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Conferencia Episcopal de Estados Unidos, Washington, D.C.
13 de noviembre de 2002
Mientras nosotros, los obispos católicos, nos hallamos reunidos
aquí en Washington, nuestra nación, Iraq y el mundo enfrentan
graves decisiones sobre la guerra y la paz, la justicia y la
seguridad. Se trata no sólo de decisiones políticas y militares,
sino morales, pues implican cuestiones de vida o muerte. La
enseñanza tradicional cristiana ofrece principios éticos y
criterios morales que pueden guiar esas decisiones críticas que se
deben tomar.
Hace dos meses, el obispo Wilton Gregory, presidente de la
Conferencia Episcopal de Estados Unidos, le escribió al presidente
George Bush para dejarle saber que acogía los esfuerzos de centrar
la atención mundial en la negativa iraquí de cumplir con varias
resoluciones de Naciones Unidas en los últimos 15 años, y la
búsqueda de ese país de armas de destrucción masiva. Esa carta,
autorizada por el Comité Administrativo de los obispos, planteó
serias interrogantes acerca de la legitimidad moral de cualquier
uso preventivo unilateral de la fuerza militar para derrocar al
gobierno de Iraq. Como cuerpo hacemos nuestras esas interrogantes
y preocupaciones plasmadas en la carta del obispo Gregory, que
toman en consideración acontecimientos recientes, especialmente la
resolución unánime del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas del
8 de noviembre.
No albergamos ilusiones acerca de la conducta o de las intenciones
del gobierno iraquí. El gobierno iraquí debe detener su represión
interna, darle fin a las amenazas a sus vecinos, dejar de apoyar
el terrorismo, abandonar sus esfuerzos por desarrollar armas de
destrucción masiva, y destruir todas las armas existentes.
Saludamos el hecho de que Estados Unidos ha trabajado en lograr
nuevas acciones por parte del Consejo de Seguridad para asegurar
que Iraq afronte su obligación de desarme. Nos unimos a los que
urgen a Iraq a cumplir totalmente con la resolución más reciente
del Consejo de Seguridad. Rezamos fervorosamente porque todos los
implicados actúen para que la acción de las Naciones Unidas no
constituya el preludio de una guerra, sino una vía para evitarla.
Aunque no podemos predecir lo que ocurrirá en las próximas semanas,
deseamos que se aclaren asuntos acerca del fin y los medios. No
ofrecemos conclusiones definitivas, sino nuestras preocupaciones e
interrogantes con la esperanza de que nos ayude a todos a llegar a
un juicio moral sensato. Las personas de buena voluntad pueden
opinar diferente en cuanto a cómo aplicar las normas de una guerra
justa en casos particulares, sobre todo cuando los acontecimientos
se desarrollan con rapidez y los hechos no están totalmente claros.
Basándonos en los hechos que conocemos, seguimos hallando difícil
una justificación para recurrir a la guerra contra Iraq al carecer
de evidencias claras y adecuadas de un inminente ataque de graves
consecuencias. Junto a la Santa Sede y los obispos del Medio
Oriente y de todo el mundo, tememos que recurrir a la guerra en
las presentes circunstancias, y a la luz de la información pública
actual, no alcanzaría las rigurosas condiciones de la enseñanza
católica que permitirían el uso de la fuerza militar.
“La teoría de la guerra justa ha evolucionado… como un esfuerzo
para prevenir la guerra; sólo si la guerra no puede ser evitada
racionalmente, la enseñanza busca restringir y reducir sus
horrores. Hace esto estableciendo rigurosas condiciones que deben
darse para que la decisión de ir a la guerra sea permisible. Tal
decisión, hoy especialmente, requiere razones extraordinariamente
fuertes para cambiar la posición a favor de la paz y en contra de
la guerra” (El desafío de la paz: la promesa de Dios y nuestra
respuesta, 1983, #83).
Causa justa [de guerra].
El Catecismo de la Iglesia Católica limita la causa justa sólo a
casos en los que “el daño causado por el agresor a la nación o a
la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto”
(#2309).
Estamos profundamente preocupados por las recientes propuestas de
expandir drásticamente los límites tradicionales de la causa justa
para incluir el uso preventivo de la fuerza militar para derrocar
regímenes amenazadores o para lidiar con armas de destrucción
masiva. Consecuentemente con las prescripciones contenidas en el
derecho internacional, debe hacerse una distinción entre los
esfuerzos para cambiar la conducta inaceptable de un gobierno y
los esfuerzos para poner fin a la existencia de ese gobierno.
Legítima autoridad. A nuestro juicio, las decisiones en lo
referente a una posible guerra en Iraq requieren el cumplimiento
de las normas constitucionales estadounidenses, un amplio consenso
en el seno de nuestra nación, y cierta forma de sanción
internacional. Es por eso que las acciones por parte del Congreso
y del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas son importantes.
