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La aventura de decir sí

P. Pedro Corces
Cuando una persona se compromete a
servir a Cristo toda su vida, se embarca en una aventura que
estará llena de sorpresas, pero, por mucho que crea esto, no está
preparada hasta que esa “aventura” aparece en el horizonte. La fe
y la confianza en Él comienzan a ser probadas y a manifestarse en
un sí que antes no se había dicho, aunque se hubiese pensado lo
contrario.
Van a hacer siete años que eso me pasó a mí. Yo estaba tranquilo
en la parroquia San Agustín, en Coral Gables, trabajando con los
estudiantes de la Universidad de Miami en el ministerio de los
enfermos de sida. Hacía dos años que había llegado a esa parroquia,
después de haber pasado largo tiempo en Corpus Christi, una
parroquia muy diferente a San Agustín. ¡La adaptación me había
costado horrores! Pero poco a poco iba adelante, ya con más calma
y cierta paz.
Un día me llamó el arzobispo Favalora, quien apenas llevaba un año
como pastor en esta Arquidiócesis. Me pidió reunirme con él en la
parroquia St. John Neumman. Ya yo sabía que habría un cambio de
ministerio. Generalmente, este tipo de llamada es para eso. Pero
no estaba preparado para la aventura que el Espíritu Santo me
ponía por delante, en boca de mi Arzobispo.
Muy gentilmente, quizás conociendo las implicaciones de lo que me
iba a pedir, me preguntó si estaba dispuesto a aceptar el puesto
de Director de Vocaciones en la Arquidiócesis de Miami. No sé qué
cara de espanto habré puesto, porque me preguntó, muy preocupado,
si era una petición que me llevaba al punto de enfermarme del
estómago. Si era así, dijo, pensaría entonces en otra persona. No
sé ni cómo ni por qué, pero la respuesta, después de unos segundos
de recuperacion, fue sí.
Empecé ese ministerio sin saber nada; no tenía la menor idea de
qué hacer y de cómo hacerlo. Era un campo nuevo, diferente. Lleno
de expectativas y grandes presiones. Yo tenía que atraer a la
Arquidiócesis nuevas y buenas vocaciones. Muchos pensaban que
tenía la varita mágica para esto: experiencia pastoral, estar
feliz con mi ministerio sacerdotal, conexiones. Éste fue el error
mío y de los demás: ¡creer esto! Ha sido el Espíritu de Cristo
quien por siete años ha dirigido este ministerio.
Ha sido una experiencia profundísima de la providencia de Dios, de
pasar por momentos donde todo dependía únicamente de Cristo y de
la libertad de otro ser humano. Ha sido un ministerio donde he
podido contemplar el misterio de la vida interior de hombres
jóvenes, y a veces no tan jóvenes, donde se “cocina” una gran
pasión por Jesús, por su pueblo y por servir y encontrar la verdad.
Los “muchachos” me han dado fuerza, esperanza en el futuro de esta
Iglesia. He podido confirmar diariamente que el Espíritu del
Resucitado sigue en medio de nosotros, y sigue llamando, no a los
sabios, poderosos o santurrones… sino a hombres frágiles, rotos,
débiles y limitados… y gracias a esto precisamente, se ve y
experimenta la Gloria de Dios y su Gracia, en la cual todo lo
podemos, y así nadie puede gloriarse en sus propias virtudes, sino
en la bondad y generosidad de Dios, que nos sigue llamando.
Hemos pasado momentos muy difíciles en nuestra Iglesia durante el
reciente año, precisamente debido a los errores de soberbia y
orgullo de algunos clérigos. Pienso que la virtud principal que ha
de esperarse de esta nueva vida que surge en las vocaciones
sacerdotales, que nacen y se forman en nuestros seminarios, será
la humildad y pobreza de espíritu. Lo veo en muchos de nuestros
muchachos: un gran deseo de servir al Pueblo de Dios, al Cuerpo de
Cristo, pero sin olvidarse de dónde salieron, quiénes son, y que
como tú y yo, dependen totalmente de la providencia divina.
Es una aventura que ha valido la pena. Un sí que aún no sé de
dónde me salió, pero que hoy, cuando me vuelvo hacia atrás para
mirar estos siete años, le doy gracias a Dios porque salió de mi
boca.
Quizás han sido así los sí que hemos dado a través de nuestra vida:
No sabemos de dónde salieron, pero con el tiempo vemos la mano de
Dios detrás de ellos. Que siempre podamos decir sí.
Director de vocaciones de la Arquidiócesis de Miami.
vocdirector@miamiarch.org
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