La guerra y el monje

Dora Amador Morales
Una de las imágenes que va a ser difícil de olvidar de este
memorable mes de febrero es la del Monumento a Washington
flanqueado por artillería antiaérea para proteger a la capital de
un “inminente” ataque terrorista.
No menos impresionante fue ver a la gente presa del pánico
comprando cinta adhesiva y plástico para sellar las ventanas y así
poder “protegerse” de un ataque químico o biológico. Ese fue y
sigue siendo el panorama nacional: una nación en estado de “alta
alerta”, de acuerdo con el código de peligrosidad diaria emitido
por el Departamento de Seguridad Nacional; un país en vilo, al
borde de una guerra que cada día se hace más palpable en el
corazón de cientos de miles de padres, esposas e hijos que sufren
por lo que será de su ser querido, que vieron partir rumbo al
Medio Oriente.
Allá en Roma, un anciano frágil y tembloroso no cesa de recibir
visitas de altas figuras políticas que vienen a consultarlo. Su
Santidad Juan Pablo II –ha quedado demostrado con creces de nuevo
este mes– es el hombre más respetado del mundo por su estatura
moral, su grandeza humana, su santidad. Tarik Aziz, el vice primer
ministro iraquí; Kofi Annan, el Secretario General de Naciones
Unidas; Tony Blair, primero ministro británico, y varios enviados
de Washington, han pasado por el Vaticano en los últimos días para
compartir con el Santo Padre sus inquietudes acerca de Irak y para
escuchar lo que él tiene que decir al respecto. En este triste
espectáculo reconforta corroborar el viejo refrán: todos los
caminos conducen a Roma.
Este memorable mes de febrero ha marcado un hito en la historia de
la diplomacia y de la política exterior internacional. Pero la
guerra –todo lo indica– va a estallar a pesar de los esfuerzos que
se llevan a cabo. Y no deja de llamarme la atención que 2,003 años
después de Cristo, Jerusalén, ante la cual lloró de amor y de
dolor Jesús, y en la que fue crucificado, la ciudad sagrada de las
tres religiones monoteístas del mundo, sea un inmenso mar de
sangre.
Acaso sea un signo que esta guerra se inicie justo donde Dios se
le reveló por primera vez al padre de la fe que comparten judíos,
cristianos y musulmanes. Aunque aún tengo esperanza de que la
guerra se pueda evitar, es muy probable que veamos a los soldados
pisando la tierra que pisó Abraham, allá en la antigua Ur, en
Mesopotamia, y cruzando los ríos Tigris y Éufrates para llegar a
las puertas de Bagdad.
Nadie ignora los inmensos peligros de este conflicto global. El
más temido de todos: que la guerra se propague como un incendio a
otros países de la región, y decenas de miles de musulmanes sigan
el llamado de Guerra Santa que lanzó Osama Bin Laden en su última
grabación, hecha pública por la cadena de televisión Al Jazeera, y
que después fue difundida por el mundo entero. Digámoslo de una
vez: es la suma de todos los miedos, el estallido de la Tercera
Guerra Mundial, y es una posibilidad muy real.
Pero hubo en este febrero febril con tanto redoble de tambores de
guerra una ráfaga luminosa de esperanza y aliento. Fue la llegada
a Miami del padre Thomas Keating, a quien cientos de personas
pudimos escuchar en la noche del 16 de febrero en la parroquia St.
John Neumann. El sabio monje trapense vino a hablar sobre lo
esencial de la vida, que es nuestra relación con Dios y lo que
para él es la mejor forma de profundizarla: la oración
contemplativa. Fue una noche feliz, llena del Espíritu de Dios,
que nos invitaba a cada uno de nosotros a seguir las Palabras de
Jesús, ésas que el Padre Keating cita una y otra vez como
fundadoras de la oración centrante:
“Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entre en tu cuarto, y después
de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allá en lo secreto;
y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. (Mt. 6,6.)
