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El fuego
recordado

Rogelio Zelada
Al amanecer de la creación, en la árida y desolada llanura de lo
que llegaría a ser el viejo Paraíso, el
Señor Dios tomó del suelo de la estepa el barro de nuestra
naturaleza y sopló en él el viento de la vida, y ese hálito
sagrado nos trajo consigo el fuego –luz y calor– de nuestra mejor
condición humana.
Desde las manos del divino alfarero, el ser humano vive el
proyecto de su Creador y, como Él, está llamado a hacer
desaparecer las tinieblas del caos, del desorden, de la
desigualdad. El “Hágase la luz” es vocación primaria que el
Evangelio retoma y repite de muchas maneras en boca de Jesús:
“Fuego he venido a encender en la tierra” , en ese bautizo que el
Bautista anunciaba sería de fuego y Espíritu. ¿No es acaso la vida
del cristiano un tener encendidos los candiles esperando el
momento jubiloso de la llegada del Esposo?
Al comenzar la aventura evangélica, la presencia de Cristo se
revela como “luz para alumbrar a las naciones”. La luz que ilumina
“a todo aquel que viene a este mundo” no se contenta con serlo,
sino que nos invita a continuar la experiencia: “ustedes son la
luz del mundo”, un fuego que no se puede ocultar, sino que hay que
empinarlo en el candelero para que caliente a los que están fríos
y señale el sendero a los que están perdidos.
El ser humano, tal como se entendía en tiempos de Jesús, usaba los
ojos y el corazón para entender, elegir, valorar y amar. La
“lámpara de los ojos” no podía cumplir su función si algo malo
andaba en el corazón.
Cuando alguien quedaba ciego, la oscuridad que procedía de sus
ojos indicaba que algo malo sucedía en su corazón. Luz y ver son
realidades urgentes y complimentarias que nos persiguen hasta la
hora del juicio final. ¿No es es la pregunta asombrada de los
malaventurados: Cuándo te vimos…?
Desde al agua de su bautismo, el cristiano expresa en su
comportamiento el constante vivir-morir del fuego.
No es posible ser luz y calor sin arder y quemar al mismo tiempo,
de la misma manera que las chispas del cañaveral que arde en la
noche van dejando en las cenizas el recuerdo del fuego, el signo
visible de su experiencia y su ser. Fuimos bautizados con fuego
para vivir con ese estremecimiento de los discípulos de Emaús, que
yendo con Jesús sentían arder su corazón mientras iban de camino.
La ceniza es para la Iglesia el signo sacramental de toda la
propuesta cristiana; no puede reducirse al mero recuerdo de
nuestra fragilidad mortal. Es el fuego recordado de la vida y el
ser de la luz a la que somos llamados y obligados en conciencia a
dar. El polvo gris e inerte, que la Iglesia nos coloca en la
frente al comenzar la andadura pascual, nos recuerda nuestro
origen glorioso en las manos de Dios, ceniza siempre transformante
y dadora de vida y espíritu. La Cuaresma que comenzamos es un
itinerario sagrado para dejar que Dios obre en nosotros, y vuelva
a plantar el jardín del Paraíso compartido de la experiencia
humana repleta de esperanza vivificadora.
La ceniza no tiene sentido si se reduce solamente al signo del
Miércoles, el sacramental popular recibido al comienzo de la
Cuaresma. La Iglesia, siempre sumergida en la simbología activa de
la Escritura, recuerda en las seis semanas de Cuaresma los seis
días del actuar divino en la creación, y así nos invita a
completar el proyecto original del Padre de los Cielos, trabajando
en recrear y renovar su imagen y semejanza en nosotros.
Los cuarenta días de la Cuaresma son la extraordinaria evocación
del diluvio y del nuevo comienzo, cuando se replegaron las aguas;
de los días y las noches de Moisés en el Sinaí; del caminar de
Elías hacia el monte Horeb; del largo recorrido de Israel por el
desierto; del llamado a la penitencia que Jonás hizo en Nínive, y
de la oración solitaria de Jesús, llevado por el Espíritu al
desierto.
Para el autor bíblico, una cuarentena indica un tiempo de gracia
donde Dios interviene de manera especial y personal para lograr un
cambio en la orientación de la vida de sus hijos. Cambio que se
realiza sobre todo en la esfera de los valores, la visión de la
vida y el comportamiento. Lo que llamamos conversión es,
fundamentalmente, un “medirse con Cristo”, tomarle el pulso a una
actitud más consciente de la fe, en la que Cristo es el modelo y
el maestro.
En el desierto, donde el pueblo de Dios recibió la Ley, Jesús
vence las tentaciones respondiendo con citas precisas de la
Escritura. En la Transfiguración, la voz del Padre ordena desde lo
alto escuchar únicamente al Hijo. Cuaresma es tiempo de escuchar
como protagonistas activos que oran y toman conciencia de su más
íntima verdad para dejarse guiar por Dios. En definitiva, es un
andar que comenzamos con ceniza y terminamos con el fuego nuevo de
la noche de Pascua. De la ceniza al fuego, a la luz y al agua de
la vida; del barro al fuego y el viento impetuoso del Espíritu. La
Cuaresma es eso: el fuego recordado que vale la pena encender
nueva y definitivamente.
zelada@miamiarch.org
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