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“Este año…”

Sagrario Núñez, acj

Santa Rafaela María, fundadora de las Esclavas del Sagrado
Corazón de Jesús
“Este año quiero ser la alegría del Señor”, escribía hace cien
años Santa Rafaela María, la fundadora de las Esclavas del Sagrado
Corazón de Jesús.
Invariablemente para Rafaela María, Adviento y Navidad culminaban
en un deseo ardiente para el Nuevo Año: ser la alegría del Señor.
Y yo me pregunto si se puede honestamente estar alegre “este año”.
Este año amenazado por la guerra en Iraq, por el conflicto en
Afganistán, por las interminables violencias en el Medio Oriente y
Colombia, por el hambre y la devastación en el continente africano.
Este año en que, como en años anteriores, en El Salvador morirán,
al menos, doce mil niños de malnutrición. Este año que empieza,
¿se puede de verdad estar alegre?
Rafaela María no era una mujer irrealista. Calificó de
“calamitosos tiempos” las situaciones de antirreino que le tocó
vivir. Proponer como modelo de identificación a una mujer que
conoció el rechazo, el olvido, la humillación y el abandono nos
resulta siempre desconcertante. Y aún más desconcertante es el
hecho de que en medio de su larga y dolorosa experiencia, Rafaela
María pudiera afirmar con absoluta lucidez que era “la mujer de la
dicha”.
Rafaela María nació en1850 en Pedro Abad, una pequeña ciudad de
Córdoba, España. En 1877 fundó en Madrid el Instituto de las
Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Murió en Roma en 1925 y fue
canonizada por Pablo VI en 1977.
En el perfil espiritual de esta vida quiero hoy señalar cuatro
ingredientes de su gozo, cuatro posturas de fe que hicieron de su
existencia una obra de arte francamente admirable.
En el corazón mismo de su vocación y como su pasión más ardiente,
Rafaela colocó al Cristo de la Eucaristía. Fue este misterio el
que la sostuvo y la revitalizó, el que continuamente creó y recreó
a Rafaela María y a su futuro en toda su singularidad y concreción.
La Eucaristía la llevó a un grado admirable de profundidad
espiritual y la llenó de una esperanza inamovible. El tiempo
pasado delante del Santísimo Sacramento la fue convirtiendo en una
mujer cuya postura instintiva fue la adoración.
De sus adoraciones salía transformada; no nueva, sino nuevamente
sostenida, nuevamente centrada, una mujer de Dios y una mujer para
los demás. “La Eucaristía es la vida del Instituto como la raíz es
la vida del árbol”.
Santa Rafaela María aprendió el perdón y la reconciliación no como
un conjunto de tareas concretas a realizar, sino como una forma de
vida, como una vocación y misión en la Iglesia y para el mundo. Su
humillación prolongada –fue rechazada, aislada, acusada, ignorada–
encontró sentido y sanación en la celebración de la Eucaristía.
En la memoria peligrosa de la pasión y muerte de Cristo, en la
historia del inocente que sufre y muere pero a quien la muerte no
puede contener, Rafaela María aprendió a no contar ofensas así
como Cristo no las contó. Y su perdón adquirió algo de ese
derroche propio de la gracia de Dios. “Por sus heridas somos
sanadas” (Jer. 31).
Cualquier grupo humano cuyo líder es arrinconado por sus mismos
miembros por 32 años, sabe experiencialmente lo que es una crisis.
El Instituto de las Esclavas no sólo sobrevivió esa crisis sino
que paradójicamente floreció y se desarrolló a través de ella.
¿El secreto? La exquisita habilidad de Rafaela María de reparar,
de restaurar y de perdonar setenta veces siete.
La universalidad de las esclavas es aun hoy día una manera única y
revolucionaria de vivir. Las esclavas somos un cuerpo “no natura.”
Nuestro estilo de vida contradice la propensión del mundo hacia
las diferencias basadas en la edad, clase, posición social,
nacionalidad y etnicidad.
Santa Rafaela María quiso a toda costa un Instituto “universal
como la Iglesia”. Esta universalidad, don y tarea que nos legó,
nos saca de nuestra fascinación con nosotras mismas, con nuestro
país y nuestra cultura y nos introduce en la verdadera
globalización, en ese círculo inmenso de la inclusividad de Dios.
El Instituto que Santa Rafaela María fundó creció tanto por medio
de saltos intuitivos de la imaginación, como por medio de una
planificación laboriosa. En esta mujer paradójicamente se juntaron
cualidades como la mansedumbre y la libertad, la humildad y la
fortaleza. Nuestras posibilidades aumentaron, se enriquecieron y
se multiplicaron por las innumerables dificultades que Santa
Rafaela María encontró a lo largo de su vida.
“Con singular valentía se atrevió a aventurarse por el camino
desconocido:
En un lugar, hace muchos, muchos años,
dos caminos se separaron en un bosque,
y (ella) tomó el menos transitado
y éso ha hecho toda la diferencia”.
(Robert Frost)
De la esperanza inamovible y la capacidad de riesgo de Rafaela
María habla precisamente este pasaje de N. Kazanzakis:
“Haciendo una reverencia, me postré delante de él y le dije:
—Santo asceta, me he propuesto buscar a Dios. Muéstrame el camino.
—No hay ningún camino, me contestó, golpeando su bastón en el
suelo.
—¿Qué hay entonces?, pregunté, lleno de terror.
—El abismo. ¡Salta!
—¿El abismo?, grité. ¿Es ése el camino?
—Sí, el abismo. Todos los caminos conducen a la tierra. El abismo
lleva a Dios.”
Para Rafaela María el gozo era posible porque siempre había algo
que celebrar: al Emmanuel, al Dios con nosotros. Por eso la
realidad estaba transida de gracia. Por eso ya desde ahora se
puede vivir en la paz, el perdón, la luz y la alegría aun en medio
de la oscuridad y el desasosiego.
“Este año quiero ser la alegría del Señor”
2003. Este año…
Esclava del Sagrado Corazón de Jesús; es profesora de
Espiritualidad y de Pastoral Hispana en el Instituto Pastoral del
Sureste.
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