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La obra misionera del Padre José Luis Menéndez
en Corpus Christi


“Partimos de que no tenemos nada y ponemos nuestra confianza en que el Señor dará lo que Él quiera”, afirma con plena convicción el Padre José Luis Menéndez. Aquí aparece predicando en la capilla del Señor de los Milagros, de la iglesia Corpus Christi. (Fotos: Brenda Tirado Torres)

Brenda Tirado Torres
La Voz Católica

Dice un refrán que “cuando Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma”. Y cuando los residentes de los barrios marginales de Miami no llegaban a la iglesia Corpus Christi, la única en toda el área, el Padre José Luis Menéndez se propuso que la Iglesia llegara a ellos.

Durante 15 años ha dedicado tiempo y esfuerzos a crear conciencia entre los laicos de que la Iglesia Católica no es sólo de la jerarquía, sino de ellos también. No hizo caso de quienes le tildaban de loco al presentar sus planes para llegar hasta lo más recóndito del área de su parroquia. Esa misma locura contagió a los fieles de Corpus Christi, quienes se han enfrentado no sólo a los políticos que pretendían imponer sus intereses en los barrios, sino a la misma tibieza, a la desidia humana para poner manos a la obra y hacer de su parroquia una de las comunidades más sólidas de la Iglesia de Miami.

 

El retiro que cambió su vida

El “Padre José Luis”, como le llaman los fieles de Corpus Christi, nació en Cuba y a la edad de 13 años salió junto a su familia hacia España, la patria de su padre, donde permaneció 19 años. De familia católica, “pero nada del otro mundo”, recuerda que su abuela era la más religiosa, pero cuando la anciana invitaba al rezo del rosario “todos huíamos despavoridos”. Sin embargo, admite que siempre se sintió atraído a la vida sacerdotal, y le fascinaba particularmente lo relacionado con las misiones y las vidas de los santos. A los 16 años asistió a un retiro ignaciano que cambió su vida.

“Allí sentí que Dios me amaba, que me quería y quería que lo siguiera”, asegura.

Dos años después ingresó a la Congregación de los Sagrados Corazones, que dirigía la escuela donde él estudiaba. Pero al llegar el Concilio Vaticano II abandonó la congregación junto con otros 14 seminaristas, porque entendían que aquélla no estaba dispuesta a hacer las reformas radicales que los jóvenes deseaban, como la de vivir con los pobres.

Con sus compañeros, vivió en barrios obreros durante unos cuatro años y estudió teología. El misionero de sueños y corazón fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1977 en la Arquidiócesis de Madrid. Recuerda que era una época muy difícil para la Iglesia, porque en aquel tiempo muchos sacerdotes, religiosos y religiosas optaron por salir de la vida sacerdotal y consagrada.

Llegó a la Arquidiócesis de Miami en 1979 en un intento por servir a sus hermanos cubanos. Inicialmente había solicitado permiso para ir a Cuba, pero ante la negativa del Nuncio terminó en Miami, anhelando entonces evangelizar entre la diáspora cubana. Fue asignado a la Catedral St. Mary y luego a la Ermita de la Caridad, con Monseñor Agustín Román, obispo auxiliar de Miami, como pastor. En el Colegio La Salle, vecino de la Ermita, se desempeñó como director espiritual, así como de Encuentros Juveniles.

 

Afán evangelizador

Fue el ejemplo de Monseñor Román lo que avivó aún más su afán por evangelizar. Al ver la necesidad de un centro para la formación espiritual de los jóvenes, el Padre Menéndez fundó lo que ahora se conoce como el Youth Center, el Centro Juvenil de la Arquidiócesis.

El año pasado, la celebración de sus 25 años de sacerdocio también coincidió con otra crisis en la Iglesia Católica, esta vez en los Estados Unidos. Pero los escándalos no han hecho mella en su vocación. Tampoco ve la crisis como una purificación, sino como una oportunidad de crecimiento para que todos, particularmente los laicos, puedan reflexionar y asumir su responsabilidad en la Iglesia.

“Si alguno pensaba que esta Iglesia era de santos, es que no conoce la historia. Si esperaba que en nuestra Iglesia no hubiera pecadores, no miró en su corazón; si lo hubiera hecho y se hubiera sentido Iglesia, hubiera visto que todos somos pecadores”, aseveró. “El reto que tenemos es soñar, buscar caminos en medio de esta situación. Yo no veo una cosa negativa, sino algo positivo que nos va a ayudar a ver nuevos horizontes. Estamos metidos en nuestro mundo clerical o en nuestro mundo tradicional”, declaró, “y no vemos la oportunidad que el Señor nos está ofreciendo en estos momentos”.

Añadió que se mantiene en el sacerdocio porque recuerda, en primer lugar, que quien le llamó fue el Señor.

