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Luces y sombras de
mi experiencia eclesial en la diáspora y en la Isla
María Cristina Herrera
Especial/La Voz Católica
Soy una mujer de Iglesia desde los 13 años en mi terruño
santiaguero. Fui catequista desde los 10 hasta los 32 años (los
últimos cinco en Miami); fui también dirigente diocesana de Acción
Católica con Monseñor Enrique Pérez Serantes hasta 1961. Cuando
marché a Washington, D. C. en el otoño de 1966, para mis estudios
doctorales en la Pontificia Universidad Católica de América,
abandoné el trabajo pastoral institucional en Miami.
Mi faena de 33 años como fundadora y Directora Ejecutiva del
Instituto de Estudios Cubanos (IEC) a partir de 1969 hasta hoy,
reclama las energías que no gasta mi quehacer como profesora
universitaria en el Miami-Dade Community College (Kendall). A
pocos meses ya de mi retiro docente y por una de esas
“inspiraciones paraclitianas” estoy en camino quizás de regreso a
la comunidad de fe y de trabajo eclesial en la diáspora en Miami.
A partir de finales de 1978 –con mi primer retorno a Cuba– pude
revincularme de una manera viva a mi Iglesia insular. El
reencuentro con viejos afectos en mi Iglesia en Santiago de Cuba y
cariños nuevos en Holguín, Camagüey, Santa Clara, Cienfuegos,
Matanzas, La Habana y Pinar del Río, me hizo sentir como “la
ausente siempre presente”. Con el tiempo, vi crecer mi Iglesia en
Cuba con nuevas diócesis –dos de ellas encabezadas por sacerdotes
amigos post-1978: Bayamo-Manzanillo y Guantánamo-Baracoa. Por los
pasados 24 años he mantenido un compromiso y una comunión
preciosos con laicos, religiosos, sacerdotes y obispos en mi
tierra. Sin ningún desempeño oficial ni oficioso en la Iglesia en
Cuba, sin embargo, he nutrido y sostenido una comunicación abierta
y constante con numerosos interlocutores eclesiales cubanos por un
puente de múltiples vías –visitas, cartas, llamadas, documentos,
libros, medicinas, periodistas, investigadores, estudiantes,
diplomáticos, artistas, familiares y amigos– que trasiegan entre
las dos orillas del Jordán cubano. Muchas de estas personas que
vienen y van hacen una parada amistosa en casa para rellenar,
mutuamente, el tanque informativo, intelectual, emocional y
espiritual. Esta intimidad diversa y renovada ha alimentado mi fe
y mi cubanía.
Por todo este tiempo además viví mi fe fuera de Cuba como
desgajada del tronco institucional en Miami. Ni me buscaron ni
tampoco yo busqué el reintegrarme activamente en ninguno de los
programas eclesiales miamenses. Fui invitada en 1992 a San Agustín
para participar en la reunión de CRECED I (Comunidades de
Reflexión Eclesial Cubana en la Diáspora). Sé que durante y
después de esta actividad hubo personas sorprendidas y molestas
por mi presencia allí. Con frecuencia, durante estos años, yo
sentí que de alguna manera, se hacían esfuerzos reiterados por
borrar mi identidad eclesial y mi catolicidad; ésta es una de mis
heridas. A pesar de esto, sin embargo, siempre tuve la solidaridad
de algunos sacerdotes, religiosos y laicos que me regalaban su
amistad y se mantenían en comunión conmigo. Quiero destacar aquí
la querida e inolvidable figura de Monseñor Bryan O. Walsh,
q.e.p.d. Por más de 30 años nutrimos una bella y profunda amistad
enraizada en la fe, en el trabajo del Reino y en el compartir
preocupaciones alrededor de la realidad cubana y su destino.
Por largos años sostuve mi fe en Jesucristo y mi labor en la
edificación de su Reino sin vínculos operativos ni funciones
concretas en la comunidad eclesial dentro o fuera de Cuba. La
desinformación y la mitología, tan metidas en la experiencia vital
de los cubanos, más allá de su ubicación geográfica, simpatías
políticas o estilos de vida, contribuyeron a nublar y torcer las
imágenes que sobre mi persona y mi trayectoria tenían tirios y
troyanos: que esto fuese así en la plaza pública se entiende. Que
así fuese también en ambientes eclesiales, ya no se entiende igual.
Acepto, sin titubeos, mi parte de responsabilidad en este proceso
difícil y punzante: siempre repito uno de mis estribillos
existenciales: “mis amigos no necesitan explicaciones, otros no
las van a creer, ¿para qué las voy a dar?”
Reitero y ratifico mi compromiso con Cuba y con nuestra Iglesia en
Cuba desde una óptica y acción iluminadas por el diálogo y la
reconciliación nacional. Renuevo hoy mi disponibilidad de cooperar
en obras eclesiales en la diáspora que puedan beneficiarse de mi
experiencia integral de vida y trabajo. No pido sino ofrezco.
Con el peso y la sabiduría de los años, sin dudas, mi arrogancia y
mi lengua se han suavizado. Además, siento que aflora en mí una
rara timidez que me acompañó en mi niñez. Le atribuyo a la edad y
a la madurez integral que el tiempo y la vida conllevan, una
profundización y refinamiento de mi vivencia evangélica. He
aprendido de mi guía espiritual el esfuerzo diario de adecuar
pensares y sentires a los de Jesús de Nazareth: aunque todavía
falta mucho de mi parte para ser como El, al menos está en mí el
tratar de –poquito a poco, pasito a pasito– interiorizar su modelo
de conducta en el mundo y su forma de relacionarse con los demás.
El reto enorme de vivir el Evangelio en cualquier sociedad
contemporánea es como un barril sin fondo o una madeja a la que no
se le acaba el hilo. Cuando uno piensa que ya tiene el toro por
los cuernos, la vida y el Espíritu doblan la esquina y nos ponen
de nuevo en el punto de partida. No nos dejan acomodarnos. Hemos
de mantener la mente y el corazón siempre alertas para cambiar el
ritmo sin perder el paso. De cierta manera, cuando crecemos en la
fe, el amor y el compromiso con nuestro Señor, adquirimos otra
mirada sobre la gente y el quehacer cotidiano.
Lo importante en todo esto es mantener siempre abierta la puerta a
la acción sanadora del Espíritu sabiendo que nos hará nuevos. Por
supuesto que esto exige de nosotros un grado de confianza en que
Dios nos ama y siempre está con nosotros. Las peripecias de mi
peregrinar terrenal son testimonio de esto en el acontecer
cotidiano y en la solidaridad de tantos que conmigo comparten la
aventura de la vida y de la fe.
“Podemos hacer los planes de nuestro corazón, pero el resultado
final está en manos de Dios.”
Fundadora y directora ejecutiva del Instituto de Estudios Cubanos,
profesora de ciencias sociales en el Miami-Dade Community College.
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