Su
Santidad ante el Parlamento de Italia
Por primera vez en la historia de Italia un obispo de Roma visitó
el Parlamento de Italia, oportunidad que le sirvió a Juan Pablo II
para proponer que las relaciones Iglesia-Estado estén marcadas por
la “colaboración”, la “independencia” y la “autonomía”.
En su discurso del 14 de noviembre, de 40 minutos, interrumpido 20
veces por los aplausos de diputados y senadores reunidos en sesión
conjunta, el pontífice tocó los grandes argumentos de la
actualidad italiana y mundial: la crisis demográfica, los desafíos
del sistema educativo, el papel de los medios de comunicación, la
clemencia para los encarcelados, la solidaridad con los marginados,
la emergencia terrorista...
El interés con que la opinión pública ha seguido el acontecimiento
(varios canales de televisión lo transmitieron en directo) es
difícil de explicar, si no se tiene en cuenta que históricamente
se dio un recelo entre la Iglesia y el Estado Italiano, originado
por las vicisitudes de su nacimiento en 1870.
Siguieron el acontecimiento 840 periodistas italianos y
extranjeros en tres salas de prensa; incluso se pusieron grandes
pantallas en las afueras de las sede de las dos Cámaras (Senado y
Parlamento) para que la gente pudiera seguir el discurso del Papa.
El obispo de Roma invitó de este modo a Italia a no perder su
herencia humanista y cristiana, que explica la extraordinaria
aportación de este país al patrimonio artístico mundial, y exigió
conservar el fundamento mismo del derecho surgido en Roma: el
respeto de la dignidad de la persona humana.
Juan Pablo II subrayó tres desafíos concretos que tiene que
afrontar Italia en estos momentos.
Mencionó “la crisis de los nacimientos” –Italia es uno de los
países con el crecimiento demográfico más bajo del mundo– y el
consiguiente “envejecimiento de la población”. En este sentido,
pidió “una iniciativa política que, manteniendo firme el
reconocimiento de los derechos de la familia como sociedad natural
fundada en el matrimonio, según la afirmación de la misma
Constitución de la República Italiana, haga social y
económicamente menos onerosas la procreación y educación de los
hijos”.
En segundo lugar, aseguró que el futuro de un país depende de la
educación que se da a sus ciudadanos, y por este motivo pidió
favorecer la calidad del sistema educativo, “en diálogo directo
con las familias y con todos los componentes sociales” (las
escuelas privadas no gozan de ayuda estatal en Italia) y exigió
que los políticos intervengan para que los medios de comunicación
se conviertan en factores de educación.
En tercer lugar, el Papa se convirtió en portavoz de los más
desfavorecidos del país: los encarcelados (“en condiciones de
penoso hacinamiento”) para quienes pidió una “reducción de la pena”;
los desempleados, en buena parte jóvenes; y los inmigrantes.
“Solidaridad” fue una de las palabras más repetidas por el Papa.
Por último, Juan Pablo II se refirió al papel internacional que
desempeña Italia y pidió su colaboración para que en el actual
proceso de unificación del viejo continente no se pierda “esa
extraordinaria herencia religiosa, cultural y civil que ha hecho
grande a Europa a través de los siglos”.
Hizo también referencia al escenario de la globalización, turbado
por guerras y desde el 11 de septiembre por la terrible amenaza
del terrorismo que dice encontrar motivaciones en la religión.
“En esta gran empresa, de la que dependerán en las próximas
décadas los destinos del género humano –dijo–, el cristianismo
tiene una actitud y una responsabilidad totalmente peculiares: al
anunciar al Dios del amor, se propone como la religión del
recíproco respeto, del perdón y de la reconciliación”.
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