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Penitencias profanas y sagradas


Padre Eduardo Barrios

La penitencia es materia obligatoria en la predicación de la Iglesia durante las semanas cuaresmales, pero el tema encuentra resistencias. Algunos piensan que sólo la Iglesia predica algo tan “masoquista” como afligir la carne con  ayunos y asperezas corporales.

Es cierto que conceptos como abnegación, mortificación y penitencia circulan poco entre los sectores secularizados de la sociedad. Pero si observamos con detenimiento a los fascinantes bípedos racionales, descubriremos que existe también una penitencia desligada de la religión.

No faltan personas que libremente se infligen sufrimientos corporales por motivos no precisamente religiosos. Veamos el espectro de lo penitencial desde lo más  profano hasta lo más sagrado.

 

Penitencias por motivos sanitarios y estéticos

Hay personas que sudan la gota gorda en los gimnasios. Les duele todo el cuerpo, se sienten desfallecer, pero siguen pedaleando o levantando pesas. No dicen que hacen penitencia, sino ejercicios por prescripción facultativa o por mejorar la figura.

Por el mismo motivo hay quienes renuncian a saborear sus manjares favoritos, pero nunca hablarían de ayuno, sino de dieta hipocalórica para bajar de peso.

Tampoco faltan personas, sobre todo damas, que se someten a riesgosas cirugías plásticas y a peligrosas liposucciones, no precisamente por amor a la cruz de Cristo, sino por quimeras de eterna juventud. Lo justificaba una señora exclamando: “¡Hay que ayudar a la naturaleza!”

Y las damas que no tienen fuerza de voluntad para dietas, se sienten entonces constreñidas a disimular sus adiposidades antiestéticas mediante un instrumento de tortura más mortificante que el más cruel de los cilicios. Para dulcificar el tormento, lo designan con un biensonante vocablo francés, corset.

Y así podrían mencionarse otros muchos ejemplos de sufrimiento corporal gustosamente buscado por razones no espirituales.

 

Penitencia por filantropía o altruismo

Los humanos tienen unos órganos neurálgicamente hipersensibles. Se conocen por el nombre de “bolsillo”, “billetera” y “cuenta bancaria”. Tanto duele desprenderse del dinero que, ante la perspectiva de una erogación sustancial, algunos se estremecen y sienten que eso equivaldría a “perder un ojo de la cara”.

Con todo, siempre aparecen donantes que extienden una mano pródiga a los necesitados. Cuando se organizan maratones y colectas para ayudar a los damnificados por desastres naturales, nunca faltan quienes digan, “¡Presente!”

Si se inquiere sobre la motivación de tales donativos, muchos contribuyentes se calificarán a sí mismos de filántropos o altruistas. No dicen que cooperan por amor a Dios, sino por amor al hombre, por solidaridad humana.

Por supuesto que en toda obra buena entra la inspiración divina, pero muchos no son conscientes de ello. No dicen que hacen obras de caridad (virtud teologal), sino obras de beneficencia.

En muchas donaciones también se mete la motivación inconfesable del amor propio. A ciertos donantes les estimula la presencia de un fotógrafo, que hará llegar a la prensa su imagen de hombre generoso entregando un pingüe cheque. Los donativos pueden utilizarse, por tanto, como medio de autopromoción. Tales personas no pueden simpatizar con esta enseñanza de Cristo: “Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. (Mt. 6.3.)

 

Penitencias desde la fe

Hemos llegado ya al ámbito sagrado. Los creyentes, sobre  todo los que profesan las religiones monoteístas, miran a los demás seres humanos como hermanos, es decir, como hijos del Padre común, Dios.

Esa visión religiosa les mueve a hacer sacrificios por el bien de los demás. Hay quienes sacrifican parte de sus bienes materiales; hay quienes sacrifican su tiempo en  un voluntariado, y hay quienes lo hacen de otras muchas maneras. En todas partes del mundo hay personas que dan limosnas por motivaciones religiosas, es decir, por amor a Dios y a  los hijos de Dios.

 

Penitencia cristiana

La penitencia cristiana tiene mucho en común con la de los creyentes de otras religiones. Pero también hay algo específico en la praxis penitencial de los cristianos en el nivel de la motivación. Ellos saben que Cristo redimió al mundo mediante el sacrificio de sí mismo. Desde entonces, sus discípulos han querido convertirse en socios del Redentor, siguiendo su invitación: “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”. (Lc. 9, 23.)

San Pablo expresó su unión con la obra del Salvador en términos no exentos de audacia: “Me alegro de padecer por ustedes, de completar, a favor de su cuerpo que es la Iglesia, lo que falta a los sufrimientos de Cristo”. (Col. 1, 24.) Aclaran  los teólogos que nada falta a los sufrimientos de Cristo-cabeza, pero que sus discípulos, miembros de su Cuerpo místico, prolongan su obra en el tiempo. Los cristianos ofrecen al Padre sus sacrificios en unión con Cristo por la salvación del mundo.

También conoce San Pablo el valor ascético de la penitencia: “Yo corro, no como a la ventura; y ejerzo el pugilato, no como dando golpes en el vacío, sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, después de enseñar yo a los demás, quede yo descalificado”. (1 Cor. 9, 26.) Sabe el Apóstol que la penitencia fortalece contra las tentaciones.

El cristiano ofrece a Dios penitencias pasivas, tales como enfermedades y contratiempos, y también ofrece penitencias activas, las libremente asumidas por amor a Cristo y por la salvación de sus hermanos, los demás seres humanos.