Como ha indicado la Santa Sede, si el recurso de la fuerza fuera
estimado necesario, debería adoptarse en el marco de las Naciones
Unidas luego de tomar en consideración sus efectos en los civiles
iraquíes, y la estabilidad regional y global (Arzobispo
Jean-Louis Tauran, Secretario del Vaticano para las Relaciones con
los Estados, 9 de octubre de 2002).
Probabilidades de éxito y proporcionalidad.
El uso de la fuerza debe tener “serias perspectivas de éxito” y
“no debe acarrear males y desórdenes peores que el mal a eliminar”
(Catecismo, #2309). Reconocemos que no adoptar acciones militares
pudiera tener consecuencias negativas. Estamos preocupados, sin
embargo, porque la guerra contra Iraq pudiera tener consecuencias
impredecibles no sólo para Iraq sino para la paz y la estabilidad
en todo el Medio Oriente. El uso de la fuerza pudiera provocar el
tipo de ataques que intenta prevenir; pudiera imponer nuevas
cargas terribles sobre una población civil que ya sufre hace
tiempo, y pudiera conducir a la extensión del conflicto y a la
inestabilidad en la región. La guerra contra Iraq pudiera hacernos
desistir de la responsabilidad de ayudar a edificar un orden justo
y estable en Afganistán y pudiera socavar los esfuerzos para
detener el terrorismo.
Normas que gobiernan la conducta bélica. La justicia de
una causa no disminuye la responsabilidad moral de cumplir con las
normas de la inmunidad y proporcionalidad civil. Si bien
reconocemos el mejoramiento de la capacidad y los serios esfuerzos
por evitar hacer blanco directo de civiles en la guerra, el uso de
la fuerza militar en Iraq pudiera acarrear costos incalculables
para la población civil que ha sufrido tanto a causa de la guerra,
la represión, y de un debilitante embargo. Al evaluar si los
“daños colaterales” son proporcionales, las vidas de los hombres,
las mujeres y los niños ira-quíes debieran ser valoradas como lo
son las vidas de los miembros de nuestra propia familia y de los
ciudadanos de nuestro propio país.
Nuestra valoración de estas cuestiones nos lleva a instar a
nuestra nación y al mundo a que continúen buscando otras
alternativas a la guerra en el Medio Oriente. Es vital que nuestra
nación persista en los desafíos muy frustrantes y difíciles de
mantener el apoyo internacional para formas constructivas,
eficaces y legítimas de detener las amenazas y acciones agresivas
iraquíes. Apoyamos la imposición efectiva del embargo militar y el
mantenimiento de sanciones políticas. Reiteramos nuestro llamado
para que se adopten sanciones económicas más cuidadosamente, que
no amenacen las vidas de civiles iraquíes inocentes. El tema de
las armas de destrucción masiva de Iraq debe equipararse con
medidas más fuertes y amplias de no proliferación. Tales esfuerzos,
basados en el principio de mutuo contenimiento, deben incluir,
entre otras cosas, un mayor apoyo a los programas para
salvaguardar y eliminar las armas de destrucción masiva en todas
las naciones, controles más estrictos sobre la exportación de
misiles y tecnología de armamentos, la puesta en vigor efectiva de
las convenciones sobre armas biológicas y químicas, de acuerdo con
el compromiso estadounidense de buscar negociaciones de buena fe
en el desarme nuclear bajo el Tratado de No Proliferación Nuclear.
No existen respuestas fáciles. Nuestros líderes electos son
responsables de las decisiones sobre la seguridad nacional, pero
albergamos la esperanza de que nuestras preocupaciones e
interrogantes morales serán seriamente consideradas por nuestros
líderes y por todos los ciudadanos. Invitamos a otros,
particularmente al pueblo laico católico –que tiene la
responsabilidad principal de transformar el orden social a la luz
del Evangelio– a discernir la mejor manera de realizar su vocación
de ser “testigos y agentes de paz y de justicia” (Catecismo,
#2442). Como Jesús dijo: “Bienaventurados los que trabajan por la
paz” (Mt. 5).
Rezamos por todos los que con más probabilidad serían afectados
por este conflicto potencial, especialmente el sufrido pueblo de
Iraq y los hombres y mujeres que sirven en nuestras Fuerzas
Armadas. Apoyamos a los que arriesgan sus vidas en servicio de
nuestra nación. También apoyamos a todos los que buscan ejercer su
derecho a objetar de manera consciente y selectiva, tal como hemos
declarado en el pasado.
Rezamos porque el presidente Bush y los demás líderes mundiales
busquen y hallen las vías para retroceder ante el abismo de la
guerra con Iraq y busquen una paz que sea justa y duradera. Los
urgimos a trabajar con otros para elaborar una respuesta global
efectiva a las amenazas iraquíes, que reconozca la legítima
autodefensa y se ajuste a los límites morales tradicionales en el
uso de la fuerza militar.
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