Las luces de Navidad estuvieron en venta especial antes del Día de
Acción de Gracias, pero ya la época está en todo su esplendor. Todas las
tiendas han sido decoradas con copos de nieve y oropel. Los
estacionamientos están repletos de árboles navideños. Abundan las
imágenes de Santa Claus y sus venados.
Pero, ¿es de eso que se trata la Navidad? ¿Es un tiempo para comprar y
festejar, comprar frenéticamente y cocinar más?
Espero que, para los católicos y para todos los cristianos, la Navidad
signifique mucho más. Pero me pregunto si todos nosotros, en un grado u
otro, hemos caído en la trampa consumerista. ¿Se ha convertido la
Navidad en un día de fiesta secular, despojado de todo significado
espiritual?
Esa pregunta me intrigó tanto el año pasado que realicé un estudio
informal durante las cuatro semanas de Adviento y las tres de la época
navideña.
Aunque es rara la ocasión en que veo programas de entretenimiento en
televisión, comencé a ver la lista de programas en la revista TV Guide.
Ni una sola vez en aquellas cuatro semanas encontré un programa que
tuviera que ver con el sentido religioso de la Navidad, ni en televisión
por cable ni en las cadenas de televisión nacional. Ni siquiera encontré
un programa de música navideña, aunque fuera secular, como los
especiales que hacía el cantante Perry Como. Tampoco hallé un programa
religioso sobre Hanukah o la celebración africana del Kwanzaa. Es una
confusión secular.
En la Noche Buena vi dos conciertos de música clásica en el canal de
televisión pública en los que se interpretó algún tema religioso. Ambos
eran repeticiones de años anteriores. El 25 de diciembre, los canales de
televisión estuvieron llenos de juegos de fútbol y algunas otras cosas.
Nada indicaba que la Navidad es, primero y ante todo, una fiesta
religiosa. “¿Jesús es el motivo de la época”? Bueno, pues no nos
daríamos cuenta si dependiéramos de la televisión o de las vitrinas de
las tiendas.
A veces ni siquiera se nota en las tarjetas navideñas. Recibo miles de
tarjetas cada año de sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, y
hasta sus tarjetas tienen paisajes invernales, osos de peluche, dulces,
chimeneas, pinos y trineos.
¿Dónde está el Niño Jesús? ¿Dónde están José y María? ¿Dónde están los
ángeles, los Reyes Magos, los pastores, la estrella, el pesebre? ¿Dónde
hay alguna mención de la Natividad? ¿No es eso de lo que se trata la
Navidad?
¿Con qué frecuencia se escucha un saludo de “Feliz Navidad” que implique
un verdadero sentido religioso? Estoy seguro de que se escucha más un
“Happy Holidays” o “Felices Fiestas”. La Navidad se ha vuelto tan
secularizada que hasta tememos decir la palabra, como si la mera mención
de Navidad pudiera ofender a algunas personas.
¿Decimos “Feliz Día del Pavo” o “Feliz Día de Acción de Gracias”?
Deseamos a nuestros amigos judíos “Feliz Hanukah” o “Felices Fiestas”, o
a nuestros amigos afroamericanos “Feliz Kwanzaa”? La razón de la fiesta
del 25 de diciembre es el nacimiento de Cristo. ¡“Feliz Navidad” lo dice
correctamente!
Es hora de hacer que Cristo regrese a la Navidad. Eso no necesariamente
significa pelear en corte para poder colocar un nacimiento frente a la
alcaldía. Significa apartarnos del tumulto secular de las compras, de la
cocina, y sacar tiempo para reflexionar sobre el verdadero sentido de la
Navidad.
¿Qué significa el nacimiento de Cristo para nosotros, para nuestros
niños y nuestras familias? ¿Debemos vivir de manera diferente porque
Dios amó tanto al mundo que envió a su único Hijo a vivir entre nosotros?
Si no creemos eso, no podemos llamarnos cristianos. Y si nos llamamos
cristianos, debemos vivir lo que creemos.
La Iglesia sabiamente nos da cuatro semanas de Adviento, de preparación
para la Navidad, para ayudar a centrarnos en su significado religioso.
