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La Navidad es la época ideal para cambiar el corazón


Omar Marrero Rivera


El cuatro y la plenera –instrumentos típicos puertorriqueños–, el güiro y las maracas, son elementos básicos de una verdadera parranda navideña. (Foto Archivo)

En Puerto Rico, cada vez que llega la primera semana de noviembre, las estaciones de radio les recuerdan a los oyentes que se acerca la Navidad. Los llamados “anticipos navideños” comienzan a proliferar en muchísimos programas radiales, y para ir “entonando” difunden las nuevas grabaciones de la temporada junto con los grandes clásicos de todos los tiempos.

Ya cuando pasa el Día de Acción de Gracias, las emisoras dan rienda suelta a la música navideña. Y me refiero a todas, no importa el formato musical que ofrezcan durante el año. Sea en salsa, merengue, balada, música instrumental o rock, la música navideña se convierte en un elemento común y distintivo de la época en nuestro país. Sus letras no sólo transmiten el verdadero significado de la Navidad, sino también las tradiciones que aún perduran en nuestra cultura: las parrandas, los platos típicos, nuestros instrumentos musicales y todo lo que tenga que ver con la alegría que conlleva la temporada del año más esperada por los boricuas.

Hace unos días, mientras escuchaba uno de estos anticipos, se transmitió un tema cuya letra trataba la manera en que se ha ido perdiendo una de nuestras tradiciones, la parranda, debido a los cambios en el estilo de vida de muchos puertorriqueños. En la manera jocosa como suele escribir sus canciones el cantautor boricua José Nogueras, el tema titulado “Acceso controlado” describe cómo un grupo de parranderos, en su intento por seguir la tradición, va a llevar una parranda a un amigo, pero se ven impedidos de lograrlo por la forma en que vive ahora aquella persona:

 

“Siguiendo la tradición, como ya lo acostumbramos,

una parranda llevamos a tu nueva dirección.

Busqué la urbanización a la que tú te has mudado.

Llegué y estaba cerrado; no me dejaron pasar

y allí tuve que enfrentar el acceso controlado”.

 

Con esa estrofa inicial el artista se plantea una preocupación que, ciertamente, la comparte un gran por ciento de la población.

Lo del acceso controlado en las urbanizaciones y en muchos sectores de la Isla se ha debido al aumento en la criminalidad que año tras año obliga al puertorriqueño a vivir más encerrado en busca de protección. Es un problema social que, no importa los millones de dólares que invierten los gobiernos, mantiene un constante crecimiento. Lamentablemente, como dice otra línea de la canción, “buscando seguridad la tradición se ha afectado”.

Puerto Rico, al igual que casi todos los países del mundo, sufre de muchos problemas sociales cuyas raíces profundas son muy fáciles de explicar pero muy difíciles de atacar porque muchos de los que están llamados a tomar acción son los primeros que fallan. Podemos mencionar a los políticos corruptos que traicionan la confianza del pueblo. Sabemos que éstos tendrán su juicio divino pero, mientras tanto, se dedican a abusar de su poder y a servirse del pueblo en lugar de servirle.

La criminalidad y la corrupción se mantienen como los problemas sociales que más preocupan a los boricuas, de acuerdo con recientes encuestas realizadas por varios medios de comunicación. Pero siempre tengo la esperanza de que cuando llegue la Navidad, los puertorriqueños podamos entender y apreciar que el nacimiento de aquel Niño divino hace dos milenios, significó el que se nos entregara la solución de nuestros problemas “en bandeja de plata”.

Siempre me ha parecido que cuando llega el período navideño, mis compatriotas se muestran más bondadosos, más alegres y más receptivos al amor. No sé, hasta el aire me parece más fresco. Es como si nos contagiáramos de alegría por el aire que respiramos. Claro está, siempre hay gente que tiene como propósito de vida ayudar al prójimo no importa la época del año. Esas son las personas que me traen la esperanza de que nuestra sociedad puede y está capacitada para mejorar si se lo propone.

Hace unos días, una joven que se sentía totalmente confundida y hastiada decidió quitarse la vida y subió a un puente de Santurce con el propósito de lanzarse al vacío. La pronta llamada de vecinos del lugar hizo que agentes de la policía acudieran con prontitud. Pero lo curioso fue que mientras los policías trataban de evitar que la joven se suicidara, otra joven desconocida llegó hasta allí para ofrecer su ayuda.

Resulta que esta joven iba de camino hacia su graduación. Semanas antes había terminado su maestría en sicología y sólo le faltaba tener en sus manos su diploma. Cuando iba hacia el local donde se celebraría la graduación, notó que un gentío se había congregado en los alrededores del puente, pendiente a lo que le pudiera ocurrir a la joven suicida.

Tan pronto se dio cuenta de lo que estaba pasando le pidió a su padre que detuviera el automóvil, se bajó rápidamente y solicitó permiso a los policías para hablar con la joven aturdida. En menos de diez minutos, la graduanda convenció a la suicida de que desistiera, y salvó su vida.

¿Cómo pudo hacerlo? Ciertamente tenía entrenamiento en cómo tratar a las personas con problemas. Pero si ustedes hubiesen visto las fotos que fueron primera plana en los periódicos nacionales, se darían cuenta de que lo que logró que la suicida desistiera de su idea no fueron las técnicas sicológicas ni los argumentos racionales, sino el amor, el cariño y la comprensión que le transmitió la joven sicóloga. La expresión en la mirada de la graduanda mientras extendía su mano para salvar de la muerte a otro ser humano, hizo entender fácilmente que el amor fue la herramienta que hizo posible el milagro.

Los periodistas que lograron cubrir el suceso siguieron a la joven heroína hasta su graduación y luego le preguntaron sobre su conversación con la suicida.

“Solamente le dije que comprendía su situación y que estaba dispuesta a perderme mi graduación con tal de quedarme allí hablando con ella de sus problemas”, dijo.

Como ven, siempre pasa algo que nos dice que hay esperanza, que en nuestra sociedad no todo está perdido. Y aunque muchas veces no nos demos cuenta, siempre llega el momento en que algo nos da en la cara y nos dice:  “oye, despierta boricua y echa pa’lante”.

Por eso me encanta la Navidad. Es el momento perfecto para empezar a tomar acción y a labrar un verdadero cambio en nuestra sociedad y de una vez tratar de recobrar la pureza de nuestras tradiciones. Siempre recuerdo aquel estribillo que dice:

“Navidad es amor, es brindar de lo mejor.
Olvidemos los rencores, obsequiemos un perdón”. 

Después de todo, ¿no es ese el propósito de la Navidad?

Reportero del diario Primera Hora, en San Juan, y profesor de la Escuela de Comunicaciones de la Universidad de Puerto Rico, en Río Piedras. Correo electrónico: o_marrero@yahoo.com.