero de 1998, nos dijo el Papa Juan Pablo II:

 “Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres”.

 “Yo quiero expresar mis votos porque ésta lluvia que está cayendo, sea un signo bueno de un nuevo adviento de vuestra historia”.

Queridos hermanos: Que este Adviento del 2003 sea un signo de vigilancia y de espera para todos los hombres de buena voluntad y especialmente para los cubanos que no nos cansamos de esperar “un cielo  nuevo y una tierra nueva”.

Obispo de Pinar del Río, Cuba.