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Encuentro con Cristo en la cárcel


Un preso reza después de recibir la comunión. (Foto: Ana Rodríguez-Soto)

Ana Rodríguez-Soto
The Florida Catholic

Una vez, Armando Tamariz conoció un mundo mejor. Había sido monaguillo en la parroquia Corpus Christi, en Miami. “Yo era un perdido”, admitió. “Me entregué a las drogas. Maté a un hombre”. Encarcelado desde 1996, espera ser liberado en el 2008.

“Cambié mi vida cuando ingresé a la prisión. Desde ese día no he consumido alcohol ni drogas”, afirma Tamariz.

Ahora, cuando la vida se le vuelve difícil, “yo sencillamente rezo”, asegura. “Es algo de mucho poder. Eso es lo que hago. Así es como me ocupo de mis problemas y dificultades. Yo rezo”.

“La fe es todo,” afirma Raúl Rodríguez, que cumple el séptimo año de su sentencia. Al igual que Tamariz, recibió una educación católica, pero “tomé otro camino”.

Apunta que la prisión le procuró una nueva dirección. “Me proporcionó la oportunidad de reflexionar sobre mis errores”.

Tamariz y Rodríguez son dos de los cerca de cien hombres que se reúnen los martes por la noche en la capilla de la  Institución Correccional de los Everglades. Los ministros de la prisión, que proceden de las parroquias Saint Louis y Saint John Neumann, reciben a los prisioneros para los servicios semanales. En la noche del jueves 24 de septiembre todos le dieron la bienvenida al arzobispo John C. Favalora en la capilla para celebrar la misa, cantar y orar.

Esta es la segunda ocasión en que el arzobispo Favalora visita a los prisioneros del correccional de los Everglades, una prisión de máxima seguridad del Estado ubicada en un lejano rincón al oeste del condado Miami-Dade y que alberga cerca de 1,600 hombres.

Desde su última visita en el año 2000 fue construida una capilla, y el arzobispo la usa a modo de trampolín para su mensaje: así como Dios está presente en la capilla, Cristo debe estar presente en los corazones de los prisioneros. Y esa presencia debe cambiar las cosas.

“Esta capilla les dice que Dios está aquí”, afirmó el arzobispo Favalora. “Este lugar debía cambiar la atmósfera de todos los alrededores, afuera. Porque Jesús está aquí ahora”.

De la misma manera, señaló, “cuando abandonen este edificio, su misión será transformar lo que se halla afuera”. La presencia de Jesús significa que no hay lugar para la ira, el odio o los resentimientos, recalcó el arzobispo. Como seguidores de Jesús, se supone que los        prisioneros, por ellos mismos, cambien las situaciones “para bien”, aseveró el arzobispo Favalora.

El Arzobispo lanzó dos desafíos. Primero, “acudir a este lugar todos los días, tomar asiento y contemplar la cruz que constituye el signo del amor de Dios por ustedes. Si esto no los hace cambiar, nada podrá lograrlo”, aseguró el Arzobispo. El segundo es el mismo desafío que les hace todos los años a los seminaristas de la Arquidiócesis: ser un ejemplo a seguir.

“Deseo que los católicos aquí marquen las pautas, los pasos a seguir. Si utilizan este edificio como es debido, ustedes serán los poseedores del liderazgo en esta comunidad, para transformarla en un sitio mejor para todos”.

Los encuentros del martes por la noche han marcado una diferencia en las vidas de los prisioneros y los voluntarios.

“Sin importar la clase de problemas que tengan, una vez que acuden a este lugar, si es que han tenido algunos problemas abrumadores, ya no lo serán más”, recalcó Jim Pérez, un hombre de negocios de la parroquia Saint John Neumann, en Kendall.

Durante siete años, Pérez ha visitado el correccional de los Everglades los martes al atardecer.

“No sólo constituye una diferencia para ellos, sino que es una diferencia aquí”, afirmó a la par que señalaba su corazón.

Pérez fue traído al ministerio por su amigo, el diácono Ralph Gazitua, también de la parroquia de Saint John Neumann. El diácono Gazitua quien, además de su trabajo a jornada completa funge como capellán en el Departamento de Policía de Miami-Dade, ha estado visitando las prisiones a lo largo de 20 años.

“Lo que impresiona a estos hombres es cuando se celebra uno de nuestros cumpleaños o aniversarios y los ministros aún vienen”, aseveró. En tales ocasiones, los prisioneros podrían preguntarse, “¿por qué están aquí?”

“Porque esta es nuestra familia”, les dijo Pérez. “Cuando uno hace esos pequeños sacrificios por ellos, es significativo”.

Alberto Gómez dijo que agradece a los que hacen posibles esas reuniones de los martes en la noche. Está en prisión desde 1980 y está cumpliendo una cadena perpetua.

“No nos sentimos abandonados, porque los hermanos de afuera vienen a visitarnos”, apuntó Gómez. “No nos podemos sentir abandonados porque tenemos a Cristo en nuestros corazones. Y siempre le damos gracias, porque podemos convertir el infierno en que vivimos en el cielo”.

Gómez tiene familia: un hijo y una hija que llegaron de Cuba una década después de él. Ya se encontraba en prisión, de modo que no los ha visto. Ignora dónde viven. Tampoco ellos saben donde vive él.

 “Yo creo que suponen que los abandoné”.

 


 

Los presos nos necesitan

 

Elaine Lopes

 

El año pasado acepté ocupar un cargo como la primera directora a tiempo completo de la pastoral carcelaria de la diócesis de Fresno, California. Supe con rapidez que la tarea en ciernes era mucho mayor de lo que hubiera podido imaginar.

