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El árbol y el belén

“La Natividad”. Fra
Angelico, siglo XIV.
Casiano Floristán
Especial/La Voz Católica
Los símbolos religiosos más representativos de la Navidad son el
árbol, propio de la austera cultura protestante del norte de
Europa, y el belén, típico de la cosmovisión católica barroca de
los países al sur del viejo continente. La disputa europea,
representada por el conflicto entre estos dos símbolos, ha durado
varios siglos, teñidos de discusiones teológicas entre la Reforma
y la Contrarre-forma, de guerras de religión entre protestantes y
católicos, y de contiendas sangrientas entre Alemania y Francia.
Recordemos que frente al belén católico, los protestantes más
iconoclastas defendieron desde el siglo XVI el árbol de Navidad.
Las reticencias católicas al árbol protestante, en defensa del
belén, no fueron menos patentes hasta hace pocos años. Hoy,
gracias al ecumenismo de las Iglesias, al Concilio Vaticano II, al
fenómeno del pluralismo y a la cristalización de la Unión Europea,
conviven pacíficamente los dos iconos religiosos, el belén y el
árbol, tanto en los ámbitos familiares como en los parroquiales.
Comencemos por el árbol de Navidad. En el universo de las
religiones tiene el árbol una fuerza singular de fascinación.
Enlaza la tierra y el cielo, es de arriba y de abajo, pertenece a
dos mundos. Hunde sus raíces en el suelo para vivir y se proyecta
hacia las alturas para manifestarse. Es símbolo de vida y de
fecundidad en perpetua evolución. Su sombra es un refugio, un
remanso. Puede ser de hoja caduca, que significa renovación de la
vida, o de hoja perenne, que expresa inmortalidad.
Propio de las culturas indoeuropeas paganas, el árbol fue
cristianizado en el siglo VIII. Con luces encendidas y una
estrella en su cima, el árbol de Navidad apareció en Alsacia en el
siglo XIV, se extendió por Alemania en el XVI y se generalizó en
muchos países en el XIX. Se remonta como símbolo al rito de las
“noches rigurosas” precristianas, entre el 25 de diciembre y el 6
de enero, cuando el pueblo encendía luces y colocaba ramas verdes
en puertas y ventanas para ahuyentar los malos espíritus. Desde
que se implantó, el árbol de Navidad es símbolo protestante de
vida renacida, fusión de luces procedentes de la razón y de la
fe, recuerdo y memoria de los orígenes cristianos.
Belén es nombre de una aldea de Judea, a unos ocho kilómetros al
sur de Jerusalén, donde nació Jesús. Es también sinónimo del
nacimiento que se instala artísticamente en casas, iglesias y
conventos por Navidad con figuras de barro, escayola, porcelana o
madera, representativas de las personas, ángeles y animales que
estuvieron presentes en el nacimiento de Jesús. A veces, por
economía o por espacio, se reduce el belén al denominado misterio:
José, María, el Niño, la mula y el buey.
El primer promotor de los belenes fue San Francisco de Asís, quien
en 1223, tres años antes de su muerte, inauguró el primer
nacimiento en una gruta de Greccio, valle italiano de Rietti. En
torno a la imagen del Niño, los asistentes representaron de un
modo vivo a María, José, los pastores y los magos. Invitado el
pueblo a asistir con luces, se celebró una eucaristía en la que el
santo hizo de diácono y predicó una homilía que conmovió a los
asistentes.
La tradición de los belenes, con figuras de loza o porcelana,
arraigó en Nápoles y de allí pasó a España en el reinado de Carlos
IV, a finales del siglo XVIII, gracias a los franciscanos. La moda
del presepio, o pesebre italiano, se difundió en Cataluña y
Levante. Son episodios comunes en los belenes la anunciación del
ángel a María, la búsqueda de posada, el portal con el “misterio”,
el anuncio a los pastores, la adoración de los magos y la huida a
Egipto. Aunque el buey y la mula no están en los relatos
evangélicos, su presencia en la posada de Belén fue afirmada en el
siglo III por Orígenes, basado en Isaías: “El buey reconoce a su
dueño y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no me conoce, mi
pueblo no tiene entendimiento” (Is 1, 3).
El espíritu católico del belén procede, pues, de San Francisco,
que eligió una vida de pobreza en defensa de los pobres y predicó
un evangelio de mansedumbre, alegría, sencillez, ecología y
fraternidad universal. El autor del “Cántico al hermano sol”, que
llamó al lobo “hermano lobo”, no hubiera enfrentado nunca el belén
al árbol de Navidad. No son símbolos antagónicos sino fraternos.
Recordemos que las fuentes de la cultura europea, sintetizadas en
“las tres culturas” (judía, árabe y cristiana), han sido la
herencia greco-romana y el patrimonio religioso judeocristiano, la
tradición occidental de Roma y la oriental de Constantinopla, la
Europa de la Reforma y de la Contrarreforma. Sobre todo hay en
Europa dos mundos religiosos y culturales, destinados a convivir
hermanados: al norte, el germano-protestante representado por el
“árbol” de Navidad; al sur, el latino-católico, plasmado por el
“nacimiento” del Salvador.
Doctor en Teología de la Universidad de Tubingen, Alemania, y
profesor de teología pastoral y de eclesiología en la Universidad
Pontificia de Salamanca, recinto de Madrid. Fue consultor del
Concilio Vaticano II y participó en la reforma posconciliar. Ha
escrito unos 25 libros.
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