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Extranjeros y hermanos
Declaración emitida con motivo de la Semana Nacional de la
Inmigración, que se celebró del 5 al 11 de enero

Mons. Thomas G. Wenski
La celebración anual de nuestra Semana Nacional de la Inmigración
nos recuerda los obstáculos que hoy encaran los inmigrantes y los
refugiados. El número de refugiados sigue en aumento: en la
actualidad, se calcula que hay más de 15 millones de refugiados en
todo el mundo. La mayoría languidece en campamentos, sin esperanza
de alcanzar una solución definitiva para sus solicitudes. Como
consecuencia de los acontecimientos del 11 de septiembre, menos de
40,000 refugiados serán admitidos en los Estados Unidos, a pesar
de que el Ccongreso ya había aprobado un total de 70,000
admisiones para el año 2002.
Al mismo tiempo, cientos de miles tratarán de emigrar legalmente a
los Estados Unidos. Otros, careciendo de las condiciones
necesarias para llevar una vida verdaderamente humana en sus
países de origen, y de los medios para venir legalmente a los
Estados Unidos, cruzarán nuestras fronteras sin los documentos
necesarios, con el fin de lograr una vida mejor para sí mismos y
para sus seres queridos. Con demasiada frecuencia, en lugar de
realizar sus sueños viven una pesadilla: explotación por parte de
empleadores que se aprovechan de su vulnerabilidad, miedo a la
deportación, prolongada separación de los demás miembros de su
familia, y sospechas y discriminación por parte de quienes ven al
recién llegado con hostilidad.
La creciente preocupación por la seguridad nacional, y el
decrecimiento de nuestra aún fuerte economía, han llevado una vez
más a un aumento en los sentimientos contra los inmigrantes en
nuestra nación.
Muchas comunidades de inmigrantes en Estados Unidos afirman
sentirse objeto de sospechas y de aislamiento. Hoy más que nunca,
los católicos de Estados Unidos debemos recordar las palabras de
Jesús en el pasaje sobre el Juicio Final: “Era un extranjero, y me
recibiste”.
El Evangelio nos desafía a que seamos capaces de ver, en el recién
llegado, el rostro de Jesucristo, y, de este modo, a reconocer a
los extranjeros como a nuestros hermanos y hermanas. Muchos de los
inmigrantes comparten nuestra fe católica, y ya han contribuido a
incrementar la vitalidad de la vida católica en nuestra nación.
Quienes llegan a nuestras costas buscando libertad y oportunidades,
siempre han enriquecido nuestra nación de inmigrantes. Una vez que
ponemos a un lado nuestros temores, los regalos que los refugiados
y los inmigrantes traen a nuestra nación, se hacen más visibles.
Por esta razón, el tema de la Semana Nacional de la Inmigración de
este año es “Todos Vienen Trayendo Dones”. Éste será también el
tema de la Conferencia Nacional sobre la Inmigración, patrocinada
por la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos-MRS en
Washington, D.C., del 6 al 10 de julio de 2003.
Animo calurosamente a cada diócesis y parroquia para que todas
participen en la celebración anual de la Semana Nacional de la
Inmigración, así como en la Conferencia Nacional sobre la
Inmigración.
Sinceramente suyo en Cristo.
Obispo Auxiliar de Miami y Presidente de la Comisión sobre la
Inmigración de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados
Unidos (USCCB).
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