ARCHIVO

BUSQUEDA

PORTADA

 ARQUIDIOCESIS MIAMI
 ARZ. J.C. FAVALORA
 CALENDARIO
 MUNDO Y NACION
 VATICANO
 LIBROS / CINE / ARTE
 IGLESIA EN CUBA
 IGLESIA EN A. LATINA
 OPINIONES
 ESPIRITUALIDAD
 ENLACES

 

La voz profética de Puerto Rico

Monseñor Roberto González Nieves, arzobispo de San Juan, y la misión de la Iglesia en la Isla del Encanto


El arzobispo de San Juan, Monseñor Roberto González Nieves. (Foto: Brenda Tirado Torres)

Brenda Tirado Torres
La Voz Católica

Desde 1999, el pueblo de Puerto Rico ha visto en Monseñor Roberto González Nieves, arzobispo de San Juan, a un líder religioso que no ha temido enfrentarse a las críticas de quienes no comprenden la misión profética de la Iglesia.

Su posición, particularmente ante las prácticas militares de la Marina estadounidense en la pequeña isla de Vieques, le ha ganado la admiración no sólo de los devotos católicos, sino de puertorriqueños dentro y fuera del país. De la misma manera ha enfrentado las duras críticas de aquellos que interpretan su posición como una intromisión en la política.

La Voz Católica entrevistó a Monseñor González Nieves antes de su visita a la parroquia St. Catherine of Siena el 17 de noviembre. Allí presidió la misa en honor de la Virgen de la Divina Providencia, patrona de Puerto Rico, y del descubrimiento de la Isla, fiestas  que se celebran el 19 de noviembre.

 

Hasta el 1999, año de su nombramiento como arzobispo de San Juan, Su Excelencia llevaba varios años como obispo auxiliar en Boston y luego como obispo de Corpus Christi, Texas. Cuando se convierte en arzobispo de San Juan, ¿qué compromiso asumió con la Iglesia de Puerto Rico?

Propulsar la Nueva Evangelización que ha pedido el Papa al comienzo de este nuevo milenio, el tercero de la cristiandad; impulsar esa nueva evangelización en todas sus facetas, comenzando por profundizar la relación personal y de intimidad con Jesús, Nuestro Salvador.

En la medida en que se ha ido familiarizando con los problemas del país, ¿cuáles son las situaciones que más le han preocupado    y cómo la Iglesia está enfrentándolas?

Cuando llegué a la Arquidiócesis de San Juan anuncié mi deseo de realizar un sínodo arquidiocesano. Aunque todavía estamos en la etapa presinodal, se hizo una encuesta entre los católicos a la que respondieron aproximadamente 57,000 personas.

La principal preocupación fue la familia, la urgencia de revitalizarla y reforzarla como institución básica que forma al ser humano, y como Iglesia doméstica. Creo que ese es  nuestro reto fundamental ya que en la familia es donde se comienza a conocerse a sí mismo, a los seres queridos, a Dios, donde se va tomando conciencia de la identidad y de la misión en la vida.

En la medida en que la familia es cuna de amor, de diálogo, de respeto, se van formando en cada uno de sus miembros esas virtudes que a la vez fortalecen la autoestima y la  disciplina. Por lo tanto, ante retos como la criminalidad y la drogadicción, si la familia ha formado una buena base en la persona aunque sea desde la pobreza material, habrá una firmeza de espíritu para lograr una calidad de vida positiva. Esto no quiere decir que una persona no pueda tener problemas con el alcoholismo, la drogadicción o algún otro problema social, porque el ser humano es un ser imperfecto, incompleto. No obstante, con una base sólida en las virtudes cristianas y sociales, la persona puede enfrentarse ante los retos de la vida desde una perspectiva optimista.

 

Una de las preocupaciones de muchos católicos en la Isla es la proliferación de las sectas. ¿Qué está haciendo la Iglesia Católica para contrarrestarla?

Debemos fomentar un espíritu ecuménico, de diálogo y de oración para ver de qué manera todos podemos contribuir a la unidad que Jesús pidió a sus seguidores. En la medida en que se realice un diálogo respetuoso se podrán demarcar normas que fomenten el mutuo respeto entre las distintas confesiones cristianas.

Cada confesión tiene el derecho de atraer adeptos pero no de manera negativa o destructiva, sino en el amor que deben profesarse los cristianos.

Cuando fue investido como arzobispo de San Juan, usted se refirió a Puerto Rico como una nación, y al bombardeo de la Marina en Vieques como “inmoral”. Desde el primer momento se ha identificado con el pueblo, algo a lo que quizás los católicos no estaban acostumbrados. Su posición sobre Vieques le ha ganado la admiración de muchos, pero otros lo ven como enemigo. ¿Cómo explica su posición?