“Es por Jesucristo, en Jesucristo y siguiendo a Jesucristo que estoy en este camino. Jesucristo está por arriba de todo”, explicó con pasión. “Es una respuesta de amor a una persona que me ha amado muchísimo más de lo que yo le he amado o le podré amar, infinitamente más. Por tanto”, afirmó, “Él siempre será ese faro, ese guía, esa atracción”.

También recuerda que el Señor le envió al pueblo de Dios y el servicio a ese pueblo es el que lo mantiene, “fallen Papas, obispos, religiosos o el que sea. El pueblo de Dios es al que el Señor me encomendó, me entregó, me pidió que pastoreara. Esas viejitas, esos matrimonios, esos jóvenes, esos adultos no tienen la culpa de lo que está pasando. Por tanto, caiga quien caiga, mi obligación es con ellos. Vendrán momentos de alegría, momentos de pena, de dolor, pero básicamente esas dos líneas tienen que estar claras en cada uno de nosotros: quién y para quién”.

El Padre Menéndez afirmó además que en el cuarto de siglo que lleva de sacerdote, ha tenido más diversión que sufrimiento, y explicó que la gente con frecuencia no entiende la vida sacerdotal.

“Te llena de alegría ver lo que Dios ha permitido que puedas hacer por otra persona. Para uno, que ha sido llamado para esto, no creo que exista algo que pueda llenarte más. Cuando has podido realizarlo, eres muy feliz, y felicidad, como yo la interpreto, es el reflejo del amor que hayas puesto en la sociedad. De la misma manera que un hombre o una mujer se alegra cuando ve a su cónyuge feliz, o los padres se alegran cuando ven a sus hijos felices, el sacerdote es feliz cuando ha podido ayudar a alguien a encontrar un poco de paz en su vida, un poco de alegría, un poco de esperanza”.

 

Un párroco misionero

En 1988 fue nombrado párroco de la iglesia Corpus Christi, en la zona urbana de Miami. La iglesia había sido establecida en 1941 y, en aquel tiempo, su población estaba compuesta por angloamericanos de clase media y media alta. En 1965, con la construcción de las autopistas que cruzan la parroquia de norte a sur y de este a oeste, se fragmentó el barrio residencial. A esto contribuyó, además, el establecimiento de las tiendas y los almacenes construidos alrededor de aquellas carreteras. Aquel barrio residencial se había convertido en un barrio urbano y la calidad de vida se deterioró, lo que provocó la partida de los habitantes anglosajones.

Nuevos inmigrantes, en su mayoría hispanos, fueron estableciéndose en el área. Pero la iglesia les quedaba lejos, no había transporte público, y si tenían algún medio de transporte personal, era para ir a trabajar. Ese continuó siendo el problema hasta la llegada del Padre Menéndez, quien se estrenó como párroco en Corpus Christi.

Como parroquia de barrio marginal, carecía no sólo de dinero, sino de falta de liderazgo entre sus miembros. No existían los sueños, no se creaban horizontes, porque la gente no se veía digna ni preparada, dijo el Padre Menéndez. El miedo también les paralizaba.

El sacerdote atribuyó muchas de las actitudes de la zona a la falta de memoria histórica de acontecimientos positivos. En el área, explicó, es difícil encontrar lo positivo, porque lo que la rodea es suciedad, fealdad, violencia.

“Nosotros, los que hemos tenido la suerte de tener un recuerdo positivo, tratamos de recuperar y de hacer posible esa experiencia positiva”, indicó. “La gente que no la ha tenido, no la puede esperar”.

Al estudiar la fragmentación del área, el sacerdote tuvo la visión de desarrollar en la parroquia el concepto de las misiones al estilo latinoamericano. En 1990 comenzó el desarrollo del proyecto misionero con las Comunidades de Base, siguiendo el modelo del Sistema Integral de la Nueva Evangelización (SINE), el cual establece a la parroquia como comunidad evangelizadora, misionera e integral.

Tal como lo estipula el SINE, los miembros de las comunidades de Corpus Christi “van a todos para llevarles todo”: el anuncio misionero, la catequesis, los sacramentos. Quieren que el pueblo sepa que su parroquia no es sólo cultual; que Corpus Christi es también una parroquia misionera, y que la Iglesia es parte integral de sus vidas. Esa gente humilde está convencida de que Cristo es su Salvador, y sale a la calle a anunciar Su mensaje, aunque le cierren las puertas en la cara.

A esos pobres de Dios, el sacerdote de 55 años les ha demostrado que, precisamente gracias a la pobreza, pueden soñar hasta el infinito.

