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Habla el Papa.
Primer domingo de Adviento
Comienza hoy, con el primer domingo de Adviento, el nuevo año
litúrgico. El Dios de la Alianza se ha revelado en la historia, y
en la historia de la Iglesia celebra su misterio de salvación: la
encarnación, la pasión, la muerte y la resurrección del Señor
Jesucristo. De este modo, el camino de los creyentes se renueva
continuamente, entre lo “ya” realizado por Cristo y lo que
“todavía” falta para su manifestación plena.
Dios es el futuro del hombre y del mundo. Si pierde el sentido de
Dios, la humanidad se cierra al futuro y pierde inevitablemente la
perspectiva de su peregrinación en el tiempo. ¿Por qué nacer? ¿Por
qué morir? ¿Por qué sacrificarse? ¿Por qué sufrir? A estos
interrogantes el Cristianismo ofrece una respuesta satisfactoria.
Por este motivo, Cristo es la esperanza de la humanidad. Él es el
auténtico sentido de nuestro presente, pues es nuestro futuro
seguro.
Adviento nos recuerda que Él vino, y también que vendrá. Y la vida
de los creyentes es una continua y vigilante espera de su venida.
La invitación a vigilar y a esperar es subrayada hoy con
insistencia por san Marcos que, a través del nuevo año litúrgico,
nos guiará en el descubrimiento del misterio de Cristo.
En el pasaje de hoy, tomado del segundo de los grandes discursos
de Jesús, el Evangelista pone de manifiesto el sentido último de
la historia y de la misma creación y nos exhorta a hacer de toda
nuestra existencia una incesante búsqueda de Dios. Del encuentro
con Él y de la contemplación de su rostro surge ese vigor
misionero que nos hace salir de la mediocridad cotidiana para ser
valientes testigos suyos.
En este camino de conversión y de compromiso apostólico nos
acompaña María, aurora luminosa y guía segura de nuestros pasos.
Lo hace de manera especial invitándonos a contemplar los misterios
gozosos del Rosario. Nos dirigimos a ella con confianza, mientras
nos preparamos para celebrar el próximo domingo [8 de diciembre]
la solemne fiesta de su Inmaculada Concepción.
La oración cristiana por los fieles difuntos a la luz de la
resurrección de Cristo
La oración cristiana por los difuntos –que caracteriza todo el mes
de noviembre– debe hacerse a la luz de la resurrección de Cristo.
En efecto, el apóstol san Pablo dice: “Si Cristo no resucitó,
vuestra fe es vana. (…) Si solamente para esta vida tenemos puesta
nuestra esperanza en Cristo, somos los más dignos de compasión de
todos los hombres. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos
como primicia de los que durmieron” (1 Co 15, 17. 19-20).
El mundo necesita hoy, más que nunca, redescubrir el sentido de la
vida y de la muerte desde la perspectiva de la vida eterna. Fuera
de ella, la cultura moderna, nacida para exaltar al hombre y su
dignidad, se transforma paradójicamente en cultura de muerte,
porque, al perder el horizonte de Dios, se encuentra como
prisionera del mundo, se atemoriza y, da lugar a múltiples
patologías personales y colectivas.
A este propósito, me complace citar un texto de san Carlos
Borromeo, cuya memoria litúrgica celebraremos el 4 de diciembre:
“Mi alma -escribió- alabe siempre al Señor, que jamás deja de
prodigar sus dones. Es don de Dios si de pecador te llama a la
justicia; don de Dios si te sostiene para que no caigas; don de
Dios si te da la fuerza para perseverar hasta el final; será don
de Dios también la resurrección de tu cuerpo muerto, de modo que
ni siquiera uno de los cabellos de tu cabeza se pierda; será don
de Dios la glorificación después de la resurrección; y, por último,
será también don de Dios poder alabarlo continuamente en la
eternidad” (Homilía, 5 de septiembre de 1583).
Dirigiéndonos ahora a María santísima, le pedimos que sostenga de
modo particular nuestra oración de sufragio por los difuntos. En
este Año del Rosario, imitemos asiduamente el ejemplo de la Virgen,
para contemplar con ella el misterio de Cristo muerto y resucitado,
esperanza de vida eterna.
El papel de los hospitales católicos
El Santo Padre presentó una propuesta al encontrarse con los
participantes en la XVII Conferencia Internacional sobre La
identidad de las instituciones católicas sanitarias, que reúne a
expertos y profesionales sanitarios de todo el mundo en el
Vaticano. Dijo el Papa:
Es un deber revisar la función de los hospitales, de las clínicas
y de las casas de salud –afirmó el Papa–: su verdadera identidad
no es sólo la de estructuras en las que se atiende a los enfermos
y moribundos, sino ante todo la de ambientes en los que el
sufrimiento, el dolor y la muerte son considerados e interpretados
en su significado humano y específicamente cristiano.
De modo especial esta identidad debe ser clara y eficaz en los
institutos regidos por religiosos o relacionados de alguna manera
con la Iglesia.
Para comprender hasta el final la identidad de estas instituciones
sanitarias, es necesario referirse al corazón mismo de lo que
constituye la Iglesia, en la que la ley suprema es el amor.
Las instituciones católicas de la salud se convierten así en
testimonio privilegiado de la caridad del Buen Samaritano, pues a
la hora de curar los enfermos, cumplimos con la voluntad del Señor
y contribuimos a la realización del Reino de Dios. De este modo,
expresan su auténtica identidad eclesial.
La Iglesia siente una particular preocupación por quienes carecen
de los cuidados médicos más elementales, dejándose inspirar por
una nueva “imaginación de la caridad”.
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