Saquemos ventaja de eso. Tratemos de sacar tiempo para ir todos los días
a misa y no faltar a la misa dominical. Asegurémonos de que nuestras
decoraciones navideñas incluyan un nacimiento.
Recordemos a nuestros niños que Santa Claus y sus regalos añaden color a
la celebración. Pero Jesús, y sólo Jesus, es el motivo de la fiesta. De
hecho, la fiesta no existiría si no hubiese sido por el día santo que le
precede: el nacimiento de Jesús.
Los
haitianos son dignos de un trato justo, equitativo
La imagen de una niña pequeña, vestida con su mejor atuendo dominguero,
sostenida cuidadosamente sobre las poco profundas aguas de Key Biscayne,
es algo que no podré olvidar con facilidad.
Tampoco olvidaré las imágenes que vi en Haití cuando estuve allí de
visita, hace cinco años. Calles repletas de personas a mitad del día
porque el índice de desempleo es superior al 80 por ciento. Mujeres
cocinando magras raciones de comida sobre hornillas de carbón. Niños
viviendo en la más completa y abyecta miseria.
El pueblo de Haití está desesperado, porque la nación de Haití está
desesperada. Por cientos de años, gobierno tras gobierno ha fallado en
el intento de producir las reformas democráticas que le pudieran
permitir a una pequeña y empobrecida nación desbrozar el camino de la
economía.
En la actualidad, Haití es el país más pobre del hemisferio occidental,
quizás uno de los más pobres del mundo. Mientras los políticos disputan
–y, a veces, se matan los unos a los otros– el pueblo continúa muriendo
de hambre.
La ineptitud y la corrupción constituyen las causas fundamentales de la
desesperada pobreza de Haití. La comida y el agua constituyen derechos
humanos básicos. Lo es también el derecho al trabajo. El pueblo haitiano
carece de los tres.
Cuando arribaron a nuestras playas en busca de esos derechos básicos,
fueron tratados tal como son tratados todos los demás refugiados. Tratar
a los haitianos de forma diferente es una desgracia y es extremadamente
injusto. Es una discriminación. Como nación, hemos sido avergonzados por
nosotros mismos.
Cuando me encontré en el Centro de Detención de la Avenida Krome con los
hombres que, literalmente, habían saltado hacia la libertad el 29 de
octubre fui, una vez más, impresionado por la nobleza característica de
los haitianos. Mientras languidece tras los muros de Krome o está en
medio de una desesperada pobreza en su patria, el pueblo haitiano
alberga un genuino espíritu de esperanza.
La mayoría de los hombres con los que me he encontrado en la prisión
suele quejarse de la comida. Estos haitianos estaban felices de tener
algo de comer. Manifesta-ban su gratitud por la presencia y la atención
de la Iglesia. Todo lo que desean es una oportunidad de que sus casos
sean procesados de acuerdo con las normas que se le aplican a otros
refugiados.
Una cosa es que nuestra nación manifieste que admitirá sólo un número
determinado de inmigrantes cada año. Otra cosa totalmente distinta es
expulsar a gente desesperada cuando arriban a nuestras costas. Es
erróneo separar madres de padres, padres de hijos.
En esta época de terrorismo, nuestra nación debe ser muy cuidadosa con
quienes cruzan nuestra frontera. Pero en mi opinión, las personas que
nos gobiernan deben preocuparse aún más por los contrabandistas que
continúan comerciando con la miseria tanto de cubanos como de haitianos.
Son ellos los que deben ser perseguidos y sometidos a todo el peso de la
ley. No perdamos de vista las pobres almas que arriban en busca de lo
que a todos nosotros nos ha sido otorgado –los derechos humanos
fundamentales. Tal como podemos encontrar en el Levítico, “ustedes
también fueron alguna vez extranjeros”.
Roguemos porque nuestra abogacía legal, así como la fiscalía general,
permitan que esos haitianos sean procesados y reunidos con sus familias
mientras solicitan asilo.
Roguemos porque merme la miseria y la inestabilidad política en Haití,
de manera que las imágenes que apreciamos en la televisión a finales de
octubre no se vuelvan a repetir.
John C. Favalora, Arzobispo de Miami