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Místicos en la globalización

“La máxima experiencia mística, al límite del misterio, es la que vive Jesús en el abandono de la Cruz. Y con Él muchos santos, que trasforman el dolor en amor”, dice Jesús Castellano Cervera, vicerrector de la Pontificia Facultad de Teología Teresianum, de Roma. ¿Qué es la mística? ¿Se puede ser místico en el siglo XXI, entre la globalización y las guerras? El carmelita descalzo Castellano Cervera responde en esta entrevista a estas y otras preguntas, y analiza cuál es la relación entre mística y política, y quiénes son los místicos auténticos.

¿Quiénes son los místicos de nuestro tiempo?

Ante todo, habría que aclarar lo que entendemos por mística.

Si se trata de la experiencia extraordinaria de Dios, que va más allá de nuestros méritos y de nuestras técnicas, los místicos suelen permanecer escondidos en el silencio de Dios, y su experiencia se refleja en algunos escritos, y en sus obras apostólicas. Sólo cuando termina su vida se aprecia su experiencia mística, como se ve ahora en los escritos de Teresa de Calcuta.

Si se trata de personas que ofrecen un mensaje de supuesto origen divino, es necesario el juicio prudente de la Iglesia para no caer en el error. Hay muchos “mensajes” en nombre de Dios, de la Virgen y de los Santos, en Internet.

Sin embargo, hay más místicos auténticos de lo que se piensa. Yo conozco a personas que tienen una auténtica experiencia de Dios, pero prefiero callar sus nombres. Dios los descubrirá en el momento oportuno.

Castilla ha sido un semillero de místicos; ¿hay alguna relación entre mística y geografía?

La mística tiene su geografía y su historia, su arraigo cultural y sus condicionamientos humanos. De Castilla se ha dicho que es una tierra donde se vive mirando al cielo.

Ávila es como un castillo interior habitado por la majestad de Dios. Toledo tiene su embrujo religioso como ciudad de las tres místicas: la cristiana, la hebrea y la musulmana. Pero la geografía no es el factor determinante de la mística. Lo es más bien la historia, la cultura, el momento en que vive la Iglesia, ya que el místico es un enviado de Dios que tiene una experiencia cristiana y eclesial muy cercana a los problemas de la vida de la Iglesia, con capacidad de abrir nuevos cauces en la comprensión del mensaje evangélico. Los místicos actuales sienten, viven, propagan los grandes mensajes de un Dios que habla a la postmodernidad y abre nuevos cauces a la evangelización.

Hay quien vincula mística con depresión, mística con epilepsia… ¿Le parece que esto responde a una incomprensión del fenómeno místico?

Siempre ha habido deformaciones en la comprensión de la mística. La acusación de histerismo es un lugar común en las interpretaciones de la mística, desde principios del siglo XX. Habría que remitirnos a la autoridad de un sabio como H. Bergson, que hizo una extraordinaria apología de los místicos católicos al ver en ellos el realismo, el equilibrio, la humanidad, la capacidad de acción y de relación... Basta compulsar la experiencia mística de Teresa de Jesús con su actividad de Fundadora, el realismo de sus Cartas, su humor y su humanismo, para ver que los místicos son un esplendor de humanidad.

En los místicos que conozco, admiro sobre todo su equilibrio humano y su capacidad de acción.

La verdadera experiencia mística mantiene el equilibrio de la persona humana, incluso en fuertes purificaciones pasivas que para muchos podrían rayar en la locura o en la desesperación...Y sin embargo, se mantiene y se profundiza en ellos la humildad, la mansedumbre, la misericordia, la comprensión de la fragilidad humana. Como Teresa de Lisieux, comprenden a los que sufren la tentación del suicidio. O como el monje ortodoxo Silvano del Monte Athos, saben conservar su alma en el infierno de la prueba sin perder la esperanza de la salvación.

H. U. Von Balthasar y Chiara Lubich nos enseñan que la máxima experiencia mística, al límite del misterio, es la que vive Jesús en el abandono de la Cruz. Y con él muchos santos, que trasforman el dolor en amor.

El interés de tanta gente por la mística, ¿puede responder al deseo de evadirse de una realidad caótica y compleja?

La mística verdadera está muy lejos de ser una evasión de la realidad... Es Dios mismo quien lanza a las personas por los caminos de la historia. El místico mira las cosas de este mundo con la misma ternura de Dios. Y no se queda inactivo. Vive una mística apostólica.

Mística y política: ¿relación o antinomia?

El místico quiere ser una presencia que traduce en palabras y obras, en sugerencias para la Iglesia, la voluntad de Dios. Si por política se entiende ese “hacer de Dios”, la traducción en obras apostólicas de lo que es el plan de Dios, no encuentro oposición entre mística y política.

Pero no todos los místicos tienen la mis-ma función. En algunos prevalece la gracia del conocimiento de Dios y de sus misterios. En otros prima la gracia de la renovación personal y comunitaria. En otros hay una gracia de profecía y una misión eclesial política. Pienso en Catalina de Siena, en Brígida y en Edith Stein, que escribió a Pío XI en defensa de su pueblo. Hay místicos que tienen esta función profética en la Iglesia y en el mundo: afirmar con fuerza los derechos de Dios, y su santa voluntad contra los abusos de los poderosos.

¿Cuál sería la respuesta de un místico ante la amenaza de la guerra?

Sin duda, una condena total de quien se arrogue el derecho de ser intérprete de las necesidades de la humanidad recurriendo a la violencia.

El místico dice con fuerza que sólo Dios es Dios. Afirma con una nitidez absoluta que la voluntad de Dios es la paz y la reconciliación, el perdón y la concordia. Siente la misma ternura de Dios por todos sus hijos, y los ve como hermanos, miembros de la misma familia. Un místico de hoy condenaría la guerra sin ambages.

–Zenit