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V O Z    D E L    A R Z O B I S P O

 

Díganlo claro y alto: ¡Feliz Navidad!


Arzobispo John C. Favalora

Mis queridos amigos:

 

Las luces de Navidad estuvieron en venta especial antes del Día de Acción de Gracias, pero ya la época está en todo su esplendor. Todas las tiendas han sido decoradas con copos de nieve y oropel. Los estacionamientos están repletos de árboles navideños. Abundan las imágenes de Santa Claus y sus venados.

Pero, ¿es de eso que se trata la Navidad? ¿Es un tiempo para comprar y festejar, comprar frenéticamente y cocinar más?

Espero que, para los católicos y para todos los cristianos, la Navidad signifique mucho más. Pero me pregunto si todos nosotros, en un grado u otro, hemos caído en la trampa consumerista. ¿Se ha convertido la Navidad en un día de fiesta secular, despojado de todo significado espiritual?

Esa pregunta me intrigó tanto el año pasado que realicé un estudio informal durante las cuatro semanas de Adviento y las tres de la época navideña.

Aunque es rara la ocasión en que veo programas de entretenimiento en televisión, comencé a ver la lista de programas en la revista TV Guide. Ni una sola vez en aquellas cuatro semanas encontré un programa que tuviera que ver con el sentido religioso de la Navidad, ni en televisión por cable ni en las cadenas de televisión nacional. Ni siquiera encontré un programa de música navideña, aunque fuera secular, como los especiales que hacía el cantante Perry Como. Tampoco hallé un programa religioso sobre Hanukah o la celebración africana del Kwanzaa. Es una confusión secular.

En la Noche Buena vi dos conciertos de música clásica en el canal de televisión pública en los que se interpretó algún tema religioso. Ambos eran repeticiones de años anteriores. El 25 de diciembre, los canales de televisión estuvieron llenos de juegos de fútbol y algunas otras cosas. Nada indicaba que la Navidad es, primero y ante todo, una fiesta religiosa. “¿Jesús es el motivo de la época”? Bueno, pues no nos daríamos cuenta si dependiéramos de la televisión o de las vitrinas de las tiendas.

A veces ni siquiera se nota en las tarjetas navideñas. Recibo miles de tarjetas cada año de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, y hasta sus tarjetas tienen paisajes invernales, osos de peluche, dulces, chimeneas, pinos y  trineos.

¿Dónde está el Niño Jesús? ¿Dónde están José y María? ¿Dónde están los ángeles, los Reyes Magos, los pastores, la estrella, el pesebre? ¿Dónde hay alguna mención de la Natividad? ¿No es eso de lo que se trata la Navidad?

¿Con qué frecuencia se escucha un saludo de “Feliz Navidad” que implique un verdadero sentido religioso? Estoy seguro de que se escucha más un “Happy Holidays” o “Felices Fiestas”. La Navidad se ha vuelto tan secularizada que hasta tememos decir la palabra, como si la mera mención de Navidad pudiera ofender a algunas personas.

¿Decimos “Feliz Día del Pavo” o “Feliz Día de Acción de Gracias”? Deseamos a nuestros amigos judíos “Feliz Hanukah” o “Felices Fiestas”, o a nuestros amigos afroamericanos “Feliz Kwanzaa”? La razón de la fiesta del 25 de diciembre es el nacimiento de Cristo. ¡“Feliz Navidad” lo dice correctamente!

Es hora de hacer que Cristo regrese a la Navidad. Eso no necesariamente significa   pelear en corte para poder colocar un nacimiento frente a la alcaldía. Significa apartarnos del tumulto secular de las compras, de la cocina, y sacar tiempo para reflexionar sobre el verdadero sentido de la Navidad.

¿Qué significa el nacimiento de Cristo para nosotros, para nuestros niños y nuestras familias? ¿Debemos vivir de manera diferente porque Dios amó tanto al mundo que envió a su único Hijo a vivir entre nosotros?

Si no creemos eso, no podemos llamarnos cristianos. Y si nos llamamos cristianos, debemos vivir lo que creemos.

