La
guerra, el patriotismo y nuestro espíritu
Sheila García
La mañana del domingo 16 de septiembre de 2001, fue una mañana
diferente. Grandes lazos de cintas rojas, blancas y azules
adornaban las puertas de la iglesia. En el interior, arreglos
florales de simbolismo patriótico y pequeñas banderas rodeaban el
altar. La liturgia comenzó con una fervorosa interpretación de
Dios Bendiga a América. Cinco días después de los ataques
terroristas, una ola de patriotismo se extendía por los Estados
Unidos.
Como muchos estadounidenses, compartí con entusiasmo el
resurgimiento del espíritu patriótico. El amor al país natal se
considera, generalmente, una virtud; el Catecismo de la Iglesia
Católica nos dice que este amor proviene de la gratitud, y que
pertenece al orden de la caridad.
En los meses recientes, las conversaciones sobre la guerra y el
debate congresional sobre la resolución de una guerra contra Iraq,
han llevado a algunos a cuestionar el significado del patriotismo.
Se preguntan si el amor al país natal puede, en ocasiones, entrar
en conflicto con el compromiso con ciertos valores religiosos y
espirituales.
Una feligresa, disgustada porque su pastor se valió de una homilía
para cuestionar una posible guerra con Iraq, lo acusó de utilizar
el púlpito con propósitos políticos. Para ella, en tiempos
difíciles los ciudadanos deben unirse para apoyar la política de
su gobierno.
Otros piensan que, incluso en tiempos de guerra o de inminencia de
guerra, las acciones del gobierno deben evaluarse a la luz de
ciertos criterios morales. Para algunos estadounidenses, el debate
sobre la guerra contra Iraq resultó ser especialmente perturbador,
pues sentían el llamado de su lealtad al país, pero también se
preguntaban si un conflicto armado contra Iraq podría satisfacer
el criterio de una guerra justa.
La mayoría de nosotros prefiere la certeza a la ambigüedad.
Queremos una respuesta segura a la pregunta: “¿Qué nos pediría
Dios que hiciéramos?” Pero en este caso, tal como señalaron los
obispos estadounidenses, no había respuestas fáciles. Sí había, en
cambio, una oportunidad para profundizar en la espiritualidad y
renovar la vida de oración. En ocasiones, nos acercamos a la
oración con una decisión en nuestras mentes. Sólo queremos que
Dios nos ratifique la decisión que ya hemos tomado. Las cuestiones
complejas, sin embargo, nos invitan a asumir una actitud de
humildad ante Dios. En el silencio de nuestros corazones, podemos
reconocer nuestras dudas y temores, y abrirnos a la guía del
Espíritu Santo. Es posible que nos sintamos sorprendidos por un
discernimiento nuevo, o por una nueva forma de ver la cuestión.
Tenemos también una oportunidad para practicar la humildad ante
otros. Podemos escuchar lo que otros, especialmente nuestros
líderes morales, dicen. Podríamos hacer un esfuerzo por buscar una
variedad de opiniones. Al hacer esto, reconocemos que otros,
además de nosotros, podrían tener una parte de la verdad.
Temas como la guerra y la paz, y como el significado del
patriotismo, pueden parecer casi demasiado grandes y excesivos
para que un individuo llegue a conclusiones sobre ellos. El amor a
Dios y el amor al país requieren, sin embargo, que interioricemos
estas cuestiones en nuestras mentes y corazones, para valorarlas y
para actuar.
Directora adjunta del Secretariado de los Obispos Estadounidenses
para la Familia, los Laicos, las Mujeres y la Juventud.
Catholic News Service
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