En efecto, es en la soledad y en el silencio profundos de nuestro
“cuarto interior”, que podemos escuchar a Dios y vislumbrar el
corazón misericordioso del Padre, que es la Palabra hecha carne,
Jesús. Dejar afuera los ruidos del mundo, el incesante diálogo
interior, la búsqueda de gratificaciones instantáneas, las luchas
diarias, y ponerse en la presencia divina día tras día, con
disciplina; así se va enriqueciendo nuestra relación amorosa y
confiada con Dios. Sólo así tendrá lugar la sanación de las
heridas que todos llevamos dentro. Sólo así recobraremos la
esperanza, aún en momentos como los que vivimos.
En
su excelente libro The Transformation of Suffering. Reflections
on September 11 and the Wedding Feast at
Cana
in Galilee
(‘La transformación por el sufrimiento.
Reflexiones sobre el 11 de septiembre y las Bodas de Caná en
Galilea’), el padre Thomas Keating ve en el colapso de las Torres
Gemelas la imagen de la crucifixión colectiva de la humanidad que
se ha estado gestando a través de guerras, de la brutalidad humana
acumulada, de la injusticia y la indiferencia hacia los que sufren.
“¿Qué lecciones han quedado manifiestas para el futuro del planeta
por la destrucción de las Torres Gemelas?”, se pregunta el Padre
Keating en el libro.
La primera, afirma, es que podemos estar llegando a ese punto de
la historia que algunos antropólogos han llamado “el período
axial”. Este término se refiere a un momento histórico en el que
hay un cambio de paradigma en la conciencia colectiva humana que
la lleva a un cambio de valores o formas de concebir la existencia.
Esta era axial que Keating cree se avecina, implica una nueva
concepción de la humanidad. La violencia, el dolor, el sufrimiento
no carecen de sentido ni de valor. Esto puede ser la preparación
necesaria para un cambio de conciencia que lleve a un nuevo nivel
de madurez en lo que con insistencia el Padre Keating llama “la
familia humana”. Esa familia humana –lo que los cristianos
llamamos el cuerpo místico de Cristo– está llamada a tener para su
propia supervivencia, nuevas actitudes que implican una mayor
solidaridad con cada miembro de la raza humana. La primera tarea,
dice el sacerdote, será el establecimiento de una nueva economía
universal que pueda distribuir los bienes de la tierra a todos sus
hijos mucho mejor de lo que se ha hecho en el pasado.
En términos cristianos, este nuevo momento de la historia es una
invitación a entrar en la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
Para el escritor trapense, la colosal tragedia del 11 de
septiembre fue una llamada a la humanidad a salir del letargo y la
indiferencia en que está sumida, a despojarse de su aceptación de
la maldad y la violencia, de su tolerancia con las injusticias que
existen en el mundo. “El sufrimiento”, insiste el sacerdote,
“nunca es un fin en sí mismo, sino un paso hacia la transformación…
Aunque surjan otras tragedias y otros ataques terroristas, los
eventos del 11 de septiembre no van a destruir el plan de Dios que
quiere la transformación interna de la raza humana”.
Pude conversar con el Padre Keating al otro día (la entrevista
saldrá publicada en la próxima edición de La Voz Católica)
y me dijo muchas cosas que me llevé dentro como un tesoro. Hubo
algo que me llamó la atención especialmente. Fue cuando le
pregunté su opinión ante la situación del mundo actual. El monje
sonrió con una gran paz reflejada en el rostro, y me dijo, con
una convicción impresionante, que el mundo tal como lo conocemos
hoy va a desaparecer, principalmente porque las estructuras que lo
sostienen son demasiado injustas. Me dijo que se está viviendo una
crucifixión global, pero que no hay nada que temer, porque veremos
la resurrección de un nuevo mundo.
Al escucharlo, me vino a la mente lo que me dijo alguien hace un
tiempo, y que ha sido una lenta revelación interior de inmensa
ayuda en mi vida: en realidad, me dijo esa persona, lo único que
debemos pedirle a Dios es que “venga a nosotros tu Reino”, nada
más.

El monje trapense Thomas Keating en la parroquia St. John
Neumann, la noche del 16 de febrero.
Foto: Dora Amador Morales)
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