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Las mujeres en “la casa de Dios”
Las hermanas pasionistas dan un aporte singular a las navidades de
muchos cubanos

Las religiosas pasionistas del barrio de la Víbora: Lairte,
María (cubana) y Gisela. (Fotos: Orlando Márquez)
Orlando Márquez
La Voz Católica
LA HABANA – Fue en San Luis, Pinar del Río, donde las primeras
religiosas de la congregación Hermanas Pasionistas de San Pablo de
la Cruz abrieron una casa en Cuba, el 27 de noviembre de 1989.
En agosto de 1992 llegaron a La Habana y ya comienzan a cosechar
vocaciones: la congregación cuenta con dos jóvenes cubanas
consagradas y tres aspirantes. La casa de La Habana tuvo el
propósito inicial de servir de centro de formación para las
jóvenes que manifestaban su vocación, pero el tiempo, las
circunstancias y la sensibilidad de las religiosas brasileñas
Lairte Grigolli, cp, y Gisela Siebeneichler, cp, han convertido la
casa de las religiosas, ubicada en la dominante Loma de Chaple del
antiguo barrio de Santos Suárez en algo más: allí mantienen un
taller de costura, y desde 1998 funciona el taller de artesanía
“Theotokos” (casa de Dios), único de su tipo en Cuba, donde varias
jóvenes, muchas de ellas madres solteras, trabajan cada día en la
producción de imágenes religiosas de pequeño formato, incluidos
los “nacimientos”, que evocan el misterio de Belén.
Nueva dimensión pastoral
La hermana Lairte recuerda que, poco después de llegar a La Habana,
establecidas cerca de la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús y
San Pablo de la Cruz, más conocida como “los pasionistas de La
Víbora”, donde residen los padres pasionistas, comenzaron a hacer
un estudio de los necesitados en la parroquia. Era el año 1993,
cuando estaba en su fase más terrible el inconcluso “período
especial”, como le llamaron las autoridades cubanas.
“Nosotras comenzamos a trabajar en la Iglesia de los pasionistas
dedicándonos a las mujeres, porque venían muchas mujeres
embarazadas pidiendo ayuda, pues no había la canastilla y ropa
para el bebé”, comenta la hermana Lairte. “Había tiendas en
dólares pero muy pocas personas podían comprar”, apunta la hermana,
“y todavía el tipo de gente que atendemos no tiene acceso al dólar”.
Cómo ayudar a vestir a los futuros bebés, en cierto modo, no fue
tan difícil. “Había unas abuelas de la parroquia”, recuerda la
religiosa, “que no tenían qué hacer, estaban aburridas en la casa,
y había madres que se presentaban con necesidad de canastilla. Con
un poco de ropa de uso donada, invitamos a las abuelas a coser y a
sacar de eso la ropita para los niños, con tres o cuatro máquinas
de coser que conseguimos”. El taller de costura ha continuado,
hoy producen la canastilla para bebés, algo de ropa, y también,
aprovechando recortes y ropa usada, fabrican muñecas de trapo.

Yuleidis Arias asegura que ha
puesto orden a su vida
desde que descubrió a Dios.
La
ayuda del Papa
La hermana Lairte trabaja también con los jóvenes en los
Campamentos de Verano, y por ellos conoció de un frustrado intento
de taller de orfebrería. Era una buena idea pero “osada” en un
país donde pocos pueden comprar joyas. Transformó la idea y en
septiembre de 1997 se dieron los primeros intentos de artesanía.
“Veíamos que en Cuba la gente es muy sensible a las imágenes
religiosas”, me dice. “El Papa había pedido la celebración de la
Navidad y el gobierno cubano había concedido el feriado de Navidad,
pero no había imágenes navideñas en el mercado”. En efecto, se
pueden comprar árboles de navidad en dólares, pero no imágenes
religiosas, como los conocidos nacimientos.
Los primeros moldes para un nacimiento salieron de las propias
imágenes que guardaban las hermanas, y otros vinieron desde Brasil.
Los artesanos pioneros fueron varios jóvenes de los Campamentos de
Verano.
Era algo inseguro, pero parecía que la Providencia conspiraba a
favor del trabajo de las religiosas. El primer dinero fuerte que
recibieron fue precisamente traído por el Papa en su visita a
Cuba, un donativo para proyectos de promoción de la mujer. Eso
permitió estimular las posibilidades de un taller de artesanía,
pero también ampliar la atención a otras mujeres y madres
necesitadas, dar alimentos a niños pobres, y ayudarlos a comprar
ropa, el uniforme escolar, zapatos o medicinas. Los beneficiados
son fundamentalmente, según han establecido las religiosas, niños,
madres solteras y ancianos. Pero también ayudan a muchachas sin
hijos que han tenido y tienen una vida poco afortunada.
“Que
el mundo se abra a Cuba...” y se abrió “Theotokos”
¿Consecuencias de la visita del Papa? El taller “Theotokos”, por
ejemplo.
Un grupo de jóvenes italianos, residentes en la ciudad donde San
Pablo de la Cruz fundó el primer convento, en respuesta al llamado
del Papa, vino a Cuba con ánimo de ayudar, y contactaron con los
sacerdotes y religiosas pasionistas. Las relaciones se han
mantenido; otros grupos de italianos han continuado viniendo y
ayudando.
En el taller sólo trabajan 15 mujeres, entre 17 y 37 años. “A las
que no trabajan aquí las ayudamos a encontrar otro tipo de trabajo
–interviene ahora la hermana Gisela–, es otro tipo de promoción”,
y les enseñan entonces el trabajo de peluquería, arreglo de manos
o costura. La intención es que aprendan a valerse por sí mismas y
elevar la autoestima. También las ayudan con asesoría jurídica o
asistencia médica. El secreto está en mantener el contacto
visitando las casas, ya sea en los barrios de Santos Suárez,
Luyanó, Lawton o Mantilla: un territorio que alcanza centenas de
bloques o manzanas habitadas del municipio 10 de Octubre, uno de
los de mayor población en Cuba.
El Taller “Theotokos” mantiene la única producción seriada de
nacimientos y otras imágenes religiosas en Cuba. En la actualidad
producen cuatro modelos, utilizando barro, yeso, pintura y plomo,
desde pequeñas casitas de barro con el misterio, hasta imágenes
policromadas de 20 centímetros de alto. La comercialización de las
obras comenzó en la iglesia de los pasionistas y ahí se mantiene,
pero los encargos de sacerdotes y otras congregaciones religiosas
han aumentado. Una quinta parte de las ganancias va a los
trabajadores del taller, el resto se destina a comprar materia
prima y ayudar a las otras madres que aún no trabajan.

