La
vocación cristiana: humana y divina
Charla del padre escolapio Mario Vizcaíno en la celebración del 25
aniversario de los Ministerios Laicos, efectuada en la Universidad
Saint Thomas el 16 de noviembre.

“El Reino es lo que impera dentro de mi vida y la pone en
sintonía con Dios, y me reorienta del yo al tú, de en vez de
vivir para mí, entender mi vida como servicio para los otros”,
dice el padre Mario Vizcaíno ante más de 100 laicos que están o
han estado en el programa de formación. (Foto: Dora Amador
Morales)
¿Qué estamos celebrando? Estamos celebrando los 25 años de un
servicio de la Iglesia a través del programa de Ministerios
Laicos. Un programa que ha tratado siempre de adaptarse a las
necesidades de los tiempos y lo sigue haciendo, que se ha abierto
a todas todas las culturas porque es inclusivo, va incorporando a
su ministerio a las personas de diferentes culturas que van
llegando a la Arquidiócesis de Miami.
Este es un programa que fluye de la espiritualidad y va hacia el
servicio, que vive el ministerio eclesial dentro de la Iglesia y
para el mundo.
Pero hoy celebramos una cosa más profunda: lo que ustedes son:
bautizados con una vocación y un ministerio. Personas que, creadas
a imagen y semejanza de Dios, reciben una llamada profunda, que es
la vocación cristiana, que en definitiva es vocación divina. Es la
vocación a ser santos, que a través de la presencia de Dios en su
propio ser se va humanizando cada día más y va llegando a esa
cumbre de la humanización a la que llegó Jesucristo. Van llegando
a esa vida divina que tiene que crecer dentro de ustedes con la
presencia del amor de Dios que va poseyéndolos, transformándolos y
haciéndolos cada día más diáfanos, sin esa mezcla de malicia y
sabiduría mundana que constantemente nos está acosando y hace que
nuestra vida mu-chas veces no sea lo transparente que debería ser.
El cristiano viene al mundo con la vocación de recrear en sí mismo
el hombre y la mujer nuevos, el nuevo Adán. Y estamos metidos en
el misterio profundo de ese nuevo Adán que es Cristo. “Yo soy la
vid y ustedes son los sarmientos”, dijo el Señor.
La misma vida que corre por el tronco tiene que correr por las
ramas; por el tronco corre vida divina. La vida que tiene que
correr dentro de nosotros es la vida divina de Dios, que nos
trasforma, nos renueva y nos lanza después para impartir su amor.
Pero no es cuestión de que deje mi familia y mi trabajo, sino que
todo lo que yo haga diariamente tenga una intención: la
construcción del Reino en todas mis relaciones humanas, en todos
mis trabajos humanos, porque todo tiene que estar imbuído de una
vivencia de Dios que se convierte en testimonio delante de mis
compañeros de trabajo, en mensaje en medio de mi familia, en
evangelización en medio de mis hijos, de mis amigos, de la
sociedad.
Hay una historia que a mí siempre me ha gustado. Se la oí a un
profesor del SEPI y la he usado mucho porque me encanta, y dice
así: cuando se estaba construyendo la Catedral de Notre Dame, el
Cardenal de París bajó a ver las obras de los trabajadores. El
Cardenal se acercó a un primer trabajador que estaba trabajando
las priedras con un cincel y un martillo, y le preguntó: “¿Qué
haces?” Y el obrero lo miró con una cara extrañada, preguntándose,
¿no se da cuenta de lo que yo estoy haciendo?
Le dijo: “Estoy machacando piedra, estoy cortando piedra”. El
Cardenal le dijo: “¡Ah! Ya veo”.
Se acercó a otro trabajador que estaba al lado de él haciendo lo
mismo y le preguntó: “¿Qué haces?” Y este trabajador le dijo:
“Estoy construyendo la catedral más hermosa que existe en el mundo
para gloria de Dios”.
Pregunto: La mayoría de los cristianos, ¿machacamos piedras o
construimos el Reino? Esa es la diferencia de una vida cristiana
iluminada, entendida, con una intencionalidad clara, o una vida
cristiana rutinaria que va a misa los domingos y comulga. Esos no
saben lo que están haciendo. ¡Qué lindo sería si la mayoría de los
cristianos supiéramos cuál es la vocación para la cual hemos sido
llamados, y cuál es la misión que tenemos que hacer en este mundo!
La vocación es divina, la vocación es santidad. Es vivir el Reino
dentro de mí mismo personalmente para después poderlo expandir
socialmente, porque nadie da lo que no tiene. Si lo tenemos, si lo
vivimos, si es experiencia vital dentro de nosotros, si entendemos
de qué se trata, lo damos. Si no lo tenemos, si no es experiencia
vital en nosotros, no lo transmitimos.
Aunque sepamos toda la teología del mundo, si no es experiencia
de Jesús transformándome, renovándome, reorientándome, no tiene
trascendencia.
Estamos celebrando eso, el esfuerzo de ser más conscientes de
nuestra propia vocación y de nuestra propia misión en este mundo.
Al dar una respuesta al interrogante de quiénes son los fieles
laicos, el Concilio Vaticano II, superando interpretaciones
precedentes negativas, se abrió a una visión positiva y ha
manifestado su intención fundamental, al afirmar la plena
pertenencia de los fieles laicos a la Iglesia y el carácter
peculiar de su vocación a la santidad.
Por lo tanto, los laicos deben tener conciencia cada vez más clara
no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia.
Dice el Papa Juan Pablo II que no hay verdadera Nueva
Evange-lización si ustedes no evangelizan, porque sin la presencia
de los seglares, la evangelización no llega a todos los rincones
del mundo. Si ustedes evangelizan, el Evangelio llega a todos los
rinconcitos donde ustedes están. Aquí hay 110 personas, tal vez.
Si estas 110 personas, cada una en su lugar, lleva la presencia de
Dios y santifica ese lugar con la presencia de Dios, ahí va a
llegar el Evangelio.
El Reino de Dios es lo que impera dentro de mi vida y la pone en
sintonía con Dios, y me reorienta del yo al tú, de en vez de vivir
para mí, entender mi vida como servicio para los otros. Porque la
reorientación de mi vida hacia el otro no es otra cosa que el
primer mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y amarás
al prójimo como a ti mismo”.
Sólo hace falta dejarse poseer por Dios. Es en ese dejar que
Jesucristo crezca en mí que está mi perfección humana y, al final
de todo, mi perfección divina.
El proceso de los ministerios laicos fluye de esa espiritualidad
de Dios, poseyéndolo a uno y transformándolo a uno para el
ministerio.
Director del Instituto Pastoral del Sureste (SEPI), organización
misionera y educativa que lleva el Evangelio de Jesucristo a los
hispanos de toda la región sureste de Estados Unidos.
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