Yo era una católica convencida, pero durante mis primeros años universitarios abandoné la Iglesia. Regresé muchos años después cuando fui testigo del trabajo que realizaba la Iglesia en pro de los pobres y de los marginados a través de las agencias de Caridades Católicas.

Más tarde fui empleada en Fresno por Caridades Católicas en calidad de jefa del programa AmeriCorps-VISTA bajo una subvención de dos años destinada a atraer voluntarios para la agencia con el objetivo de sacar a la gente de la pobreza.

Pude admirar nuestra fe en acción; fue una gran enseñanza acerca de las condiciones de los pobres y de cómo yo, como católica, podría contribuir para poner fin al sufrimiento de mucha gente oprimida enfrentada al cotidiano devenir.

La experiencia y el conocimiento que pude adquirir en Caridades Católicas me condujo al ministerio de prisiones, un lugar que jamás imaginé que pudiera encontrar.

La diócesis de Fresno es la sede de más de 50 prisiones, cárceles e instalaciones de detención para jóvenes, situada en un área de 26,000 millas cuadradas. De las 33 prisiones estatales en California, nueve se hallan aquí. La necesidad de la presencia católica en estas instalaciones es abrumadora. En la actualidad disponemos de 11 capellanes que trabajan en 10 de las instalaciones –en su mayoría prisiones estatales y federales. Sin embargo, estamos trabajando con el fin de lograr una presencia pastoral en la mayoría de las instalaciones por medio de la dedicación de un pequeño ejército de voluntarios. Estos voluntarios, bien asisten a los capellanes, bien desempeñan papeles de liderazgo en las instalaciones donde no existe una presencia católica a tiempo completo.

Los voluntarios constituyen una parte vital del ministerio de prisiones y una bendición. No reciben compensación monetaria ni de ninguna otra índole, se entregan de manera desinteresada y comparten los talentos que Dios les dio como mensajeros del amor, perdón y compasión del Evangelio. Mi propia fe es la de continuar creciendo, observando y aprendiendo de esa maravillosa gente.

¿Cómo recibimos el llamado a convertirnos en voluntarios del ministerio de prisiones?

El sonido del llamado varía.

Algunos llegan por la vía de la experiencia personal que proviene de ver a un hijo o amigo encarcelado. Con frecuencia esta suele ser su primera exposición al sistema penal de justicia. Pudieron contemplar la rudeza y, a veces, la injusticia de un sistema que es por naturaleza más punitivo que regenerativo. Su presencia proporciona esperanza en un lugar en el que uno encuentra mucha desesperación.

Otros oyen el llamado a través del ejemplo de un amigo. En última instancia, los voluntarios afirman que son llamados por Dios al ministerio de servir a los demás con su presencia, compartiendo su tiempo y talentos en la proclamación del Evangelio. Los voluntarios se percatan de que hay muchos hombres, mujeres y niños heridos que sólo necesitan alguien que los oiga, con frecuencia por primera vez.

La diócesis requiere de nuevos voluntarios para asistir a entrenamientos de un día de duración. Durante un reciente fin de semana, 22 personas pasaron un sábado en la audiencia de conferencistas que disertaban acerca de la espiritualidad del ministerio de prisiones, de cómo llegar a ser una presencia sanadora en la cultura y el entorno de una instalación carcelaria. También oyeron los testimonios de muchos adultos jóvenes ex prisioneros, quienes compartían sus experiencias y apreciaciones con los voluntarios católicos que laboran para ellos.

Esta categoría incluye a un oficial correccional retirado, un matrimonio activo en su parroquia, dos candidatos a diáconos, gente vinculada al sistema carcelario de justicia, así como otras que ayudar a unos de los más olvidados por nuestra sociedad: los encarcelados.

Los voluntarios se comprometen a ser una presencia consistente, al destinar una o dos horas en cada visita a una instalación. Algunos voluntarios contribuyen con muchas más horas. En el transcurso de sus visitas se encuentran cara a cara con los prisioneros, dirigen cursos de estudios bíblicos, asisten al capellán en la misa o en el servicio de la comunión como ministros de la eucaristía o comparten otros talentos, como tocar el piano o el órgano durante los servicios.

Teniendo en consideración el número de prisiones, cárceles e instalaciones penitenciarias para jóvenes en la diócesis de Fresno, parece imposible la tarea de encontrar suficientes voluntarios para cubrir las necesidades. Sin embargo, la gente ha respondido.

En enero de 2001, el obispo de Fresno, John T. Steinbock, escribió una carta pastoral en la que invitaba a sacerdotes, religiosos y laicos a servir a Cristo en los reclusos. Llamaba a la gente a reflexionar en la posibilidad de que Dios los llamara a emplear su tiempo en la visita de las prisiones situadas en sus parroquias.

Escribía el obispo: “Vivimos en una sociedad donde la gente, simplemente, es encerrada en una prisión y olvidada. Ellos necesitan ser tratados con respeto, como seres humanos, y que sepan que Dios los ama.”

El futuro de este ministerio no es sólo el de proveer servicios directos a la población de reclusos tal como lo hacemos en la actualidad, sino de ocuparnos de las familias y de las víctimas del crimen, quienes también están heridos y necesitan sanación espiritual y emocional.

Tengo la certeza de que esos objetivos serán alcanzados, porque hay mucha gente de fe en las parroquias que ya han respondido al llamado del ministerio para con sus hermanos y hermanas en prisión.

Directora de la pastoral carcelaria de la diócesis de Fresno, California.