“Que nadie nos diseñe transiciones para Cuba”
Oswaldo Payá defiende el “derecho a los derechos” y la libertad
religiosa

Monseñor Agustín Román y el Ministro presbiteriano Martín M.
Añorga, imponen el símbolo del Centenario de la República de
Cuba a Oswaldo Payá, a nombre de los líderes religiosos de
distintas denominaciones en la diáspora. (Foto: Dora Amador)
Araceli Cantero Guibert
La Voz Católica
MADRID – Al recibir el Premio Sájarov del Parlamento Europeo en
favor de los derechos humanos y de la libertad de pensamiento, el
disidente cubano Oswaldo Payá, fundador del Movimiento Cristiano
Liberación, ofreció tal honor al “Señor de la historia que nace en
un pesebre de Belén”. Y junto al premio ofreció “toda la esperanza
del pueblo cubano, creyentes y no creyentes”.
Pero su sorpresa fue constatar que, al finalizar el acto del 17 de
diciembre en Estrasburgo, Francia, algunas personas se le
acercaron a felicitarle por haber tenido el valor de mencionar a
Dios, al tiempo que le decían: “Mira, no es usual aquí que alguien
mencione a Dios”.
Para Payá, no hacerlo “hubiera sido un contraste y una traición,
precisamente en este momento en que salgo al mundo libre”, dijo en
una entrevista en Madrid, mientras esperaba la confirmación de
múltiples contactos con personalidades del mundo político en
Europa y una cita con el Papa Juan Pablo II.
“Los cristianos también tenemos libertad de expresión, y no voy a
dejar de decir lo que siento en el corazón, por complejo ante un
mundo secular, cuando lo he hecho en la persecución. O ¿es que se
está perdiendo la libertad religiosa en el mundo secularizado?”
En la sede de la fundación Hispano-Cubana en Madrid, Oswaldo Payá
interrumpía la entrevista para responder a las continuas llamadas
que le pasaba su hermano Carlos a través de un teléfono móvil.
Que “nadie nos diseñe transiciones para Cuba”, afirmaba Payá con
determinación. “Nosotros tenemos no sólo buena voluntad, sino
todas las capacidades para, a partir de nuestros valores e
identidad, y recogiendo todo el amor de muchos años y todo el
trabajo, construir nuestro propio proyecto de nación”.
Lo que Payá pide al mundo es solidaridad con el pueblo cubano, que
ha de ser el protagonista de su propio destino. El problema,
señala, es que durante muchos años “el mundo ha creído que en Cuba
sólo ocurre lo que Fidel Castro quiere, y los periodistas,
políticos y diplomáticos no preguntan por lo que está ocurriendo
en el seno del pueblo, sino por lo que permitiría Castro”. Es una
mentalidad muy reaccionaria, dice, porque sólo se acepta como
protagonista al poder establecido. Él afirma que “no podemos
cambiar primero la imagen que el mundo tiene de Cuba para después
cambiar a Cuba. No podemos esperar tanto”.
Cuba está cambiando, afirma. “Está cambiando el corazón y la
mentalidad del pueblo cubano, que ha estado sometida por el miedo”.
Payá aporta como prueba la respuesta que está recibiendo el
Proyecto Varela, iniciado por él hace años, y por el que miles de
personas han perdido el miedo a poner su firma para exigir “el
derecho a sus derechos”. Es lo que Payá califica de un acto
heroico y un gesto de liberación personal y de solidaridad. El
Proyecto Varela, que se inspira en la figura del patriota cubano
Padre Félix Varela, se inició con la voluntad de lograr cambios
por el testimonio personal y, a través de lo que llaman
“obediencia civil”, demostrar, por vías legales, que es el
gobierno el que viola su propia ley.
El Proyecto se apoya en la Constitución de la República de Cuba,
que garantiza a los ciudadanos el derecho a proponer cambios en el
orden jurídico y también ofrece los procedimientos para que,
mediante la consulta popular, el pueblo decida. La Constitución
garantiza el derecho a realizar procesos semejantes bajo los
artículos 63 y 68.
Después de lanzarse el Proyecto Varela, Fidel Castro organizó su
propia campaña hasta lograr, el pasado año, una enmienda que hizo
“intocable” la constitución cubana. Es lo que Payá califica de
“maniobra y ‘cortina de humo’ que no nos paraliza”. El Movimiento
ha recogido ya más de 11,000 firmas. La petición se entrega en
mano a ciudadanos con derecho a voto, y después de tener su
consentimiento. Cada ciudadano la devuelve, firmada o no. El texto
de la petición pide a la Asamblea Nacional del Poder Popular, que
someta a consulta popular, mediante un referendo, cinco propuestas,
a saber:
• Derecho a asociarse libremente.
• Derecho a la libertad de expresión y prensa.
• Amnistía para los presos políticos condenados por actos no
violentos.
• Derechos de los cubanos a formar empresas.
• Una nueva ley electoral.
Y aunque Payá está convencido de que “el factor de cambio en Cuba
es la movilización del pueblo”, reconoce que hacer que esto se
entienda “es lo que más trabajo nos cuesta, porque el mundo
democrático, el llamado mundo libre, no está preparado para verlo,
y cuando mira hacia Cuba lo hace a través de Estados Unidos, o a
través de ciertos espejismos en los que sólo ve un habitante: a
Fidel Castro”.
