El
papel de los laicos en tiempos de turbulencia
El
Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma invitó a la profesora
estadounidense Mary Ann Glendon a ofrecer una charla sobre la
crisis de la Iglesia en Estados Unidos y el papel de los laicos.
Esta es parte de esa ponencia efectuada el 28 de octubre.
Mary Ann Glendon
ROMA – Estoy de acuerdo con el teólogo Richard Neuhaus, director
de la revista First Things cuando dice que la crisis del año 2002
es triple: fidelidad, fidelidad y fidelidad.
Pero quizá porque soy una profesora, me parece que el problema no
es tanto la fidelidad cuanto formación, formación y formación:
formación de nuestros teólogos, formación de nuestros educadores
religiosos y formación de los padres de familia.
Cuando los inmigrantes católicos comenzaron a llegar a Estados
Unidos en gran número, aquel puritanismo anticatólico, mezclado
con el “nativismo”, desembocó en violencia. En 1834, en Boston,
una colérica turba quemó un convento de Ursulinas, mientras la
policía y los bomberos se quedaron mirando con los brazos cruzados.
El libro más vendido en 1836 fue un volumen en el que se
presentaban las supuestas confesiones de una ex monja, en la que
se ofrecían revelaciones sensacionalistas sobre la disoluta
conducta sexual de religiosas y sacerdotes. Este libro –The
Awful Disclosures of the Hotel Dieu Nunnery, por Maria Monk–,
fue un montaje total, pero vendió 300,000 ejemplares, y sirvió
para inflamar pasiones anticatólicas. Al año siguiente, 1837,
incendiarios destruyeron buena parte del Barrio Irlandés de
Boston, y atrocidades similares se repitieron a lo largo del
país.
Pero los inmigrantes siguieron viniendo desde Irlanda, Italia,
Alemania, Polonia, y desde otros países de Europa del Este. En el
cambio de siglo, la Iglesia Católica se convirtió en el grupo
religioso más numeroso y de mayor crecimiento, con 12 millones
de miembros.
Al afrontar la exclusión y la discriminación, aquellos inmigrantes
católicos construyeron sus propias escuelas, hospitales y
universidades. Crearon innumerables fraternidades, organizaciones
católicas de caridad social y profesional, de abogados, de médicos,
de obreros.
Los años 60 se convirtieron en el inicio de una crisis en las
costumbres sexuales y de las rupturas matrimoniales, acompañadas
por una cultura del disenso, dado que muchos trataron de
racionalizar su alejamiento de las normas morales.
Los países desarrollados quedaron involucrados en un experimento
social masivo para el que ni la Iglesia ni las sociedades en
cuestión estaban preparadas.
Bruscamente nos dimos cuenta de que muchos de los católicos
fuimos desarrollando una especie de esquizofrenia –poniendo
nuestras vidas espirituales a un lado y nuestras actividades
ordinarias en el mundo del trabajo a otro. Comenzamos a considerar
la religión como un asunto totalmente privado, y a adoptar una
actitud selectiva ante la doctrina.
En los últimos meses la prensa ha creado un clima de histeria
describiendo esta historia como una crisis de pedofilia, cuando en
realidad sólo una pequeñísima parte de los casos reportados son
pedófilos –personas que abusan de niños que todavía no han llegado
a la pubertad–, algo muy distinto a las relaciones homosexuales
con adolescentes.
Durante meses y hasta el día de hoy, los medios de comunicación
han señalado a la Iglesia Católica como un lugar especial de abuso
sexual de menores, mientras que todos los estudios indican que la
incidencia de este tipo de abusos es, en realidad, más baja
entre los sacerdotes católicos que entre otros grupos que están en
contacto con niños.
Es urgente formar a hombres y mujeres que, siendo fieles a su
vocación, puedan influir en la vida pública y orientarla hacia el
bien común. Este es un auténtico desafío. En cierto sentido, la
situación nunca ha sido tan favorable para los católicos en
Estados Unidos para asumir este reto.
Hay unos 64 millones de católicos –casi una quinta parte de la
población de Estados Unidos– y los católicos han ganado una enorme
influencia en la vida social, profesional, cultural y política.
Debería haber suficiente levadura para elevar a la masa social.
Profesora de Derecho de la Universidad de Harvard y delegada de
Juan Pablo II en la Conferencia Mundial sobre la Mujer celebrada
en Pekín en 1995.
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