La Iglesia sabiamente nos da cuatro semanas de Adviento, de preparación para la Navidad, para ayudar a centrarnos en su significado religioso. Saquemos ventaja de eso. Tratemos de sacar tiempo para ir todos los días a misa y no faltar a la misa dominical. Asegurémonos de que nuestras decoraciones navideñas incluyan un nacimiento.

Recordemos a nuestros niños que Santa Claus y sus regalos añaden color a la celebración. Pero Jesús, y sólo Jesus, es el motivo de la fiesta. De hecho, la fiesta no existiría si no hubiese sido por el día santo que le precede: el nacimiento de Jesús.

 


 

Los haitianos son dignos de un trato justo, equitativo

 

La imagen de una niña pequeña, vestida con su mejor atuendo dominguero, sostenida cuidadosamente sobre las poco profundas aguas de Key Biscayne, es algo que no podré olvidar con facilidad.

Tampoco olvidaré las imágenes que vi en Haití cuando estuve allí de visita, hace cinco años. Calles repletas de personas a mitad del día porque el índice de desempleo es superior al 80 por ciento. Mujeres cocinando magras raciones de comida sobre hornillas de carbón. Niños viviendo en la más completa y abyecta miseria.

El pueblo de Haití está desesperado, porque la nación de Haití está desesperada. Por cientos de años, gobierno tras gobierno ha fallado en el intento de producir las reformas democráticas que le pudieran permitir a una pequeña y empobrecida nación desbrozar el camino de la economía.

En la actualidad, Haití es el país más pobre del hemisferio occidental, quizás uno de los más pobres del mundo. Mientras los políticos disputan –y, a veces, se matan los unos a los otros– el pueblo continúa muriendo de hambre.

La ineptitud y la corrupción constituyen las causas fundamentales de la desesperada pobreza de Haití. La comida y el agua constituyen derechos humanos básicos. Lo es también el derecho al trabajo. El pueblo haitiano carece de los tres.

Cuando arribaron a nuestras playas en busca de esos derechos básicos, fueron tratados tal como son tratados todos los demás refugiados. Tratar a los haitianos de forma diferente es una desgracia y es extremadamente injusto. Es una discriminación. Como nación, hemos sido avergonzados por nosotros mismos.

Cuando me encontré en el Centro de Detención de la Avenida Krome con los hombres que, literalmente, habían saltado hacia la libertad el 29 de octubre fui, una vez más, impresionado por la nobleza característica de los haitianos. Mientras languidece tras los muros de Krome o está en medio de una desesperada pobreza en su patria, el pueblo haitiano alberga un genuino espíritu de esperanza.

La mayoría de los hombres con los que me he encontrado en la prisión suele quejarse de la comida. Estos haitianos estaban felices de tener algo de comer. Manifesta-ban su gratitud por la presencia y la atención de la Iglesia. Todo lo que desean es una oportunidad de que sus casos sean procesados de acuerdo con las normas que se le aplican a otros refugiados.

Una cosa es que nuestra nación manifieste que admitirá sólo un número determinado de inmigrantes cada año. Otra cosa totalmente distinta es expulsar a gente desesperada cuando arriban a nuestras costas. Es erróneo separar madres de padres, padres de hijos.

En esta época de terrorismo, nuestra nación debe ser muy cuidadosa con quienes cruzan nuestra frontera. Pero en mi opinión, las personas que nos gobiernan deben preocuparse aún más por los contrabandistas que continúan comerciando con la miseria tanto de cubanos como de haitianos. Son ellos los que deben ser perseguidos y sometidos a todo el peso de la ley. No perdamos de vista las pobres almas que arriban en busca de lo que a todos nosotros nos ha sido otorgado –los derechos humanos fundamentales. Tal como podemos encontrar en el Levítico, “ustedes también fueron alguna vez extranjeros”.

Roguemos porque nuestra abogacía legal, así como la fiscalía general, permitan que esos haitianos sean procesados y reunidos con sus familias mientras solicitan asilo.

Roguemos porque merme la miseria y la inestabilidad política en Haití, de manera que las imágenes que apreciamos en la televisión a finales de octubre no se vuelvan a repetir.

John C. Favalora, Arzobispo de Miami