Para Payá, la clave está en liberar a la gente del miedo en que se
apoya el régimen para dominar. Está convencido de que “cuando la
persona pierde el miedo y esto empieza a comunicarse de voz en voz,
se pierden las bases de sustentación del régimen a todos los
niveles”.
“Vengo de un país en donde, por muchos años, la gente dejó de
hablar de Dios por miedo, pero ni yo, ni mi familia, ni mi pequeña
comunidad, renunciamos a practicar nuestra fe ni a proclamarla”,
dice al referirse a la sorpresa ante su discurso en la Unión
Europea. Pero se apresura a aclarar que él está en “contra de
todos los fundamentalismos”.
Y acostumbrado a “proclamar mi fe donde gusta y donde no gusta”.
El hacerlo le ha valido la persecución y la cárcel.
El precio de ser católico en Cuba
Habanero
y católico de toda la vida, Oswaldo Payá ha vivido las
dificultades que han pasado los creyentes en Cuba. Aún recuerda el
día en que su madre recogió a los siete hermanos en una habitación
de la casa, y agachados esperaban lo peor mientras las turbas
gritaban afuera: “¡Gusanos, al paredón!”. El único delito de sus
padres había sido educar a los hijos en la fe. Cada domingo iban
solitos a misa, entre las miradas y palabras desagradables.
“Me parecía normal que si iba a ser católico, me tendría que
acostumbrar a aquello”, recuerda Payá, quien nació en 1952 y
estudió en una escuelita de barrio con los hermanos maristas. No
olvida los comentarios de su madre el 1ro. de enero de 1959: “Se
acabó la guerra, ganó Fidel y perdió Batista”. Payá dice que era
la primera vez que los oía nombrar, ya que su familia no estaba
implicada en la política, ni tampoco era de dinero. “Nunca
pensamos marcharnos… pero tampoco nos sometimos”.
A los siete años, Payá no tenía categorías políticas, pero estaba
dispuesto a sufrir por la fe. En su mente y en su corazón
permanece fresca la imagen de un sacerdote con la cara llena de
sangre, por las pedradas recibidas en la calle. Él era un niño y
le acompañaba, como monaguillo, a llevar la comunión a los
enfermos. Recuerda también cómo “salíamos a misa los domingos, los
cinco hermanos, y la gente nos gritaba ‘gusanitos’, ‘monaguillos’...
Nuestra identidad católica era grande,” señala.
La familia se reunía en casa de los abuelos, y juntos iban a Misa,
pero el 19 de marzo de 1961 los adultos tuvieron el presentimiento
de que algo fuerte iba a ocurrir. Decidieron que no debían ir los
niños. Y así fue: la iglesia fue atacada por las turbas, y los
adultos regresaron llenos de golpes y de sangre.
Payá recuerda que, “sin saber lo que era un obispo o una carta
pastoral, crecí con fuertes convicciones”. Ya joven, fue al
servicio militar obligatorio, que en los años 60 trataba de
“reeducar” a la juventud con métodos comparables a los de los
campos de concentración. Y cuando se presentó en la universidad
para estudiar física pura, quienes le entrevistaron, “muy amables,
trataban ayudarme diciéndome que yo sólo era católico porque me
obligaban mis padres.”
Activo en su parroquia, colaboró en la acción pastoral en La
Habana, y después en el nivel nacional, durante la reflexión de
varios años que preparó a los católicos para el Encuentro Nacional
Eclesial Cubano (1986), a los 25 años de la revolución castrista.
Su compromiso de fe y su clara vocación laical de transformación
del mundo, le llevaron a plantearse seriamente la aplicación de la
doctrina social de la Iglesia. Le parecía que la Iglesia debía
tener una postura más clara de denuncia.
Lejos de querer comprometer a la Iglesia, y para evitar los
recelos, Payá y el grupo que por los años 80 se había constituido
en una “peña católica de reflexión”, optó por crear el Movimiento
Cristiano Liberación.
Dejaron de reunirse en un salón parroquial y decidieron “salir de
la Iglesia”, conscientes de que “no podemos pedirle a un obispo
que haga esto o aquello, sino hacerlo nosotros en la calle según
nuestra vocación laical”.
El punto de partida del Movimiento –que no se define como un
partido político– es el Evangelio, y la clave es la liberación,
“porque es lo que necesita nuestro pueblo”. A pesar de su
inspiración cristiana, no es un movimiento sólo para católicos.
“No soy un héroe”, dice. “Salí de Cuba porque me dejaron, pero
regreso a mi país, y no hay quien me lo impida. Estamos llevando
una lucha muy dura allá dentro, y no estoy para juegos ni
especulaciones”.
Para Payá, el premio Sájarov es ya un reconocimiento, desde fuera
de Cuba, que le dice al pueblo cubano: “reconocemos tu derecho a
los derechos”.
Por eso dice, convencido, que “no todo es fatalista”, y que “se da
ya en el mundo un despertar a favor del pueblo cubano”.
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