|
Invitación a la espera

P. Pedro Corces

La
Virgen de las esteras
Recuerdo que el primer artículo que
escribí para La Voz Católica fue hace precisamente un año. Era
también la época de Adviento. Les contaba entonces de mi
experiencia con Clara, aquella mujer que vivía en un hogar de
transición para personas sin casa.
Clara había vivido por muchos meses en un refugio para
desamparados. Lo había perdido todo. Y después de muchos meses de
espera y trámites interminables, se le había conseguido un hogar
de transición, si es que a aquello se le podía llamar hogar. El
día que la fui a buscar para llevarla a la cena del Día de Acción
de Gracias, que habíamos preparado para un grupo de mujeres y sus
hijos que, como ella, vivían en un refugio, la encontré
esperándome sentada pacientemente, muy arreglada, con un vestido
elegante y perfumada. Yo llegué tarde, como siempre. Pero ella no
estaba desesperada, confiaba en que yo pasaría a buscarla y que no
faltaría a mi promesa, aunque estuviese atrasado.
¡Clara vivió más de un año en ese hogar de transición! El martes 3
de diciembre bendije su nuevo apartamento. Ya se mudó. Ya tiene su
propio espacio y sus cosas personales. Ya no está viviendo
aglomerada con otras personas, en un viejo edificio en el
southwest de Miami. Su apartamento es limpio, claro, nada nuevo,
pero acogedor. Es de ella. Es su espacio.
Celebramos con ella que pudo salir del ciclo del desamparo en las
calles, de un ir de un refugio a otro, de casas atiborradas de
personas que no se conocen, que no se hablan, de personas que
alimentan mutuamente su desesperación. Quizás esta es la mejor
palabra para describir de dónde salió Clara: salió de la
desesperación para vivir en la luz, en la esperanza, pero tuvo que
esperar, confiar en la ayuda y en el apoyo de otros, en un sistema
que a veces parecía ir en contra de ella y no a favor. Clara
confió y esperó en la misericordia de Dios.
Comenzamos un nuevo Adviento. Tiempo para renovar la esperanza, la
fe, la confianza en las promesas de Dios de salvación, de la
llegada final del Reino de paz y justicia, del Reino de Dios.
La figura central del tiempo de Adviento es María, la Virgen
Madre. Ella nos invita a salir de la desesperación, a creer que es
posible construir y vivir en un mundo más justo y pacífico, lleno
de Dios.
La Virgen del Adviento está a la espera de que la luz se abra en
su vientre y llene al mundo de alegría y gozo. El final de sus
nueve meses de gestación ya se acerca. Ha esperado muchos años en
las promesas de salvación del Dios de Israel. Como mujer judía,
llena de fe y de esperanza, ha amado profundamente a ese Dios, al
Dios de sus padres, de Joaquín y Ana, de sus antepasados, Abraham
y Sara, Jacob y Rebeca, de tantos hombres y mujeres, que como ella,
han creído y esperado. Y ese Dios se ha volcado ahora sobre ella,
la cubrió con su Espíritu, la llenó de vida, fecundó su existencia.
Dios la encontró llena de Gracia y en ella plantó su tienda.
María, como mi amiga Clara, tuvo que saber esperar, confiar –en
momentos difíciles y oscuros– como lo hacemos muchos de nosotros.
María no se dio por vencida, sabía que la promesa se cumpliría y
aquello que anhelaba tanto llegaría algún día.
Clara esperaba su casita nueva, confió en Dios y ya la tiene.
María de Nazareth esperaba algo mucho más que una casita, esperaba
la llegada del Mesías de Israel, la Salvación de las naciones, la
Luz del mundo, y Dios lo cumplió a través de ella.
De esto se desprenden dos realidades: Dios cumple sus promesas
pero nos necesita para que El, en su bondad y sabiduría infinitas,
nos use como puentes, canales, medios para que sus promesas se
hagan carne y realidad.
A través de la Virgen Madre, Dios se hizo carne y entró en la
historia de forma nunca antes vista. ¿Dejarás tú que Dios entre en
este mundo a través de tus palabras, tus opciones de vida y tus
acciones?
Te invito a que, como Clara de Miami, aprendamos a esperar con la
paciencia de los pobres. Te invito a que, como la Virgen Madre de
Nazareth, dejemos que Dios cumpla sus promesas y las haga realidad
utilizando tu vida, tus manos y pies, tus palabras, tus ojos.
Dios se hizo carne porque hubo una carne humana, la de la Virgen,
que estuvo dispuesta a dársela.
Que tú y yo estemos dispuestos a darle a Dios todo para que Dios
se haga Todo para todos; que esperemos con paciencia y humildad a
que eso se cumpla hoy y mañana.
Pidamos en este Adviento, cantando a la Virgen: “Santa María de la
Esperanza, mantén el ritmo de nuestra espera, mantén el ritmo de
nuestra espera”.
Director de vocaciones de la Arquidiócesis de Miami.
vocdirector@miamiarch.org
|