Testimonio de mi esperanza

Aimé Fiuza
Los años 2001 y 2002 han sido para mí un reto, una llamada a vivir
la esperanza y a dar razón de la esperanza cristiana.
A nivel mundial y nacional múltiples sucesos (como los ataques
terroristas, la guerra, los abusos a menores por algunos
sacerdotes de nuestra Iglesia, la violencia y el fraude en todas
los ámbitos de la sociedad) me hacen buscar un apoyo, una guía
para esperar lo que espero. También a nivel personal, la muerte de
mi mamá y otros seres queridos, el sufrimiento de amigos y
familiares, el diario vivir, me han reclamado enérgicamente el
situarme entre el “ya” y el “todavía no” de la fe, del cual María,
nuestra Madre, es faro, ejemplo y camino seguro.
Al final y al comienzo del año litúrgico, la Iglesia sabiamente
propone para nuestra reflexión lecturas que nos ayudan a mirar
primeramente aquello que esperamos y aguardamos: unirnos a Cristo
para siempre y vivir totalmente trasformados en El. En segundo
lugar, nos muestra a aquella mujer, la primera creyente, que vivió
esa esperanza de un modo total y radical: María.
Durante este tiempo me he cuestionado muchas veces ¿qué es la
esperanza cristiana? Sin meterme mucho en cuestiones teologales,
creo que al igual que la fe y la caridad, la esperanza es una
manera de ser del hombre que lo relaciona con el misterio de Dios.
Más que un concepto, pensamiento o quimera fantasiosa, es una
actitud, una postura, una decisión que invita al hombre a poner el
sentido de su existencia viviendo desde Cristo, en Cristo y para
Cristo. Significa por lo tanto, vivir sumergidos en la propia
historia, pero seguros al mismo tiempo de poder trascenderla, ir
más allá de lo inmediato, asumiendo los retos y las pruebas del
amor a la luz de la felicidad eterna ya comenzada. No se trata
entonces, primordialmente, de la vida después de la muerte, del
juicio final y la salvación o condenación. Nuestra esperanza más
bien incluye una llamada a la responsabilidad, imaginación
creadora, coraje para saber emplear los talentos, productividad no
cuantificable. Es el contenido de las Bienaventuranzas (Mt 5, 35),
de los que ya alcanzan el Reino. Se trata entonces de llevar el
“ya” de nuestro ahora y aquí, de nuestro mundo, al “todavía no” de
su transformación plena (1 Cor 15, 24).
Nuestra esperanza es activa, se despliega en servicio al
necesitado. Nuestra esperanza es gozosa incluso en el sufrimiento
(Rom 12, 12), pues se puede experimentar la fuerza y el aliento
del Espíritu en medio del dolor y las tristezas cotidianas. En su
Evangelio, San Juan nos dice que la vida eterna que esperamos ya
nos ha sido otorgada (Jn 3, 15; 6, 54). Esta ha sido mi
experiencia durante este año de manera particular. ¡En medio de
las muchas muertes, he presenciado y gustado cuán bueno es el
Señor! He constatado la vida en el centro del caos personal. El
nacimiento de una nueva hija a una amiga, el apoyo y la compasión
de los que me rodean, las inspiraciones musicales compartidas, los
momentos de oración y confusión, todos estos sucesos han sido
ocasiones para arraigarme y crecer en Jesucristo, meta y plenitud
de la esperanza.
Nadie mejor que María de Nazaret puede mostrarnos cómo vivir
nuestra esperanza. Ella ha sido mi más fiel compañera y consejera
a través de mi vida. Profundamente humana y de una docilidad
inquebrantable al Espíritu, María también fue una mujer de
esperanza. Al recibir la invitación de Dios, sin comprender,
responde sí. Se apresura a sumergirse plenamente en todo lo que
conlleva ese fiat. Se reconoce radicalmente pobre, peregrina,
incapaz de participar en un plan tan sublime, pero confía
completamente en su Creador. Se entrega totalmente con alegría y
entusiasmo al proyecto divino (Lc 1, 39 ss).
Como mujer de esperanza, María constata las necesidades inmediatas
en su historia personal. En las bodas de Caná dice a su Hijo: “No
tienen vino” (Jn 2, 3). Expresa con esta frase o plegaria la
actitud de esperanza que no defrauda.
María supo del más cruel sufrimiento al ver a su Hijo crecer,
padecer y morir injustamente de una manera terrible en la cruz.
Los relatos evangélicos nos hacen ver que la grandeza de María no
consiste en haber gozado de luces excepcionales, sino en su
fidelidad a la esperanza viviendo: desde la noche hacia el
amanecer, desde la carne hacia el Espíritu, desde la muerte a la
vida definitiva. Su esperanza no la defraudó y mereció el premio
de la resurrección de su Hijo.
Citando al padre Carlos Bazarra Sánchez, puedo decir que María es
nuestra esperanza “porque Dios nos la ofrece como modelo de
esperar contra viento y marea, y porque ella nos ayuda en gesto
maternal a confiar sólo en Dios”. Por esto la llamamos “vida,
dulzura, y esperanza nuestra” al rezar la “Salve”.
Es ella quien nos muestra dónde y cómo encontrar a su Hijo en
nuestra propia historia plena de vicisitudes. Es ella quien nos
asegura la alegre esperanza al enseñarnos cómo engendrar a Cristo
y darlo a luz para todos en el cotidiano vivir. ¡María, llena de
gracia, llena de Dios, Madre de nuestra esperanza!
Especialista en programación de computadoras en el Departamento de
la Policía de Metro Dade. Está terminando su tesis para la
Maestría en Teología Pastoral.
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