Si un millón 300 mil niños fueran muertos a golpes todos los años por
sus padres o sus tutores, el clamor de los medios de información y del
público sería ensordecedor.
El hecho es que un millón 300 mil niños son muertos todos los años por
sus propias madres, gracias al aborto legalizado. ¿Dónde está el clamor?
¿Dónde está la indignación?
El aborto a solicitud de la madre, incluso el aborto de una criatura
parcialmente nacida, en la fase final del embarazo, sigue siendo legal a
pesar de todos los esfuerzos hechos durante estos 30 años para revertir
las consecuencias de la decisión de la Corte Suprema en el caso Roe
contra Wade.
Al recordar este triste aniversario,
sin embargo, también tenemos buenas noticias. Según una encuesta
realizada por la agencia Gallup en agosto de 2001, un mayor porcentaje
de personas se define ahora en favor de la vida. De hecho, el porcentaje
de quienes se declararon “pro-vida” igualó al de quienes se definieron
en favor de la opción de abortar. Según la agencia, esto representa un
cambio significativo, ya que “antes de 1996, los estadounidenses eran
más propensos que ahora a definirse en favor de la opción de abortar”.
Por supuesto, nuestra nación sigue estando profundamente dividida en
torno a la cuestión del aborto. Pero hay pruebas de que el inconmovible
movimiento en favor de la vida ha comenzado a surtir efecto.
Irónicamente, el éxito logrado por los defensores del aborto en ampliar
el derecho legal de los padres a matar a sus hijos, ha contribuido a
cambiar la opinión de la gente.
Como los obispos católicos estadounidenses señalaron en “Un asunto del
corazón”, una declaración emitida para conmemorar el trigésimo
aniversario del caso Roe contra Wade, “la mayoría de los estadounidenses
se siente sorprendida y perturbada por la falta de frenos legales al
aborto. La mayoría sabe que las cosas han ido demasiado lejos”.
Éste parece ser el primer mito sobre el aborto que el movimiento
“pro-vida” ha sido capaz de despejar: el de que el aborto es legal sólo
durante los tres primeros meses del embarazo. De hecho, indican los
obispos, “mientras el caso Roe contra Wade pareció crear un derecho con
ciertas limitaciones, el caso Doe contra Bolton, que se decidió el mismo
día, borró tales limitaciones, al crear una excepción por motivos de
“salud” tan amplia, que en realidad admite el aborto por cualquier razón
y en cualquier momento.
La falta de todo límite al aborto legal nunca ha sido más evidente que
en el caso Stenberg contra Carhart, de 2000, cuando la Corte Suprema
dictaminó que ni siquiera el horrible procedimiento del aborto por
nacimiento parcial podía restringirse.
Sin duda, el debate sobre el aborto por nacimiento parcial ha ayudado al
movimiento “pro-vida”. Lo mismo han hecho los adelantos técnicos
logrados en la medicina, como la tecnología de ultrasonido, que permite
a los padres ver e incluso filmar los movimientos de sus hijos por nacer
a través de las paredes uterinas.
Otra buena noticia es la disminución en el número de abortos, y el hecho
de que hay menos médicos dispuestos a realizarlos. Como los obispos
señalan: “Muchas personas que llegaban a la adultez en el momento de [la
decisión sobre el caso] Roe, veían con esperanza lo que esto, según se
afirmó, les prometía: poner fin a la pobreza y al abuso. ¿Quién no
aspiraría a esto? Pero la legalización del aborto prometió lo que no
podía cumplir. Prometió a las mujeres la libertad para participar más
plenamente en la vida de la sociedad, pero les quitó a sus hijos y les
destrozó el corazón”.
En este trigésimo aniversario del caso Roe contra Wade, renovemos
nuestro compromiso para cambiar la ley. Pero reconozcamos, también, que
las leyes son sólo una mitad de la ecuación. Para lograr que ésta sea
una sociedad donde se respete la vida, desde el nacimiento hasta la
muerte natural, tenemos que cambiar los corazones de la gente. Y la
manera de hacerlo es imitando el ministerio de compasión ejercido por
Jesús.
Hoy, en nombre de nuestras oficinas arquidiocesanas de Respeto a la
Vida, y de los innumerables voluntarios que trabajan en ellas, me
comprometo a que esta arquidiócesis cumpla el juramento hecho por los
obispos estadounidenses en “Un asunto del corazón”:
“Renovamos nuestra oferta de ayuda a cualquier mujer que esté pensando
en recurrir al aborto: si se sienten abrumadas por las decisiones que
encaran; si no pueden costear la atención médica; si no tienen donde
vivir o se sienten desamparadas, o en cualquier otra cosa que necesiten,
nosotros las ayudaremos. La Iglesia y sus ministros, inspirados por la
palabra y la obra de Jesucristo, las ayudarán con compasión y sin
condenación alguna”.