Desde el punto de vista antropológico y sociológico –no desde el punto de vista jurídicopolítico–, Puerto Rico es y tiene todas las características de una nación. Así como el pueblo judío, desde hace siglos y siglos ha sido descrito como una nación por su identidad y por los lazos de fe, de raza, de cultura, también en Puerto Rico, desde hace más de 500 años cuando comenzó su colonización y evangelización, se inició una nueva cultura, un nuevo pueblo, y una nueva nación.

La palabra “nación” tiene sus raíces etimológicas en la palabra “nacer”. Entonces es, sencillamente, un pueblo que nace con unas características particulares suyas. Así, en ese sentido, es que se puede afirmar la identidad nacional puertorriqueña.

La situación de Vieques es, por encima de todo, un asunto de derechos humanos y de justicia social, elementos que están en el corazón de la Doctrina Social de la Iglesia. De hecho, en 1942, cuando la Marina de Guerra de Estados Unidos comenzó a expropiar terrenos en Vieques, el entonces obispo de San Juan, James Davis, un norteamericano, protestó y no estuvo de acuerdo. Un pueblo tiene derecho a ser protagonista de su destino y en ningún momento se consultó con el de Vieques sobre el asunto de los ejercicios bélicos que se han realizado allí los últimos 60 años.

El pueblo viequense lleva seis décadas tratando de vivir en paz, sin los ejercicios militares, unos ejercicios que le han afectado sicológicamente, emocionalmente y espiritualmente. Han afectado a la industria pesquera porque los pescadores no pueden salir a pescar durante las prácticas militares. La tasa de cáncer entre los viequenses es la más alta en el país y no por un porcentaje insignificante, sino por una gran diferencia. Aunque no se ha podido comprobar científicamente que haya una relación directa, uno no puede dejar de sospechar que sí existe una relación. La ecología también ha sido destruida en parte, al igual que el tesoro arqueológico. Los últimos taínos que quedaron en Puerto Rico se refugiaron o en la montaña o en Vieques, y también su legado  arqueológico ha quedado destruido por los bombardeos.

Estamos hablando de algo que incluye los derechos humanos, la salud del pueblo viequense, su estado económico y ecológico. Son asuntos que van más allá de una política partidista y que tiene que ver con la política del bien común, con la que tiene como objetivo servir a la ciudadanía.

Habría que decir que, ahora en Puerto Rico, no hay tan sólo un consenso, sino realmente unanimidad de apoyo hacia la causa de Vieques. Me parece que es un punto muy poco discutido en estos momentos. Todavía hay algunos que lo discuten, pero es una minoría muy  pequeña.

 

¿Cuáles considera que son las diferencias entre el puertorriqueño que llega a Estados Unidos y el resto de la población inmigrante que reside aquí?

Tendría que responder esa pregunta desde el punto de vista histórico. La migración masiva de puertorriqueños hacia Estados Unidos se da en las décadas de los 50 y 60. Los primeros puertorriqueños que fueron a Nueva York llegaron a esa ciudad para los años 1860 y 1870, y durante esa época compartieron con muchos cubanos exiliados por razones políticas. A principios del siglo pasado, especialmente después de la Primera Guerra Mundial, para el año 1918, muchos puertorriqueños emigraron hacia Estados Unidos. Pero la gran migración, por decirlo así, fue después de la Segunda Guerra Mundial. Ahora mismo, el movimiento hacia Estados Unidos no es tan alto como lo fue en décadas pasadas.

Como segundo punto, los que viajaron a Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial tenían la ciudadanía. Por esa razón pudieron insertarse en el país, diríamos que con una cierta libertad de espacio por no tener la preocupación de obtener la residencia, lo que ciertamente fue una ventaja. Lo que sí tenían y tienen en común con los otros hispanos que han emigrado hacia Estados Unidos es la lengua, es la fe, la situación de pobreza, de querer superarse económicamente, las dificultades de ser aceptados en la vida social, cultural, económica.

 

El gobierno de Puerto Rico promovió una campaña a través de Estados Unidos para motivar a los puertorriqueños a inscribirse y participar en las elecciones. Pero muchos puertorriqueños no participan en la política de este país.

Eso varía de lugar en lugar. Sí es cierto que la participación puertorriqueña en el proceso electoral es mucho más alta en la Isla que en Estados Unidos.

No obstante, me parece que los puertorriqueños deben participar al máximo del proceso político ya que tienen el derecho de hacerlo y de esa manera no sólo pueden ayudarse ellos mismos, sino también a sus compatriotas en Puerto Rico y a los demás hispanos.

 

¿Qué mensaje tiene para los puertorriqueños del Sur de la Florida en esta época de Adviento y la Navidad que se avecina?

Quiero recordarles que durante el Adviento comenzamos un nuevo año litúrgico, nos preparamos para celebrar el nacimiento de Jesús y su segunda venida.

A los puertorriqueños y a todos les exhorto a que aprovechemos el Adviento para renovar nuestro compromiso como cristianos y propiciar los valores de justicia, paz, amor y misericordia del Reino de Dios. A todos, de corazón, les deseo unas felices pascuas.