A sus 17 años, Berta ya es madre soltera, pero asegura que en el
taller ha aprendido a valerse por sí misma.
Hablan las artesanas y un artesano
Algunos católicos fueron invitados por las hermanas para ayudar en
este trabajo. Zoila Linares estuvo entre ellos.
“Uno a veces está ajeno a determinadas personas, no las conoce y
no las puede valorar “, afirma Zoila. “Pero cuando me acerqué aquí
y conocí a las muchachas, y vi el trabajo de las hermanas con
ellas, me di cuenta que esto es maravilloso. A las muchachas las
he visto cambiar, las he visto mejorar, las he visto convertirse a
la fe. Somos un buen equipo y todos nos ayudamos”.
Berta Martínez tiene 17 años. Conoció a las hermanas mientras
estaba ingresada en el hospital a la espera de su hija; es hoy
madre soltera. Poco después de dar a luz, fue invitada por las
religiosas a trabajar en el taller: “No me había pasado por la
cabeza trabajar en esto, pero aprendo algo cada día. Para mí es un
reto y también un orgullo. Me he dado cuenta que soy alguien en la
vida, que puedo valerme por mí misma y cuidar de mi hija yo sola,
gracias a las hermanas”.
“Yo no estudiaba, no trabajaba, no hacía nada, no me interesaba
nada”, me cuenta Yuleidis Arias, una joven de 21 años. “Vine aquí
porque una amiga me trajo y la monja me propuso trabajo. Ella me
repite varias veces que su vida cambió desde que conoció a Dios,
cuando el 24 de diciembre del pasado año fue por su cuenta a la
Misa de Gallo.
“Parece que El me llamó. Entre tanta gente que estaba perdida me
dijo ‘tú’, y yo fui. Yo antes vivía por vivir; ahora mi vida tiene
sentido”. Yuleidis abandonó la escuela en octavo grado, ahora
trabaja pero también estudia para terminar la enseñanza secundaria.
Me cuenta que tenía una vida “desordenada” y ahora le ha puesto
orden. Vive sola con su madre, con quien antes mantenía relaciones
difíciles. Hoy van juntas al templo, y Yuleidi se prepara para
recibir la comunión el próximo año.
Rodolfo García es uno de los pocos hombres que trabajan en el
taller. Fue uno de los católicos que las religiosas invitaron a
ayudar, y lleva aquí cinco años trabajando. Se ha convertido en
artesano del barro y su esposa trabaja también en el taller.
“Este trabajo ha dado oportunidad a muchas personas y las ha
ayudado a crecer, a prepararse para el futuro”, comenta Rodolfo.
“Algunas de estas personas, si las hermanas no las atajan a tiempo,
hubieran podido terminar en la prostitución o el jineterismo. Ese
es el punto fuerte del trabajo que hacen las hermanas aquí”.
No me atrevo a hacer comentarios finales. Es innecesario. Tan sólo
diré que pasé unas horas magníficas en el taller que mantienen las
religiosas pasionistas, con ellas, con los trabajadores,
especialmente conversando y observando aquellas jóvenes que
afirman haber hallado sentido a sus vidas en el taller “Theotokos”,
la Casa de Dios.
Director de la revista Palabra Nueva, que publica la Arquidiócesis
de La Habana.

La
hermana Gisela muestra una muñeca de trapo del taller de costura.
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