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Un profeta en medio de nosotros

Adele González
Hace unos días experimenté lo que leemos en el libro del profeta
Ezequiel: “Hayamos escuchado o no, hubo un profeta en medio de
nosotros”. (Ez 2,5.) La visita de Oswaldo Payá a Miami ha tocado
profundamente mi experiencia de exiliada y de cubana en la
diáspora. Por 41 años he vivido fuera de Cuba, y durante este
tiempo, mis emociones han sido profundas y diversas. La fibra que
entrelazaba a todas ellas era siempre el sentimiento de ser
extranjera, de no pertenecer ni a la Cuba de ahora, ni a la Cuba
de algunos exiliados. Este sentimiento es endémico a la condición
de emigrante; es como un estar remando entre dos tierras sin estar
segura de a dónde hay que dirigir la barca.
Como la mayoría de los jóvenes, fui muy idealista. Viví mis
primeros 17 años en Cuba, convencida de que si luchaba
incansablemente, me convertiría en una protagonista central del
proceso de sanación en mi patria. Primero soñé con la Revolución;
luego me decepcioné de ella. Eventualmente, adopté una posición
escéptica ante toda posible respuesta política o económica a la
cuestión cubana. Desde mi pequeño rincón del universo, acepté que
ninguna revolución sería capaz de poner fin a la explotación del
ser humano por el ser humano, y que ningún embargo podría matar
una ideología; que ni los americanos eran la salvación de Cuba,
ni los cubanos en Miami o en la Isla, por nuestra cuenta,
podríamos entender o solucionar el complejo desafío de esta
pequeña isla del Caribe.
Sin embargo, la visita de Oswaldo Payá en enero, injertó un
elemento distinto en mi experiencia de exilio: por primera vez en
más de cuatro décadas he sentido de nuevo el idealismo y la
esperanza que pensé habían muerto cuando salí de Cuba.
Reconozco que tengo miedo a ilusionarme y a pensar que nos espera
un futuro mejor, y como no confío en las respuestas simplistas de
lo político y lo económico, por perfectas que parezcan ser, he
buscado una alternativa en mi fe, que está arraigada en la
experiencia de Dios de mi tradición judeo-cristiana.
Hace aproximadamente 900 años, el pueblo judío sufrió uno de los
exilios más difíciles de su historia: el exilio en Babilonia. Una
vez más el pueblo se encontraba fuera de la tierra prometida.
Como ellos creían firmemente que la tierra era un don de Yahvé,
su Dios, para ellos poseer la tierra y la experiencia de Dios
eran cosas que estaban estrechamente unidas. Especialmente la
comunidad de Jerusalén, que era donde se encontraba el Templo,
sentía que la presencia de Yahvé estaba en la ciudad, ya que el
Templo era la morada de Dios entre su pueblo. El dolor de los
exiliados era indescriptible. Abundaban sentimientos de desarraigo
y profunda tristeza, al igual que de odio y deseos de venganza. En
Babilonia se escribe el salmo 137, conocido como la Balada del
Desterrado, en que el salmista canta: “A orillas de los ríos de
Babilonia, estábamos llorando… Allí mismo nos pidieron cánticos
nuestros deportadores… ¿Cómo podríamos cantar un canto de Yahvé
en un país extranjero?” (Salmo 137, 1-4.)
¡Cuántas veces me he sentido así, aislada y extranjera!
Especialmente al principio del exilio tenía la necesidad de buscar
a alguien a quien culpar por todos los males de Cuba. Mi primer
“chivo expiatorio” fueron los Estados Unidos, el monstruo, el
todopoderoso. Después de algún tiempo culpé a las generaciones de
políticos cubanos que, en mi opinion, habían puesto sus intereses
por encima del bienestar de Cuba. La tendencia de culpar a otros
por nuestros problemas comienza con Adán y Eva. El pueblo de
Israel tampoco asumía responsabilidad, culpaba a los otros
pueblos, a los invasores, o a los reyes, por su desgracia. No así
los profetas. Los profetas desafiaban al pueblo de Dios a buscar
en su propia infidelidad a Yahvé la causa de sus males. Entre
ellos se encuentra Ezequiel, que vivió durante el exilio de
Babilonia, alrededor del año 580 antes de la era cristiana. Su
mensaje estaba dirigido tanto a los exiliados en Babilonia como al
pueblo de Jerusalén. Hombre de gran fe, Ezequiel exigía un cambio
radical de corazón y de espíritu, y pedía a cada individuo que
aceptara la responsabilidad de sus propios pecados. Al mismo
tiempo, anunciaba su esperanza en una renovación en la vida de la
nación judía.
El profeta recibe la llamada de Yahvé en una visión en que el
Señor lo envía a los israelitas y le pide que no les tenga miedo
ni a ellos ni a lo que le digan, aunque lo rodeen amenazantes. Le
amonesta con estas palabras: “No eres enviado a un pueblo de
idioma diferente… ve donde los deportados, los hijos de tu pueblo;
les hablarás... escuchen o no escuchen”. (Ez 2, 6; 3, 5 y 11.)
Oswaldo Payá me enfrentó a los profetas de la antigüedad. Al igual
que Ezequiel, Payá vino como hombre de fe a invitar a sus
compatriotas en la diáspora a una unión de corazones y de
propósito, a abrazar el camino de la reconciliación y a compartir
una visión de esperanza. Este profeta contemporáneo, autor
principal del Proyecto Varela, ganador del Premio Sájarov de los
Derechos Humanos otorgado por el Parlamento Europeo, ha sido
también nominado formalmente para el Premio Nobel de la Paz de
2003. ¡Qué orgullo para todos los cubanos, dentro y fuera de la
Isla, y para todos aquéllos que luchan por la libertad y los
derechos humanos!
No sé si el Proyecto Varela será “la” solución para el régimen
totalitario de Cuba, pero por primera vez en 44 años, la causa de
Cuba ha recibido atención mundial, gracias a Dios, a un hombre de
fe, y a miles de hombres y mujeres dispuestos a arriesgar sus
vidas firmando este documento.
En Payá reconocí a un hombre de Dios, alguien que despertó el
idealismo de mi juventud y que me recordó que con Dios nada es
imposible, y que el único camino a la paz es a través de la
reconciliación, el respeto a los derechos humanos y la no-violencia.
Sus palabras, su fe y su valentía me retaron a dejar a un lado mis
pequeñeces y mis “agenditas” por el bien común de Cuba y de todos
los cubanos.
En estos momentos históricos, no sólo Cuba, sino muchos países de
América Latina están luchando por la democracia y por ofrecer un
proyecto de paz y libertad para el futuro de sus pueblos.
Por unos días, en el mes de enero, hayamos escuchado o no, tuvimos
a un profeta entre nosotros.
Quiera Dios que no se cumplan una vez más las palabras de Jesús:
“Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa
carece de prestigio”. (Mc. 6, 4.)
Subdirectora de la Oficina de Ministerios Laicos y profesora de
Teología de Universidad Barry.
AdeleGonz@aol.com
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