“Partimos de que no tenemos nada y ponemos nuestra confianza en que el Señor dará lo que Él quiera”, afirmó sin titubeos. “Como aquí no tenemos, lo que vamos a hacer es obra de Dios. Aquí no hay algo que tú propongas a lo que la gente te diga ‘no’, sino ‘¿por qué no?’. Entonces comenzamos a hacer realidad el sueño. El miedo no nos paraliza, porque para Dios lo imposible no existe”.

 

Una locura divina

Así, lo que para muchos pareció una locura, para él era una necesidad: dividir la parroquia en cinco áreas, con Corpus Christi como “iglesia madre” y misiones en los restantes cuatro sectores, para evangelizar a cuanta persona viviera en la zona: San Juan Bautista, en el barrio de Wynwood; Nuestra Sra. de la Altagracia y la Milagrosa, en Allapatah; y San Francisco y Santa Clara, en Edgewater.

El Padre Menéndez recordó que, al comenzar la Misión San Juan Bautista, le tildaron de loco. “Si no hay dinero para mantener la iglesia, mucho menos hay para construir”, le advirtieron. Pero a aquella supuesta locura del sacerdote se le unió la locura divina cuando apareció un terreno “que el Señor nos facilitó pero no teníamos con qué pagarlo”, dijo. La comunidad limpió el terreno y todos los sábados, a mediodía, se reunía un grupo allí para rezar el rosario. Entonces le pedían a Dios el dinero para la compra del terreno.

“Hasta una oveja nos pusieron allí, y decíamos que era carismática porque, cada vez que la gente decía ‘¡Gloria a Dios!’, ella balaba ‘¡Ameeeén!’”, recordó, con el sentido del humor que caracteriza a los amigos del Señor.

El 23 de diciembre de ese mismo año, temprano en la noche, un señor le dio un cheque para comprar el terreno y empezar a construir los cimientos. Al día siguiente, víspera de Navidad, estaba tocando a la puerta de la residencia del arzobispo Edward McCarthy, con el cheque en la mano. Cuando el arzobispo John C. Favalora consagró la misión el 15 de junio de 1996, el Padre Menéndez pidió a los fieles que se dieran cuenta de cómo Dios ya les había regalado la memoria histórica. Que si les asaltaba la duda, tocaran ese edificio y recordaran que, si Dios había provisto para ellos, ¿por qué no seguiría haciéndolo?

“Esa capilla es un monumento, no a San Juan Bautista, ni siquiera a la comunidad del pueblo, sino a la Providencia divina”, asegura. “Ese logro es fruto de la fe y de la oración de la comunidad. Lo que uno tiene que probar es que las cosas sí se pueden en Jesucristo. Nuestra única fuerza, nuestra única esperanza, nuestra única seguridad están en Él”.

Así continuaron surgiendo las otras misiones: La Milagrosa, San Francisco y Santa Clara, y Nuestra Señora de la Altagracia, para la que se prepara el terreno para edificar el templo.

Ante la admiración de muchos, ha surgido la inquietud de otros. Incluso amigos sacerdotes le han expresado que su concepto ha creado un problema, porque ven a Corpus Christi como cinco parroquias. El Padre Menéndez no lo ve como un problema, y asegura que la dinámica de Corpus Christi es posible por los laicos que la integran, a quienes les ha hecho ver que ellos también son la Iglesia.

“¿Qué haría un pastor sin sus ovejas o qué harían las ovejas sin pastor? ¿Qué haría la cabeza sin cuerpo o el cuerpo sin cabeza? No haría nada”, dijo, al insistir en que no es nada sin su pueblo y el pueblo estaría a la desbandada si no tuviera cabeza. “Entonces, lo que nosotros vemos en Corpus Christi es que se puede porque los laicos asumen su responsabilidad; se puede porque los diáconos asumen su responsabilidad; se puede porque los sacerdotes asumen su responsabilidad. Es nuestro problema, mi problema. Eso es lo que establece la diferencia”. El párroco dijo que el futuro de Corpus Christi dependerá de la generosidad de la comunidad parroquial, incluyendo tanto a sacerdotes y diáconos como a laicos y religiosas.

“El mundo está ahí para ser conquistado por Cristo, y si nos conformamos con lo conseguido hasta el momento, habremos frustrado el sueño de Dios”, advirtió, porque siempre llega gente nueva al barrio y siempre hay gente que se va.

“Mientras no lleguemos al último rincón de nuestra parroquia, no hemos alcanzado el objetivo. Nunca terminaremos nuestro trabajo, pero sí tenemos claro que nuestra misión es llegar hasta el último. El Señor nos encontrará en su segunda venida buscando a esa persona”.


Los líderes de las Comunidades de Base de la “iglesia madre”, como se conoce a Corpus Christi, que dirigen los grupos misioneros que todos los meses salen a las calles de los barrios marginales para proclamar la Buena Nueva.